La vuelta al cole, y a la universidad. De nuevo, los deberes, el horario y la rutina de estudio, los exámenes…, y nuestra postura (de los padres) ante todo ello. ¿Qué pedimos a nuestros hijos en términos de estudio y conocimiento? ¿Qué mensajes les lanzamos?

¿Tenemos la visión utilitarista que denuncia Tomás Melendo en su libro ‘La Hora de la Familia’?: “Cuando los colegios e institutos se olvidan de comunicar a los alumnos la idea de que aprender tiene en sí su propia paga -entre otras, y por delante de ellas, el mismo saber-, cuando juegan en exceso con las calificaciones, presentándolas como premio o como castigo de la labor realizada, cuando los exámenes son el móvil supremo…, están alimentando en sus alumnos el convencimiento de que el trabajo no encuentra en sí mismo y en el servicio a los demás su propia recompensa, y hacen todo lo posible para que, con el correr del tiempo, sus ex-pupilos se sumerjan, con toda la fuerza y el empuje que permiten sus propias capacidades y las circunstancias del entorno, en la cultura del éxito por el éxito”.

Se comprende que, para alcanzar cualquier meta, es inevitable motivar con objetivos parciales, y los exámenes y calificaciones constituyen en este sentido un objetivo, una meta provisional que ayuda a lograr el fin auténtico: el conocimiento, la mejora personal y el mejor servicio a los demás que esa mejora permite.

Pero no podemos olvidar que, en este ámbito, el éxito no está en conseguir el objetivo, sino en participar del bien que el objetivo ayuda a conseguir. El bien (el saber) es aquí el fin, mientras que el objetivo (sacar la mejor nota posible en el examen) es el medio para alcanzarlo. En otro caso, si solo el objetivo diera sentido a la vida, resultaría que una vida en pos de un objetivo (por alto que este fuera) que se truncara antes de conseguirlo sería una vida malograda. Y esto no se puede aceptar en absoluto, pues puede ser una vida mucho más plena aquella que lucha por un objetivo participando del bien que se persigue que aquella otra que va solo en pos del resultado (el éxito por el éxito) y lo obtiene sin alcanzar ni reconocer siquiera el bien que aquél está llamado a procurarle.

Carl Gustav Jung, el conocido psicólogo, ya advirtió de este peligro de la ‘titulitis’ o ‘profesionalitis’: “[la profesión] tiene algo de seductor y por ello tantos hombres no son, en el fondo, nada más que la dignidad que les ha concedido la sociedad. Sería inútil buscarles una personalidad detrás de la cáscara. Detrás de grandes apariencias representativas no son otra cosa que un hombrecillo digno de lástima. Por eso la profesión es tan seductora: porque representa una compensación barata a una personalidad deficiente”.

Que aprueben, sí; que saquen buenas notas, mejor; pero, por encima de todo, que aprendan a valorar el saber que les permitirá crecer como personas para poder ayudar a los demás mejor y más eficazmente y devolver a la sociedad todo lo que les ha dado tras siglos de civilización.

Todo un reto para los padres en este inicio de curso.