“Hasta septiembre…, más morenos y más gordos”, me dijo, con crudo realismo, una compañera de despacho cuando se despedía para irse de vacaciones.

El régimen o dieta prevacacional, la llamada “operación bikini”, es ya un lugar común en los medios durante las semanas, ¡y hasta los meses!, previos a las vacaciones de verano y de Navidad. Importa estar en forma. Nadie lo pone en duda, aunque en ocasiones constituya una tremenda paradoja: ¡dejar de comer para poder comer! Nuestra sociedad moderna, bienestante y opulenta acepta sin problema alguno esta universal y comercial batalla contra la gula -porque de eso se trata: de poner la gula a raya-, siempre que sea para elevar la autoestima y poder exhibir la mejor figura posible enfundada en nuestro indiscreto bañador. O para estar en condiciones de poder disfrutar sin cortapisas de todos los placeres propios de las vacaciones, habiendo conseguido un margen aceptable para el engorde con un previo y exigente adelgazamiento.

En cambio, hay otro tipo de regímenes que no se entienden tan bien. Por ejemplo, como ya he dicho en otras ocasiones, yo tengo un hermano monje. Y, por extraño que parezca, mi hermano hace régimen por amor…, pero no por amor a sí mismo, sino por amor a Dios. Quizás sería más exacto decir que “le hacen” el régimen, porque, al ser monje mendicante, come lo que le dan aquellos a quienes pide.

“¿Cómo? ¿Régimen, un monje? ¿Para estar en forma? ¡Y qué le importará a Dios la figura de un monje ‘contemplativo en medio del mundo de la pobreza’!”, podría objetar cualquier nutricionista aficionado. Y mi hermano le contestaría algo así: “Lo mismo que me importa a mí: nada. No me abstengo de los manjares para modelar mi cuerpo, sino para esculpir mi alma y mi entera persona. Yo quiero estar en forma para Dios y para mis hermanos los pobres, quiero estar ágil y presto para entregarme a ellos en cualquier momento. Y, sobre todo, no quiero que los alimentos y las bebidas se conviertan en mis pequeños y caprichosos dioses, se adueñen de mí y me acaben llevando por donde ellos quieran”. Probablemente, mi hermano daría, además, alguna razón aún más sobrenatural, conectada con Jesucristo, que por algo es monje católico, pero entrar ahora en este terreno excedería el objeto de este post.

Lo interesante para nosotros es que este régimen monacal se puede transformar en matrimonial. ¡Régimen por amor a mi mujer! La verdad, parece mucho más atractivo e interesante que lo de la “operación bikini”. Y, si bien se piensa, no es una opción, ¡es una exigencia del amor! En el fondo, de cualquier amor, pero muy en especial del amor matrimonial.

El amor a mi mujer, a mi marido, en efecto, me exige estar en forma para ella o para él. No que tenga una figura esbelta, de anuncio, lo que no depende solo de mi voluntad; sino que tenga un cuerpo y un alma, sean como sean los que me ha regalado la naturaleza, en la mejor forma posible para poder amar. Que no me abandone. Que conserve la mayor agilidad posible para poderme levantar enseguida y sin esfuerzo cuando haya que hacer algo en casa. Que no me entregue cada tarde del verano largas horas en brazos de Morfeo para que mi cuerpo pueda asimilar los litros de alcohol y los kilos de alimento ingeridos a destajo. Que pueda olvidarme de mis antojos de gourmet aficionado para centrarme en los deseos de aquellos a quienes amo. Que sea capaz de ofrecer una sonrisa cuando un día cualquiera de verano no pueda disfrutar del grado exacto de frío con que a mí me gusta la cerveza. Que pueda ceder sin especial dramatismo el último trago de mi cantimplora al volver de una excursión o el último sorbo de mi bebida refrescante regresando de la playa, cuando el calor y el cansancio se empeñan en tomar las riendas de mi voluntad antojadiza. Y muchas cosas más, porque la gula, aunque ya casi ni se reconozca como vicio, es mala compañera en esto del amor.

Naturalmente, se trata de una disposición habitual, que no excluye, sino que reclama como manifestaciones también evidentes de amor, las licencias propias de quien ama de verdad, que invitan a disfrutar al máximo de los buenos momentos que podamos regalarnos para alimentar y hacer crecer nuestro amor. Ya se entiende. Se trata de amar… y también de ser amado. Por eso es cosa de dos.

¡Feliz verano!

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