Yo no soy abuelo, estoy casado con una abuela, dijo, entre bromas y veras, un amigo nuestro. La frase me pareció muy ocurrente y pensé en adoptarla. Pero, claro, llegó el fin de semana, vino nuestro nieto Tomás a casa y con su primer ‘elo’ (su traducción de ‘abuelo’), la frase ocurrente se tambaleó.

Y ayer, con la llegada de Nico, nuestro segundo nieto, se ha borrado definitivamente de mi horizonte vital. Nico se ha hecho de rogar un poco. Cuando Bea nos dijo, a las siete de la mañana, que había roto aguas y se iban a la clínica, nos preparamos para ser abuelos de nuevo en la mañana.

Las dos primeras reuniones las mantuve por aquello de hacerme el valiente…, pero ya no recuerdo ni de qué iban ni con quién eran. Advertí al resto de asistentes que tenía que estar pendiente del móvil. De pronto, sonó una llamada. Era Alejandra, la hermana de Bea (e hija mía). ¡Lo siento! He de salir. Creo que ha nacido mi nieto… Alejandra contestó sorprendida de mi pregunta por Nico: Pero, papá, yo creo que te enterarás tú antes que yo. Y vuelta a la reunión.

La segunda reunión fue una lucha con Google: ¿Pero qué narices es esto de la oxitocina que le han puesto? ¿La oxitocina no servía para dar abrazos a la gente? ¿Cómo que no dilata? ¡Que le pongan cortisol… o ibupofreno, yo qué sé! ¿De cinco centímetros?… A ver… Jo, si es poquísimo. Pero, ¡quién es su ginecóloga, qué demonios está haciendo!

Por la tarde me di cuenta de que la culpa era mía. No había estado lo suficientemente concentrado en Nico, así que suspendí ya todas las reuniones, zooms, llamadas y demás y me puse en modo ‘parto de abuelo a distancia’. Las noticias eran desconcertantes. ¡¿Qué dices: que le han puesto la epidural y tiene que caminar?! ¡Pero, qué clase de hospital es este! ¡Voy para allí ahora mismo! Bueno…, está bien, esperaré un poco (…) Al rato, el desconcierto iba en aumento: ¡El catéter se ha movido! ¡Otra epidural! ¡Que le duele un lado! ¡Que Nico se ha retirado un poco! ¡Pero, que coñ…, ¿cómo que se ha retirado?!. ¡Ahora será culpa de Nico! ¡Será posible! ¡Pues que le bajen! ¡No es tan difícil! ¡Los adultos siempre culpando a los niños! ¿No pueden ni con un bebé? ¡Hay que hacerle bajar otra vez! ¡Voy para allí! ¡Está claro que necesitan al abuelo!

Pero el abuelo fue desterrado a la sala de espera de partos junto con los demás abuelos: Loles, Romy y Manu, que también se habían concentrado (bueno, las abuelas llevaban todo el día velando) para ejercer presión.

De pronto, se hizo la luz, Nico nació… y, como me sucedió con Tomás, volví a comprender el milagro de la vida y del amor. Me vino a la cabeza una frase de las catequesis sobre el amor humano de Juan Pablo II que llevaba unos días meditando, aunque en otra dirección: la felicidad consiste en radicarse en el Amor. Comprendo a Nico: no quería desarraigarse de Bea y echar raíces fuera. ¡Qué bien se está junto al amor de una madre! Lo que no sabía Nico, y ahora irá descubriendo, es que en el mundo hostil que acaso le asustaba hay mucho más amor del que imaginaba…, y ahí estaba su padre, y sus abuelos y toda su familia para mostrárselo, para que tuviera la certeza de que también aquí puede vivir radicado en el amor.

Esta ha sido la lección de Nico. Y hoy, gracias a él y a Bea y Jaume, que han apostado por el milagro de la vida, he vuelto a hacer el propósito de vivir un poco más radicado en el Amor (el que se escribe con mayúsculas, que es el amor de Dios), como pedía Juan Pablo II, porque también en este mundo a veces hostil, podemos encontrar la felicidad si no nos soltamos de Su mano, como procurará hacer Nico con Bea y Jaume hasta que le enseñen a echar raíces de verdad en el único Amor que todo lo puede.

¡Que bien sienta ser otra vez abuelo! Y no será la última este año… (no, no voy a hacer un spoiler). Feliz Viernes. ¡Feliz Nico!

Javier Vidal-Quadras Trías de Bes

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