Mi hija Belén, de 19 años de edad, está en la India, con un grupo de jóvenes, haciendo un voluntariado (ellos prefieren llamarlo compartiriado) organizado por una asociación que se llama Hakuna, impulsada por un sacerdote católico: José Pedro Manglano (Don Josepe para los amigos). Bueno, lo de ‘grupo’ de jóvenes es un eufemismo, ¡porque son 200! Para que sepamos que siguen con vida y cómo sigue su vida, nos van mandando, a los padres, las cartas que van escribiendo algunos de ellos.

En una de las últimas, después de describir con realismo las calles de Calcuta, las ratas correteando, los cuervos graznando, las basuras exhibiéndose sin rubor y los mil hedores pugnando por sobresalir, hay frases como estas: “a la gran mayoría de pacientes que hemos tratado, Dios les ha entregado una cruz con la cual han tenido que cargar toda su vida cargada de miseria, falta de amor y tristeza” (…) “Nosotros tenemos la suerte de tener familias maravillosas que nos lo han dado todo sin dar nada nosotros a cambio. Una de las lecciones que hemos comprendido es la necesidad de dar sin tener que recibir nada a cambio, nos sentimos tan agradecidos”.

La pregunta, en un blog dedicado a la familia y al matrimonio, y retomando ya la serie de posts sobre el amor y sus opuestos, es inevitable: ¿por qué nos olvidamos tan fácilmente de que es posible dar sin tener que recibir nada a cambio? ¡Qué extraña suena esta frase en nuestro entorno! Nos hemos acostumbrado a vivir una caricatura del amor, un supuesto “amor” egocentrado, exigente y caprichoso. ¿Qué le ha pasado al amor en Occidente que se parece más a una exigencia que a una entrega? ¿Será necesario ir a Calcuta para volver a aprender a amar?

De eso va el post de hoy, del amor avaro. Una contradicción en los términos y, sin embargo, una experiencia diaria. Es el ‘amor’ de la primera persona, el de ‘mis’ derechos, ‘mi’ fama, ‘mi’ prestigio, ‘mi’ orgullo herido, ‘mi’ tiempo, ‘mi’ carrera, ‘mi’ deporte, ‘mi’ realización personal, ‘mi’ seguridad, ‘mi’ dinero, ‘mi’ futuro, ‘mi’ jubilación, ‘mis’ planes de pensiones… y, después, si encajas en todo esto, y solo entonces, vendrás ‘tú’.

Ego, ego, ego, ego…
Y va balando el borrego.

¡Qué poco original! Andar todo el día a vueltas con uno mismo. Vivimos en el siglo y en el lugar de las seguridades y estamos intranquilos, nos falta siempre algo, nos sentimos vacíos. Y algún joven desprendido nos tiene que recordar de vez en cuando que, sí, ¡se puede ser feliz en un centro de tuberculosos de Calcuta!

Y, claro, por ese camino de comodidad, seguridad, tranquilidad y desarrollo personal se nos acaba marchitando el amor.

Nos hemos creído tanto aquello de “nadie da lo que no tiene” que nos hemos centrado en tener y nos hemos olvidado de dar. Habrá que recordar una vez más que, cuando de amor hablamos, es igualmente cierta la afirmación contraria: “nadie tiene lo que no da”. Lo que no se entrega, lo que se conserva y se guarda para uno mismo se pierde para el amor. El tiempo que no regalamos, la sonrisa que no ofrecemos, el beso que no damos, la incomodidad que no aceptamos, la aventura que no emprendemos, la locura que no vivimos en esa disparatada, ¡y tan humana!, osadía de un amor que no calcula la intensidad de su entrega…, todo esto caduca y se pudre en nosotros para siempre.

Hay amores encofrados, que van acumulando objetos en el cofre de su propio esplendor. Pero todo el mundo sabe que los cofres que no se abren acaban siempre en el desván con sus abalorios roídos y apolillados. ¡Cuánta razón tenía santa Teresa de Calcuta!: quien no vive para servir, no sirve para vivir.

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