Esta semana, estuve negociando una transacción judicial con un abogado cuyo hermano, según me dijo, había estado casado en primeras nupcias con una prima segunda mía. Como disculpándola, en medio de la conversación me dijo algo así: “Es muy buena tía (sic), a mí me cae muy bien, pero ya se sabe que todos los matrimonios acaban por romperse”. Y, como hablaba bastante, pasó, sin solución de continuidad, al tema que nos ocupaba, que, por cierto, terminó bien…, no como los matrimonios que, por lo visto, conocía mi interlocutor.

La frase me dio tristeza. Primero por mi prima segunda (o tercera), a quien, como somos una familia bastante extensa, no creo conocer. Segundo, porque denota un estado de opinión pesimista acerca del matrimonio que está bastante extendido.

Julián Marías afirma, con la claridad que le caracteriza: “la mayoría de personas no se atreven a conseguir lo que esperan, lo que desean, pero hay una falta de atrevimiento más grave y radical: no atreverse a desear porque eso no tiene curso legal, no es ‘lo que se desea’”.

Algo de esto está sucediendo con el matrimonio. Se ha difundido la especie de que amar para siempre resulta prácticamente imposible y, claro, mucha gente ya ni siquiera lo desea, y no porque no quiera sino porque no se cree capaz. Es como el deseo de que alguien te baje la Luna. Es romántico, pero nadie lo desea de verdad porque no se ve posible.

Reconozco que soy un privilegiado, pues en mi entorno más próximo son más los matrimonios optimistas que creen en el amor para siempre, apuestan por él y se atreven a luchar cada día para engrandecerlo que los pesimistas, que no se atreven a conseguir lo que desean y, a veces, ni siquiera a desearlo.

Un problema grave de esta posición ante el amor, que amenaza con transformarse en un obstáculo insalvable, es la falta de esperanza. La esperanza es fundamental para ser feliz, por lo que, si se pierde la esperanza de amar para siempre, resulta francamente difícil ser feliz en el matrimonio. De hecho, para ser feliz es más importante la esperanza que la realidad. Con la esperanza de un amor para siempre, que permanecerá o volverá en el futuro si ahora está aletargado, se puede superar cualquier situación, por dura y compleja que sea.

Para ilustrar esta verdad (la esperanza es más importante que la realidad actual para ser feliz), se puede pensar en esta comparación: ¿quién es más feliz: el preso a quien han quitado todo su patrimonio y está hoy en la cárcel, sin nada, pero tiene la esperanza cierta de que mañana saldrá de ella y se reencontrará con los suyos habiendo cumplido ya su condena; o la persona libre, rica y poderosa, que lo tiene hoy todo pero sabe que mañana entrará en la cárcel, le embargarán todo su patrimonio y dejará de ver a su familia? Uno no tiene nada más que la esperanza, pero es feliz; el otro lo tiene todo menos la esperanza, pero es un desdichado.

Nietzsche lo expresó con aquel pensamiento que recogió Víktor Frankl en su conocida obra “El hombre en busca de sentido”: “el que tiene un porqué para vivir es capaz de soportar cualquier cómo”.

Tener un amor sin la esperanza de querer conservarlo para siempre, un amor incierto, en la zozobra, por el que no se luchará cuando arrecie la tormenta es muy triste. No ser capaz de decir con voz bien alta: “te amaré para siempre”, es no atreverse a desear lo que se espera, porque, no nos engañemos, todo el mundo espera de la persona amada un amor definitivo.

Tener la esperanza de amar mañana es, en realidad, estar ya amando hoy.

Javier Vidal-Quadras

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