Una de las experiencias mas universales es la dificultad de reconocernos como en verdad somos. Es una experiencia común comprobar una y otra vez cómo ningún espejo nos devuelve nuestra imagen, ninguna fotografía nos hace justicia y ninguna grabación capta en toda su verdad la melódica armonía de nuestra voz interior. A mí me sucede especialmente con el canto. Cualquier melodía que tarareo armoniosamente por dentro queda cruelmente desvirtuada cuando, al emerger al exterior, se enfrenta con la cruda realidad. Es muy curioso: es como si el aire distorsionara la melodía. Y, sin embargo, durante muchos años intenté convencerme de que la gente se giraba en Misa para admirar mi voz y no para descubrir quién estaba destrozando la canción.
En el post anterior hablé de amar los defectos de los otros. Hoy toca hablar de los nuestros.
