Esta semana ha fallecido la madre de un buen amigo mío. Hubo una época, hace años, en que nos veíamos mucho. Después, la vida nos llevó a cada uno por distintos caminos. Nos hemos ido viendo sobre todo en celebraciones. ¿Qué tal? ¿Cómo va todo? Pues bien, ¿y a ti? No me puedo quejar, ya sabes… Ya, ¿la familia? ¿Todos bien? Sí, ¿y vosotros?, etc.

Cuando una amistad ha cuajado, hay algo que enraíza en la persona y queda en el interior. Pueden pasar largos años sin siquiera verse, sin hablar, pero hay una unión difícil de explicar que permanece como un rescoldo y, un buen día, un pequeño soplo de aire lo enciende y vuelve a prender.

Un funeral es un buen momento para conocer a la gente. Y un funeral de una madre, más todavía. Es un momento muy especial. Parece que algo muy nuestro se nos va, aunque, con el paso del tiempo, vuelve, sobre todo si crees, como a mí me parece evidente, que la vida no termina en este mundo. Y vuelve con una serenidad inesperada.

A mi amigo yo ya le conocía, pero en el funeral de su madre mostró lo mejor de sí mismo. Él no se dio cuenta, claro, porque la gente buena no percibe sus gestos más grandes: lo grande suele manifestarse en lo pequeño.

Me acerqué a darle un abrazo, le traje a la memoria algún recuerdo de su madre, de cuando éramos más jóvenes (más jóvenes que los 57 años que tenemos ahora, quiero decir) y él, en lugar de hablar de su madre, me habló de las cosas que sabía me interesaban a mí: la carrera y el futuro profesional de una hija mía que, por circunstancias que no vienen al caso, ha coincidido con él, mi blog, que tiene la paciencia de leer cada semana, y otras. Un funeral suele ser, y es lo que le corresponde, un momento egocéntrico, en el buen sentido de la palabra. Lo importante es la persona fallecida y el dolor de sus familiares, y ahí quería centrarme yo; pero mi amigo me hizo un quiebro y lo alterocentró. Salió de sí mismo y se ubicó en mí, y en ese lugar nos quedamos. Toda una lección.

En el curso de esa conversación íntima de dos amigos que vuelven a encontrarse en lo profundo de la vida, me sorprendió sugiriéndome un tema para tratar en el blog: la escucha. Pero lo hizo desde una perspectiva que me pareció original, tal vez por su aplastante lógica.

La podría resumir así: para escuchar hay que dejar de hablar. Parece sencillo, pero no lo es tanto. Si uno lee libros especializados, enseguida se habla de los tipos de escucha: la escucha selectiva, la analítica, la empática, la activa, la prejuiciosa…, pero poca gente cae en una evidencia como la que he enunciado.

Cuántas veces, en este país locuaz y opinador, alguien empieza a contar algo y otro le interrumpe y se pone a explicar algo similar que le sucedió a él:

  • El otro día vi un accidente…
  • ¡Calla, calla! Ahora que lo dices, no sabes lo que me ha pasado esta mañana: iba a cruzar el semáforo cuando una bicicleta se ha echado encima de…

Es verdad que a veces se hace con la loable intención de empatizar. A mí me pasa mucho. Me parece que tengo que aportar algo y, no pocas veces, dejo de escuchar para pensar en lo que voy a decir cuando acabe de hablar mi interlocutor o para evitar que se me olvide. Otras veces, simplemente, me voy. ¿Dónde? No lo sé, pero cuando vuelvo ya han cambiado de tema. Y, claro, dejo de escuchar y luego pregunto lo que me acaban de decir. En mi casa es un clásico…

Pero, volviendo a mi amigo, su propuesta es muy sencilla, no tiene secreto alguno. ¿Quiere escuchar? Deje de hablar. Así de simple. Como me lo dijo en un momento muy especial, he anudado su consejo a las madres, que son las que mejor saben escuchar, y me ha quedado grabado. He procurado practicarlo y… ¡funciona!  A ver qué dicen mis hijas dentro de unos meses (digo mis hijas porque, en casa, son las que más y más rápido hablan): ¿mejoraré mi capacidad de escuchar? Nunca es tarde…

Javier Vidal-Quadras

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