El sábado pasado empezamos las vacaciones… y el lunes nos cayó como una bomba una de las peores noticias que pueden darse en ese momento: F18.
Nunca he entendido por qué enigmática razón los fabricantes de lavadoras catalogan las averías como si fueran carreras de coches. En nuestro caso, F18 (“no está drenando el agua”) es ya una vieja amiga, pero esta vez no pudimos con ella.
La segunda mala noticia fue que el técnico no podría venir hasta el jueves. Imposible. Hijos, nietos (uno de ellos en proceso de control de esfínteres nocturno), un bebé que regurgita, excursiones, deporte, mi padre que llega en un par de días. ¡Hay que pensar un plan B!
Como Dios aprieta, pero no ahoga, quiso la providencia que concurrieran dos circunstancias muy oportunas. Por un lado, Loles descubrió que en el pueblo más cercano había una lavandería pública. Por otro lado, yo estaba leyendo un artículo sobre el arte de descansar en familia, cuya tesis principal era la siguiente: “si llegas a casa pensando en todo lo que tienes que hacer te agotas, pero si te planteas la cena, los baños… como ese tiempo de estar juntos con las personas que más quieres y de ser tú mismo, sin máscaras ni caretas, será viviendo tu vocación donde podrás descansar y ser realmente feliz” (Teresa Barrera Cruz, psicóloga y terapeuta familiar).
Lo de la vocación se refiere al matrimonio y a la familia, interpreté, porque la vocación a hacer la colada, aunque, por desgracia, es una llamada (vocatio) diaria, no acaba de convencerme.
El caso es que, con esta combinación de ideas en la cabeza, Loles y yo compartimos nuestros mutuos descubrimientos y no tardamos en darnos cuenta de que encajaban a la perfección. Sin pensarlo dos veces, huimos del amable caos familiar veraniego y nos fuimos a la lavandería.
La ida en coche la aprovechamos para rezar el rosario, cosa que nos gusta hacer a diario y juntos. La llegada a la lavandería fue un momento muy especial, único. Tuve la sensación de trasladarme con Loles al espacio. Os lo podéis imaginar: Loles y yo solos, el aroma a detergente y ropa limpia, los tambores girando con su ruido blanco, una música de fondo que parecía agitar las sábanas a su ritmo, luces y pitidos diversos, una ventana digital que anunciaba el tiempo restante y el momento presente (procesando, lavando, enjuagando…), todo en el más perfecto orden…, y nada por lo que preocuparse: ¡un anticipo del paraíso!
Era todo tan moderno que tuvimos que pagar a través de una aplicación que funcionó a la perfección. De pronto, otro «colado» vino a romper nuestro ensalmo, un señor mayor (bueno, más mayor que yo) que venía a recoger la ropa (¡ya seca!, pues, junto a las cuatro lavadoras, gravitaban grácilmente dos secadoras último modelo). Era un veterano de la colada, que comprendió perfectamente nuestro íntimo momento de inesperado gozo y, tras un guiño de complicidad con el que parecía decirnos ¡qué bien se lee el periódico aquí!, se sentó sin mediar palabra y abrió el anhelado noticiero con una sonrisa de oreja a oreja.
Los treinta minutos que duró la colada nos brindaron, además, la posibilidad de ir a comprar, cogidos de la mano y sin prisas, las cuatro cosas que faltan cada día en vacaciones.
El único ‘pero’ que puso Loles fue el precio. Seis euros por doce kilos y ocho por dieciséis le parecieron caros. A mí, en cambio, me parecieron un regalo: mucho más barato que ir al cine, y en la colada puedes mirar a tu mujer y seguir colado por ella, puedes darle un beso furtivo antes de que aparezca el veterano de turno huyendo de su casa o puedes disfrutar del vaivén de la ropa blanca, cabeceando de un lado al otro del tambor (que aquí está puesto a la altura del ojo humano) y filosofar sobre la vida, como a mí me dio por hacer. En efecto, también la vida nos lleva de un lado a otro, y nos agita a veces sin sentido aparente entre eventos que no controlamos, hasta que, transcurridos los treinta minutos del lavado, si nos disponemos a vivir nuestra vocación de esposo, padre y abuelo con alegría y buen humor, todo se ve de otra manera: con la frescura y el olor a recién lavado. Un buen propósito para estas vacaciones.
¡Feliz verano!
Javier Vidal-Quadras Trías de Bes
Buenas tardes:
Soberbio!
A eso se le llama espíritu positivo!
Ahogar el mal en abundancia de bien…
Gracias y hasta pronto!
Mar
Enviado desde mi iPhone
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Gracias, Mar!! Viniendo de una experta en lavadoras!! 😂
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Sencillamente excepcional. Me ha encantado. Un abrazo
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Muchas gracias, Rocío!
Un abrazo!!
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