Hace unos cuantos años, cuando empezaba a interesarme por los temas de educación y familia, un experimentado moderador de cursos de orientación familiar para padres me dijo que él ya no moderaba sesiones porque no se sentía con autoridad para hacerlo, dado que, según él creía, había fracasado con algunos de sus hijos. Deducía este fracaso del estilo de vida de esos hijos, alejado del suyo propio, y fundado, al menos en apariencia, en otros valores.

Pensé entonces que era una actitud coherente: si no has sabido transmitir a tus hijos los bienes y valores que tú vives, ¿cómo los vas a enseñar a los demás?

Dejando al margen que un moderador en un curso de orientación familiar no debería enseñar, sino compartir y aprender de los padres a quienes modera, logrando que ellos digan lo que a él le gustaría haber dicho, pienso ahora que, aunque coherente, mi interlocutor estaba equivocado.

Me viene a la cabeza justamente ahora, en vísperas de Navidad, cuando Dios se hace hombre. Y me hago la pregunta que da título a esta entrada: ¿se equivocó Dios? ¿Le salió mal el hombre? ¿No supo educarlo? Y, después de ese fracaso, ¿osó enviar a su Hijo para que enseñara el hombre al hombre? ¿No hubiera sido más coherente olvidarse de su criatura y no venir con nuevas enseñanzas, precisamente Él, que había fracasado la primera vez?

Y es que los padres nos olvidamos demasiado frecuentemente de una condición del ser humano de la que, naturalmente, participan también nuestros hijos: la libertad. Sí, nos lo han dicho muchas veces, hay que educar a los hijos para la libertad, pero no nos lo acabamos de creer. Y, cuando la ejercen y toman una dirección diferente a la nuestra, nos parece que hemos fracasado nosotros.

Varios comentarios quisiera hacer aquí: (i) no somos propietarios de nuestros hijos, intentamos educarlos de la mejor manera que sabemos, y ellos, cuando maduran, toman sus propias decisiones, (ii) como ni ellos son autómatas ni nosotros (hablo por mí) somos deterministas, no existe una relación de causalidad directa entre nuestra educación y sus decisiones futuras, una vez alcanzan la plena autonomía personal, (iii) ellos pueden equivocarse al decidir y nosotros al juzgarlos: ¡qué difícil es en ocasiones saber quién está en lo cierto!, y (iv) hay que huir de los juicios maximalistas tipo bueno o malo, cielo o infierno, entre muchas otras razones que no hay espacio para desarrollar, porque solo Dios ve en los corazones de los hombres y ya advirtió que ‘las prostitutas nos precederían en el Reino de los Cielos’.

Así que, al cabo de los años, pienso que, de la misma manera que Dios no se equivocó, sino que hizo al hombre libre y, a pesar de educarlo bien en el Jardín del Edén, el hombre ejerció, equivocadamente (en este caso, sí), su libertad, los padres, que nos equivocamos muchas veces, hemos de evitar culpabilizarnos de lo que podríamos considerar como fracaso (aparente, insisto) en la educación de algunos de nuestros hijos cuando hemos luchado de verdad por formarnos y educarles bien. Si lo hacemos, podemos acabar negando la libertad, la responsabilidad personal de nuestros hijos, que, a partir de cierta edad, son dueños, -¡y responsables!- de sus propias decisiones, y acabamos convirtiéndolos en posesiones nuestras.

Y, por el camino, nos vamos ensoberbeciendo, al pensar que somos nosotros los que acertamos o fracasamos en las decisiones de nuestros hijos, como si fuéramos más que Dios, que tuvo, ¡y aún tiene!, una paciencia de siglos con todos nosotros.

Menos mal que Él sí se tomó en serio nuestra libertad. Por eso puedo escribir este artículo… ¡y equivocarme!

De nuevo, ¡feliz Navidad!

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