El domingo pasado fui a jugar a pádel, abrí un bote de pelotas nuevas y se puso a llover. Terminamos el partido, de cuyo resultado no quiero acordarme, y guardé disciplinadamente cada cosa en su sitio. Como las pelotas estaban mojadas, no las tapé: dejé la tapa apoyada en el bote a la espera de que se secaran.

El miércoles volví a jugar y me encontré el bote tapado y, dentro, las pelotas mojadas. Mi mujer observó el desorden de un bote de pelotas sin la tapa puesta y lo enmendó.

Esta sencilla anécdota me ha permitido concentrar no pocas de las enseñanzas sobre comunicación matrimonial que he ido aprendiendo en diversos libros e intento transmitir en este blog. Veamos algunas.

Algunos autores han detectado que las mujeres tienden a pensar que los hombres actúan muchas veces despreocupadamente en el ámbito doméstico y hacen las cosas sin pensar; mientras que, advierten, este pensamiento casi nunca es certero. Lo que sucede la mayoría de las veces es que sus razonamientos son diferentes, sus mujeres los ignoran y, cuando sus maridos quieren explicar sus ‘razones’, les suenan a excusas. Gracias a Dios, no es mi caso.

Además, marido y mujer pueden tener un jerarquía distinta sobre las cosas. Para mí, por ejemplo, un bote de pelotas mojadas abierto es el orden adecuado a la circunstancia de la humedad, porque, en mi jerarquía de valores insustanciales, el secado de las pelotas está por encima del estado natural de la tapa, que es tapar. La de mi mujer, la verdad, no lo sé, porque ella no sabía que las pelotas estaban mojadas. Y aquí viene el tercer aprendizaje.

Los cónyuges, sobre todo los maridos, no suelen comunicar sus expectativas respecto de la conducta del otro. Por poco que hubiera pensado, conociendo el alto grado de desarrollo de la virtud del orden en mi mujer, tendría que haber previsto la posibilidad del cierre del bote de pelotas y anunciarle que iba a dejar el bote destapado por la razón ya dicha. Como he explicado en algún otro post, es importante conocer las propias expectativas y comunicarlas a nuestro cónyuge, ya sea de la tapa del bote de pelotas de pádel o de la más alta aspiración de nuestra vida. La lógica indica que la naturaleza de la tapa consiste en tapar, por lo que, si yo tenía una información que alteraba el curso normal de los acontecimientos, debía haberla comunicado… o arrostrar las consecuencias, como me tocó hacer.

Gracias a Dios, soy muy consciente de que la armonía y bienestar que rodea nuestra familia e impregna nuestro hogar se debe, en buena parte, a los continuos esfuerzos de mi mujer para que todos aprendamos a respetar a los demás poniendo un cierto orden también en las cosas, porque convivir nueve personas no ha sido fácil en muchos momentos, cuando cada uno pensaba que la casa era solo suya. Con el tiempo, he ido desarrollando el sano hábito de atribuir a mi mujer casi todo lo bueno que me pasa, que es mucho, lo que me permite reducir a categoría de anécdota los pequeños desencuentros que acechan a todo matrimonio. En este ámbito hay que estar muy atento, no se pueden menospreciar ni unas burdas pelotas de pádel, que, a la que uno se descuida, pueden crecer y crecer hasta convertirse en causa remota de ruptura.

Y, como los dos nos queremos mucho, estoy seguro de que ella pensó: ¡pobre Javier, con las mil cosas que tiene en la cabeza, se ha olvidado de tapar el bote!, y lo hizo por mí, delicadamente, sin reprocharme nada.

Así, los dos evitamos el típico pensamiento automático y subjetivo que deforma la realidad y amenaza con menoscabar el amor, del estilo: ¡No hay derecho, siempre igual, todo lo tengo que ordenar yo!, por su parte, o bien: ¡En esta casa no se respeta nada! ¡Para qué demonios tiene alguien que tocar mis botes de pelotas!, por la mía.

En fin, que el miércoles, con las pelotas de pádel aún húmedas, me salió un partido de cine. Es lo que tiene el amor, que siempre sale por donde no te lo esperas… y te sorprende para bien.

Buen fin de semana.

Javier Vidal-Quadras Trías de Bes

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