Hace unos meses leí un magnífico post de José Fernando Calderero, La mirada que sana (y nos sana), en el que recordaba una escena de la película My Fair Lady. En ella, Eliza Doolittle, la humilde florista que el profesor Higgins quiere convertir en dama, explica por qué el coronel Pickering había influido mucho más en su vida que el profesor. Sus palabras son estas:
«Una de las cosas que he podido aprender es que la diferencia entre una dama y una florista no está en su comportamiento sino en cómo la tratan. Siempre seré una florista para el profesor Higgins porque siempre me ha tratado y me tratará como a una florista. Pero para el coronel Pickering siempre seré una dama porque como a una dama me ha tratado y siempre lo hará así.»
En 1913, año en que Bernard Shaw escribió Pigmalión, la obra en que se basa el musical My fair lady, parecía imposible que una florista pudiera transformarse en una dama. Pero todos acabamos pareciéndonos, en alguna medida, a la mirada con la que somos contemplados.
He recordado esta escena leyendo la encíclica Magnifica Humanitas, de León XIV, sobre la custodia de la persona humana en el tiempo de la inteligencia artificial. Su preocupación de fondo no es la tecnología, sino algo más profundo: que, en un mundo cada vez más eficiente, no olvidemos que ninguna persona puede ser reducida a dato, función, problema o carga.
Uno de los errores que podemos cometer los padres es leer la encíclica en términos socio-políticos o planetarios, lo que puede acabar llevándonos a la crítica, la prevención o la inhibición.
Nosotros, padres, no solemos cambiar el mundo desde los grandes documentos ni desde las grandes decisiones políticas. Nuestro lugar es más pequeño y, quizá por eso, más decisivo: la mesa, el coche, la conversación después de ver una noticia, el comentario espontáneo ante un mendigo, un inmigrante, un anciano torpe, un enfermo, una persona con discapacidad o alguien que nos incomoda.
Ahí educamos la mirada de nuestros hijos. Pueden oírnos hablar de dignidad humana, solidaridad y justicia, que si luego nos oyen referirnos a una persona como “un inútil”, “un desgraciado”, “un pesado”, o “una carga”, aprenderán que hay personas que merecen nombre y otras que solo merecen etiqueta.
Alguien puede pensar que la cosa no va con él porque nunca utilizaría palabras como estas, por lo menos delante de sus hijos. Otro error. No hacen falta las palabras: basta una mirada… o la ausencia de ella.
Nuestros hijos, además de escuchar, ven. Lo ven todo: si miramos al camarero a los ojos, si saludamos al portero, si damos las gracias a quien limpia, si no apartamos la vista del pobre como si fuera parte del mobiliario urbano, si tenemos grados de atención y de respeto según la importancia social de las personas, si las medimos por su éxito, belleza, dinero, inteligencia o utilidad.
No hacen falta las palabras. Con nuestra simple mirada podemos enseñar a nuestros hijos que nadie es solo su pobreza, su enfermedad, su fracaso, su adicción, su vejez o su error. Podemos transmitirles que incluso cuando alguien actúa mal y se equivoca, sigue siendo alguien. Nunca algo.
León XIV nos lo ha recordado una y otra vez en sus recientes discursos de su viaje a España. El coronel Pickering nos muestra un camino sencillo para empezar a ponerlos en práctica: tratar a una florista como una dama.
Quizá no cambiaremos el mundo, pero sí dejaremos en el mundo hijos que sepan mirar con mirada humana a todo lo humano. Y, a veces, una mirada así basta para devolver a alguien la conciencia de su dignidad.
Feliz domingo.
Javier Vidal-Quadras Trias de Bes
Gracias, como siempre, por aterrizar grandes ideales a lo concreto: nuestro día a día.
Esta entrada me ha llevado irremediablemente al prólogo del libro Casi de Jorge Bustos. Allí, citando a Strindberg, se recuerda aquello de que “no hay que apartar la mirada de allí donde es normal apartarla”.
En el contexto del libro, pudiera parecer limitado a los vagabundos. Ahora, llevando eso también a otros ámbitos de nuestro día a día, ¿cuántas veces no preguntamos lo que deberíamos o no extendemos la mano (o ponemos el oído) en el problema del prójimo por comodidad o miedo?
Me alegra mucho leer la reivindicación de la hidalguía visual/verbal porque no es el más claro recuerdo de una verdad inmutable: todos somos igual de dignos y queridos a los ojos de Dios.
¡Que sigamos disfrutando de estas entradas por mucho tiempo!
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Muchas gracias por tu aportación. ¡Cuánto nos queda por aprender!
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pues sí !!!!!! 👏👏👏👏
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Muchas gracias por el comentario!! 😃
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