A mí me gusta dormir con la ventana abierta y me molesta la camisa del pijama porque se me enreda al darme la vuelta y tengo que andar continuamente enderezándola. También me gusta escribir y jugar a pádel, aunque me temo que hago mejor lo primero que lo segundo. No estoy muy bien dotado para el baile ni para el canto y tengo una cierta dificultad para seguir con atención las conversaciones, en especial si van pasando de tema a tema a la velocidad de mis hijas. Por otra parte, tengo unos cuantos defectos contra los que lucho cada día y que no voy a escribir aquí porque hablar de los defectos de uno mismo es una forma sutil de soberbia (por cierto, uno de mis defectos).
No creo que nadie pueda hacerse cargo de mi personalidad con esta somera y parcial enumeración de rasgos personales. No es esa la intención. Los traigo a colación porque he leído un artículo de Tomás Melendo, gran amigo de Loles y mío, muy interesante, cuya tesis principal me gustaría compartir. Pienso que puede ayudar bastante a mejorar nuestras relaciones conyugales, familiares y sociales.
El titular podría ser este: lo que de verdad nos molesta de los demás no son los defectos ni las limitaciones, sino las diferencias.
