Cuando mis hijas eran pequeñas, aprendí a hacer coletas. Me costó lo mío. En mi familia de origen somos seis hermanos varones y lo de las coletas fue una absoluta novedad en mi vida. Loles, con extremada paciencia, me enseñó la técnica, aunque he de admitir que nunca logré la habilidad que ella tenía.
La prueba del nueve llegó con Belén, nuestra cuarta hija mujer (tenemos siete hijos, pero tres son hombres y, gracias a Dios, nunca han reclamado una coleta). Belén y yo nos parecemos en algunas cosas. Por ejemplo, a mí me molesta que los bancos de las iglesias estén torcidos y, para desesperación de Loles y sorpresa de los otros feligreses, cuando nos levantamos o hacemos la cola para comulgar, a veces me dedico a enderezar algunos de ellos. A Belén le molestaba que sus coletas estuvieran a diferente altura, así que, cuando su madre estaba fuera, llegábamos siempre tarde al colegio porque yo tenía que rehacer las coletas una y otra vez, cosa que a Loles nunca le pasaba.
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