Hoy no me tocaba escribir, pero he recibido un mensaje y no he podido evitarlo. Tengo varios amigos neozelandeses, y mi segundo hijo, Javi, todavía más. Pasó varios meses precisamente en Christchurch, ciudad de bello y hoy paradójico nombre, en un intercambio universitario. Ahora vive en México y nos ha explicado que varios de sus amigos musulmanes han perdido familiares y amigos o se han salvado de milagro de morir bajo las balas del terror incomprensible.

Las escalofriantes imágenes de la matanza asustan sobre todo por lo ordinario y anodino. La banalidad del mal, como advertía Hannah Arendt. Si cualquiera de nosotros hubiéramos pasado por el salón de nuestra casa y nos hubiéramos encontrado a nuestro hijo de doce años ante una pantalla viendo las crudas imágenes que grabó el asesino, probablemente nos habríamos limitado a decirle: “Hola, hijo, ¿a qué estás jugando?

Me han venido a la cabeza las reflexiones que escuché hace poco a un filósofo italiano a propósito de la noción de persona. Explicaba que en el cristianismo se desarrolló esta idea de persona, que procede del griego prosopón -la máscara que utilizaban los actores en el teatro para representar a los personajes-, para explicar a un Dios que, según las Sagradas Escrituras, habla consigo mismo. Si habla consigo mismo, se concluyó, es que son más de una persona. Por eso, en el cristianismo, Dios es amor, es decir, relación entre personas, trinidad.

Dios no es poder, como piensa buena parte de nuestra sociedad. No es una potencia a la que podemos acudir para resolver nuestros problemas o evitar nuestros sufrimientos. No es una fuerza a la que nos asemejemos más cada vez que progresamos técnicamente.

Esa fue la trágica confusión de Adán y Eva, explicaba el conferenciante. Vieron a Dios como poder. El error no fue querer ser como dioses. Todos queremos. El mismo Dios lo quiere, y nos lo ha dicho: “sed perfectos”… como yo lo soy. El error consiste en pensar que Dios es poder, porque esta concepción nos conduce a tener poder, a someter a los demás, incluso a eliminar a los que no piensan como nosotros.

Y, lo que es más grave, pensar que Dios es poder nos aleja de Él cuanto más nos empeñamos en poseerlo. Esto es lo que les ocurrió a Adán y Eva. Pensaron que Dios era poder, fueron en pos de ese poder y sacrificaron precisamente lo que les hacía dioses: el amor, la amistad con Dios. Por querer ser dioses con poder perdieron el verdadero poder de Dios: el amor. Le traicionaron, le ocultaron sus intenciones, se olvidaron de Él y, al romper su relación con Dios, perdieron los dones casi divinos que les concedía precisamente esa relación de amistad.

Películas, series, juegos de ordenador, debates políticos, carreras profesionales, empresarios exitosos, famosos insustanciales…, ¿qué transmiten tantas veces sino lucha por el poder, por ser más, por llegar antes, por fichar a los mejores, por ser competitivos, aunque se hinchen la boca de palabras bonitas y ya desgastadas?

Dios no es poder. Es amor.

Aunque a los familiares y amigos de estos hermanos musulmanes que han fallecido como mártires bajo las balas de un infierno incomprensible les cueste ahora entenderlo, Dios es amor… y a nosotros nos corresponde encarnarlo para que su genuino poder, que no es de este mundo pero lo inspira, se quede a vivir entre nosotros. Y, mientras tanto, los que lo hacemos, rezaremos por los mártires de Christchurch.

Javier Vidal-Quadras Trías de Bes

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