El lunes pasado, cuando llegué al despacho, Cristina, una buena amiga, compañera de trabajo y lectora incondicional de mi blog, me tiró de las orejas. “Oye, en el último post, mucho multimedia, pero no te lo curraste nada”, me dijo, o algo parecido. Y tenía razón. Me lo tomé un poco de descanso. Así que, para que no me eche la bronca este lunes, he decidido publicar uno hoy, a pesar de que me había propuesto una frecuencia quincenal.

Alguien podrá pensar: ¡qué poca personalidad tiene! A lo que yo podría contestar: rectificar es de sabios.

Precisamente, en el penúltimo post hablaba de la autenticidad y me ha venido a la cabeza un librito de Romano Guardini titulado “La aceptación de sí mismo”, donde el pensador italo-alemán analiza en pocas páginas y con su habitual perspicacia este tema tan interesante.

La primera verdad que destaca es incontestable: yo no elegí existir. Mi persona me ha sido dada y la tarea principal de mi existencia consiste en ser el que soy, el que me ha sido dado.

La aceptación es el principio. Y es una tarea exigente porque requiere no imaginar que soy alguien diferente negando o ignorando mis defectos y mis carencias.

A partir de ese conocimiento propio puedo empezar a construirme, pues no se trata de aceptarme acríticamente como soy, sino de conocerme y crecer desde ese conocimiento propio.

Y surge la pregunta inevitable: ¿por qué soy como soy y no de otra manera? Una de las grandes tentaciones consiste en buscar la respuesta en mi entorno, en mi mundo, en mi comunidad, mi historia, mi nación.

Y casi siempre el resultado es decepcionante porque estas explicaciones me dan razones materiales, biológicas o históricas. No me muestran a mí mismo, sino a cualquier-otro-como-yo. Y, claro, mi auténtico yo se rebela contra esta visión porque es consciente de que él no es cualquier-otro-como-yo. La cuestión de quién soy yo se refiere a alguien en singular, yo mismo, que no encajo en una categoría general.

A veces caemos en esta tentación y queremos explicar las vidas de los demás de una manera simple, por lo exterior que vemos: sus padres eran así, le educaron de esta manera, fue a este colegio, nació en este lugar, con esta raza, tuvo estos problemas…, luego es comprensible que sea así, razonamos. Pero cuando nos aplicamos este razonamiento a nosotros mismos nos damos cuenta de que no es así, de que esos condicionantes exteriores no son nuestro auténtico yo. Pueden tener mayor o menor influencia, pero percibimos netamente que nuestro yo está más allá de las circunstancias y que estas no pueden explicar del todo quién soy yo.

De hecho, cuando uno se pregunta con sinceridad los porqués de su propia condición personal, acaba recalando siempre en la misma conclusión: no puedo explicarme, solo puedo aceptarme… o rechazarme. Me he sido dado. No existe un porqué más allá del amor de mis padres y de Dios, que no dan una explicación, sino un origen.

Como decía, la aceptación es el principio. He de renunciar a la tentación de querer ser otro, huir del resentimiento y de la comparación, reconocer mis talentos y crecer desde ellos.

La pregunta, por lo tanto (esto ya no lo dice Guardini, es cosecha propia) no es “por qué”, sino “para qué” soy así. Para qué tengo estos talentos y carezco de otros. Para qué he nacido en esta familia, en esta comunidad, he conocido estos valores, me he relacionado con estas personas, para qué se me presentan estas posibilidades de actuación. Los “porqués” nos acaban encerrando en nosotros mismos. Los “paraqués” acaban volcándonos hacia los demás porque nos acercan a la verdad de nuestro ser, un ser desde el amor, por el amor y  para el amor.

¡Feliz fin de semana!

Javier Vidal-Quadras Trías de Bes

Introduce tu dirección de correo electrónico para seguir este Blog y recibir las notificaciones de las nuevas publicaciones en tu buzón de correo electrónico.