El lunes pasado fue un día agridulce para los católicos. A la tristeza del fallecimiento del Papa Francisco se unía la alegría sobrenatural de saber que, por fin, ha podido descansar junto a sus grandes amores, después de ofrecer “el sufrimiento que se hizo presente en la última parte de mi vida por la paz mundial y la fraternidad entre los pueblos”, según ha dejado escrito en su testamento espiritual.
Como no podía ser de otra manera, ha copado las portadas y los artículos de opinión de la prensa mundial, que se esfuerza denodada a infructuosamente en interpretar su vida y su obra en clave política. Es una lástima que este deseo suyo póstumo —la paz mundial y la fraternidad entre los pueblos— encuentre tantas dificultades para calar en la sociedad.
