El fin de semana del 19-20 de octubre, la IFFD (International Federation for Family Development) celebra su congreso internacional sobre la familia bajo el título “La familia, el rostro de lo humano”, un congreso abierto a todo aquel que crea en la familia como hábitat humano. Quedan pocas plazas y un fin de semana en Londres es “familiarmente” muy aconsejable. Aquí os dejo el link: www.iffd.org.

Y, en efecto, desde cualquier punto de vista que se contemple, la familia es el rostro de lo humano.

La perspectiva biológica lo confirma cuando, sabiamente, permite que el cachorro de hombre, tan indigente en sus primeros años de vida, nazca del seno de una madre que lo ha llevado con amor consciente y muchas veces esforzado, y se encuentre con un padre dispuesto a ofrecer el mismo cuidado y mantener en la vida a ese ser que tardará años en ser autónomo y subsistente.

También la aproximación antropológica y pedagógica corroboran la necesidad de la familia, el entorno en que la naturaleza se hace cultura y donde el ser humano, como decía Karl Jaspers, puede llegar a serlo cabalmente. El padre y la madre tienen, en este sentido, afirma Fabrice Hadjadj, una autoridad sin competencia. El hijo tiene derecho a ellos, a recibir su formación humana de quienes un día decidieron darle la vida y están a priori en las mejores condiciones para hacerlo. Y tiene también derecho a que se formen y adquieran esa competencia que les transforme, en verdad, en los primeros, preferentes y mejores educadores.

Naturalmente, si faltan los padres, la sociedad buscará para ese hijo un entorno familiar que imite de la mejor manera posible a esa familia originaria. También la visión sociológica reconoce el papel fundamental de la familia para esculpir ese rostro humano en el niño que ha recibido y acogido. Es en la familia donde se crece en humanidad, convivencia y solidaridad, donde se aprenden las vigencias sociales que permitirán después vivir en sociedad.

Ni siquiera el enfoque ontológico del ser humano adulto y autónomo escapa a la dependencia de la familia. La familia es el lugar del amor, el único donde el amor incondicionado está asegurado (o debería estarlo) desde la concepción hasta la muerte. Y la persona es un ser para el amor. En él encuentra su destino y desarrollo. Por esta razón, se puede decir sin temor a equivocarse que cuanto más perfecta y desarrollada es la persona, es decir, cuanto más capaz de amar se ha hecho, más necesita a la familia, pues no hay otro lugar donde el amor florezca con más fuerza.

La estadística revalida cuanto vengo diciendo. Todos los estudios con rigor científico, vengan de donde vengan, ratifican tozuda e invariablemente que la familia formada  por un padre y una madre que se unen con vocación de estabilidad y apertura a la generación de nuevas vidas es el mejor entorno para el ser humano. La drogadicción, el alcoholismo, la violencia infantil, los abusos sexuales, el fracaso escolar, la violencia doméstica y todas las demás lacras sociales se previenen más eficazmente en la familia que en cualquier otro lugar.

Por eso, la política sabe, aunque a veces no quiera reconocerlo, que la familia es irremplazable: no existe ninguna forma de organización social tan perfecta, tan ‘humana’ y tan barata como la familia. No hay dinero en el mundo para sustituirla.

Y el broche final del reconocimiento humano sobre la familia lo pone la teología, por lo menos la cristiana, porque Cristo, pudiendo haber comparecido en el mundo como un portentoso ser dotado de fuerza y poder irresistibles, decidió hacerlo en una familia y hacerse y crecer como hombre al estilo humano: pequeño y dependiente.

La familia, el rostro de lo humano… En Londres nos juntaremos unos cuantos para evitar que nadie lo intente desfigurar.

Javier Vidal-Quadras Trías de Bes

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