Una de las definiciones de sostenibilidad más citadas es la que propuso Brundtland en el ya lejano año de 1987: satisfacer las necesidades de la actual generación sin sacrificar la capacidad de futuras generaciones de satisfacer sus propias necesidades.

Han hecho falta muchos años para que fraguara una conciencia verdadera sobre la necesidad de hacer de nuestro mundo un mundo sostenible. Y aquí he de entonar el mea culpa, porque quizás yo soy de los retrasados en adquirirla. Y eso que esfuerzo ponía, pero a veces no acababa de cerrar el círculo. Por ejemplo, en nuestra casa, durante un largo tiempo, hemos estado discriminando la basura. Ha costado no poco esfuerzo. Incluso una de nuestras hijas dibujó un esquema de las basuras, que imantamos en la nevera, el punto de encuentro de toda familia numerosa. Poco a poco fuimos aprendiendo que aquello de nuestros padres de guardar cada cosa en su sitio había que completarlo con lo de tirar cada cosa en su lugar. Al final lo logramos. ¡Primer paso! Ah, pero el segundo fue mucho más arduo. No bastaba con echar cada desecho en su bolsa…, ¡había que llevar después cada bolsa a su contenedor! Eso nos costó un poco más y, durante un tiempo francamente paradójico, segregábamos en casa y agregábamos fuera. Esperpéntico, lo admito. Pero, lo hemos conseguido. La virtud no se suele adquirir en un día.

En cambio, en otros aspectos de nuestra vida, hemos intentado siempre ser muy sostenibles, y no nos va mal. Creo que, desde el punto de vista familiar, lo conseguimos en un alto grado.

En efecto, si aplicamos la descripción de Brundtland a la familia, se podría decir que familia sostenible es aquella que cumple las condiciones para satisfacer las necesidades de sus miembros sin comprometer las de sus descendientes. Y añadiría que en esta definición se puede sustituir ‘necesidades’ por ‘bienestar’, e incluso por ‘felicidad’

Sea como fuere, me parece que no necesita demostración la afirmación de que las necesidades, el bienestar o la felicidad de la familia pasan siempre por la unión familiar, porque la familia no se constituye (o no debería, que de todo hay en la viña del Señor) para ganar dinero, para acumular poder o para adquirir prestigio, sino para vivir en unión y felicidad.

Por lo tanto, podemos concluir que la familia sostenible es la que hace todo lo posible para mantenerse unida. Ahí radica la felicidad familiar de sus miembros: del marido y la mujer, que decidieron unirse para amarse, y de los hijos, que esperan siempre el amor de sus padres entre sí y, después y desde ese amor mutuo, el amor a ellos.

Si cualquiera de los miembros de la familia se centra en sí mismo, va en pos de su felicidad personal, satisface solo sus necesidades (sean estas materiales, corporales, afectivas o espirituales) y se olvida de los demás, la familia se hace insostenible. Pero la cosa se agrava cuando el miembro que así actúa es uno de los padres, porque este atenderse a sí mismo con preferencia a los demás postergando a la familia incide con mucha más virulencia en los hijos, sobre todo a ciertas edades. Y no es familiarmente sostenible un padre o una madre que por satisfacer sus propias ‘necesidades’ (por emplear el término de Brundtland) acaba sacrificando la de sus hijos.

Entiéndaseme bien, no quiero simplificar ni hacer juicios de valor, que la vida es muy complicada y las motivaciones humanas más todavía. Hablo solo de sostenibilidad de la familia como núcleo de unión personal. Una vez la familia se escinde o despliega o diluye, hay una nueva situación que habrá que cuidar con el mismo esmero.

Es cierto que hacer sostenible una familia requiere un poco de entrenamiento. Es como lo de las basuras de mi casa. Al principio, te cuesta pensar en el derecho de la piel de plátano a compartir su procesamiento con los suyos, pero llega un momento en que lo haces casi instintivamente.

Olvidarse de uno mismo no es tan fácil, sobre todo cuando los sentimientos aprietan y algo o alguien externo a nuestra familia nos atrae poderosamente, hasta el punto de imaginar que no podemos resistirnos a su sugestión. No viene mal, entonces, recordar y hasta estudiar la verdad que hay detrás del matrimonio y la familia, que tienen razón de unión, no de separación. Y un pequeño esfuerzo de olvido de sí suele, más tarde o más temprano, tener su recompensa, aunque en el momento pueda costar mucho.

Casi por casualidad, preparando una charla que he de dar un día de estos, me he topado con esta cita de Edith Stein, que viene como anillo al dedo: “no aceptéis como verdad nada que carezca de amor. Y no aceptéis como amor nada que carezca de verdad. El uno sin el otro se convierte en una mentira destructora”. Para reflexionar el fin de semana.

Javier Vidal-Quadras Trías de Bes

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