Martes, 28 de junio. Cuarenta y tres muertos y más de doscientos heridos en un ataque suicida del terrorismo yihadista en Estambul. Una protesta, algún aspaviento, un suspiro, comentarios de rutina, imágenes en la retina ya medio olvidadas… Hace apenas una semana y ya es un vago recuerdo, sepultado por otras más de doscientas personas que encontraron la muerte en Bagdad antes de ayer, lunes, 4 de julio.

Me ha venido a la cabeza este versito de mi juventud:

Esas lágrimas que viertes
pueden al mundo salvar
si son gotas de una fuente
con que lo puedas regar.
Mas, si son lágrimas solas,
deja de lloriquear,
que ya tiene quien le llora
sin que le sepa aliviar

No es fácil hacer algo desde tan lejos. ¡Hay tantas causas por las que luchar! Sin embargo, hay una tarea pendiente en muchas familias y en muchos de nosotros: la educación sentimental. Consiste, básicamente, en lograr la que Alejandro Llano denomina “libertad emocional”: “la integración positiva de los sentimientos y pasiones en la recta comprensión del mundo y de uno mismo”. Es decir, sentir las cosas como son, que nos parezca y sintamos como bueno lo que es bueno y como malo lo que es malo.

Un primer paso es que lo verdaderamente importante no pase desapercibido ni resbale por nuestra piel encallecida, no vaya a suceder que sintamos más próxima y dolorosa la muerte de nuestro perro que la de doscientas personas. El dolor ajeno reclama algo más que un comentario. Exige, en primer lugar, tiempo. Un tiempo de reflexión, a solas, en tu habitación. Con esfuerzo emocional. Intentando poner el corazón para sentir el dolor y la tristeza que afligen a los supervivientes y a los familiares de las víctimas.

Consiste en hacerse poeta por unos momentos, intentar penetrar sus sentimientos, retener su angustia, capturar su desesperación, abrazar su impotencia y escribir un poema interior que nos ayude a ponernos en lugar del otro. Y, después, revestir la emoción de humanidad, no dejarla suelta ni encerrada en sí misma, dar sentido al sentimiento y transformar la rabia inicial en comprensión, incluso en amor. “Odia el delito, compadece al delincuente”, sugería Concepción Arenal.

Si se da este paso, la meditación personal, ya es mucho. El siguiente es compartirlo en familia, hacer ver a nuestros hijos que no pueden, no deben pasar de puntillas por el dolor ajeno, aunque sea lejano y casi imperceptible; que han de detenerse en él, no para recrearse, pero sí para ‘compadecer’ (padecer con) y acompañar, aun desde la distancia.

Esa es la libertad emocional, la capacidad de crear un sentimiento auténtico e integrarlo en nuestra biografía. La vida hará el resto, pues, como recordaba Julián Marías, “no se piensa con el cerebro, sino con la vida”. Ella, la vida misma, al “sentir” y no sólo conocer la verdad, nos indicará la causa que hemos de apoyar para que nuestras lágrimas no sean estériles.