En la vida podemos cometer muchos errores y, de hecho, lo hacemos a diario. Algunos son fácilmente corregibles. Si te has comprado unos zapatos y no te gustan, los devuelves y ya está. Bueno, a mí me cuesta mucho hacerlo: si es una compra online, porque no me manejo bien con las devoluciones; y si es presencial, porque me sabe mal. Yo creo que las dependientas (que son más intuitivas que los dependientes) lo perciben y me colocan siempre los saldos…, pero a precio de temporada. Por eso siempre le pido a Loles que me acompañe.

Otros errores, como el matrimonio, son más trascendentes: pueden malograr una vida. Más de una vez me han formulado la pregunta que titula este post: ¿y si me equivoco?

La primera vez, me la formuló un joven que había acudido a una sesión mía de un curso prematrimonial: Sí, Javier, todo esto del amor está muy bien, es muy bonito, pero ¿y si me equivoco? Tenía la fecha de boda puesta y le había entrado el vértigo característico de las decisiones importantes. Normal.

El momento de las preguntas es el que más tememos los que hablamos en público y, sin embargo, es el que más nos ayuda porque pone a prueba nuestros argumentos. Normalmente, cuando te pillan desprevenido, das una respuesta acomodaticia, tirando de tus lugares comunes; pero, luego, cuando vuelves a casa, vas dándole vueltas a la pregunta.

Eso me sucedió a mí. Durante un tiempo anduve buscando la respuesta. No era fácil. Hay preguntas que no tienen una respuesta sencilla, y esta es una de ellas. Pero es una pregunta legítima, pertinente y crucial porque de la respuesta que se dé depende la felicidad de muchas personas. A nadie se le oculta que hoy hay miedo al compromiso, al amor para siempre: ¿y si me equivoco?

Al final, como suele suceder con muchos dilemas morales, descubrí que el origen de la dificultad no está en la respuesta, sino en la pregunta misma. Ahora, cuando me la plantean, ya tengo respuesta: “sí, tienes toda la razón, es muy probable que te equivoques; es más, tal como me has formulado la pregunta, estoy casi seguro de que te vas a equivocar, y eso que no conozco a tu novia”, comienzo diciendo.

Este inicio genera ya una cierta incomodidad y algo de expectación. Pero, estoy convencido de ello: la pregunta formulada en singular es un indicio de error. Cuando de amores hablamos, el singular es siempre un error. Si tienes miedo a equivocarte, es que ya lo estás haciendo, porque no estás contando con el otro. Quizá no te has dado cuenta y no estás buscando a alguien a quien amar y con quien compartir un proyecto de vida y de por vida, sino alguien que se adhiera a tu propio proyecto personal. Error: te has equivocado.

En el terreno del amor, uno solo casi siempre se equivoca. Por el contrario, cuando dos afirman y deciden amarse, no hay error posible. Dos que deciden amarse nunca se equivocan. El error surge cuando uno de los dos no lo ha decidido o, en un momento determinado, abandona esa decisión. Si los dos quieren, el acierto está asegurado.

Entonces, cuando alguien me pegunta si puede estar equivocado, mi respuesta es ahora muy sencilla. Hay tres posibilidades, cada una con su grado de probabilidad:

¿Ella (él) te quiere amar para siempre?:

  • ¿Sí?: No te has equivocado.
  • ¿No?: Te has equivocado
  • ¿No está seguro/a?: tienes un alto porcentaje de error.

Cuando, después de un noviazgo en que nos hemos atraído, gustado, divertido, enfadado, perdonado y conocido, nos planteamos casarnos con esa persona, solo queda comprobar una cosa: ¿me quiere amar para siempre?

¿Y cómo se puede saber? Preguntándoselo. Puedes hacerlo en el pináculo de vuestro monumento preferido, en la cima de vuestra montaña más admirada o ante un sacerdote entregado. Simplemente, pregúntaselo: ¿me amarás, respetarás y serás fiel para siempre y pase lo que pase? Y, después, manos a la obra.

Feliz fin de semana.

Javier Vidal-Quadras Trías de Bes

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