Creo que ya he comentado alguna vez que, en mis clases de deontología profesional, hay un momento de cierto estupor en los alumnos. Se supone que cursan el master de abogacía en busca de la máxima competencia y eficacia profesional y, de pronto, viene un tipo y les suelta a la primera de cambio: si queréis actuar éticamente, tenéis que aceptar la derrota…, o lo que vosotros creéis que lo es, porque hay derrotas aparentes que, en realidad, son victorias que os harán mejores personas y, por tanto, también mejores abogados. Dicho de otra manera: en los asuntos que llevéis como abogados, no podéis buscar el éxito a toda costa y a cualquier precio. Hay principios y límites básicos de moral que tenéis que respetar y que, a veces, os colocarán en cierta desventaja frente a vuestros oponentes, cuando ellos los desprecien.
En el fondo, equivale a decir que el fin no justifica cualquier medio y que la ética o la mera humanidad imponen unos límites a nuestra actuación.
Me ha venido esto a la cabeza al hilo del drama que se está viviendo en varios lugares de nuestro castigado planeta, donde parece haber desaparecido todo atisbo de humanidad y las personas se han transformado en meras piezas de un ajedrez cruelmente manejado por unas manos que disponen de las vidas humanas como si ningún valor tuvieran en sí mismas. Y me ha recordado un artículo de Benigno Blanco, brillante como todos los suyos, que leí hace poco: Tolkien, maestro de esperanza.
