Las vacaciones tienen algo de paréntesis. Cambian los horarios, los lugares, las comidas, las conversaciones. Tenemos más tiempo para estar juntos, para improvisar, para observar. Pero llega septiembre y vuelven el despertador, el colegio, el trabajo, los horarios, las actividades, los mensajes pendientes, las prisas. Volvemos a lo de siempre. Y lo de siempre tiene un peligro: que acabemos haciéndolo como siempre.
El ser humano es un ser de costumbres, gracias a Dios, porque sería agotador tener que decidir conscientemente cada mañana cómo lavarnos los dientes, conducir hasta el trabajo o preparar el desayuno. Los hábitos nos facilitan la vida. Nos permiten hacer muchas cosas sin tener que pensarlas.
El problema empieza cuando ese automatismo se traslada también al corazón. Podemos entrar en casa y dar un beso sin besar. Preguntar “qué tal” sin esperar realmente una respuesta. Sentarnos a cenar juntos mientras cada uno sigue habitando en su propio mundo. Podemos decir “te quiero” de la misma manera que decimos “hasta luego”.
Cuando algo sucede todos los días, podemos dejar de descubrir su valor. El beso de esta mañana se parece mucho al de ayer. La conversación durante la cena recuerda otras mil conversaciones. Los niños vuelven a contarnos historias que quizá no nos interesan demasiado. Nuestro marido o nuestra mujer sigue siendo la misma persona que eran ayer.
La manera de combatir la rutina no consiste en intentar que nuestra vida deje de ser rutinaria. Sería imposible y, seguramente, poco deseable. No necesitamos llenar el matrimonio de acontecimientos extraordinarios, cenas románticas o escapadas sorpresa. Necesitamos aprender a vivir extraordinariamente lo ordinario. Poner el corazón en lo que hacemos. Mirar cuando miramos. Escuchar cuando escuchamos. Besar cuando besamos. Estar cuando estamos.
Hay pequeños gestos que pueden ayudarnos: dejar el móvil cuando el otro nos habla; preguntar algo y escuchar la respuesta hasta el final; recibirnos y acogernos al volver a casa; decir alguna vez, sin que haya ningún motivo especial: “Me gusta estar contigo”.
Y hacer lo mismo con nuestros hijos, porque también ellos pueden convertirse, sin querer, en parte del decorado de nuestra vida. Los llevamos, los recogemos, les damos de comer, les preguntamos por los deberes, organizamos sus horarios… y podemos acabar gestionándolos como cualquier otra área de nuestra vida.
Aunque hay otro camino para salir de lo rutinario. San Josemaría lo expresaba así: “El peligro es la rutina: imaginar que en esto, en lo de cada instante, no está Dios, porque ¡es tan sencillo, tan ordinario!”
Rutina no equivale a repetición, sino a automatismo, y el amor verdadero nunca es rutinario: un enamorado puede decir mil veces “te quiero” poniendo el corazón en todas ellas.
Nuestra vida verdadera no acontece durante las vacaciones, ni en los aniversarios, ni en esos momentos excepcionales que fotografiamos. Sucede un miércoles cualquiera, mientras preparamos la cena, recogemos la cocina, leemos un post que no nos dice nada nuevo o damos un beso antes de apagar la luz.
Y es ahí, en eso tan sencillo, tan ordinario, donde, además, nos espera Dios… y Él, si le dejamos entrar, lo hace todo nuevo y maravilloso. En el próximo post os hablaré de una iniciativa que va en esta dirección: ayudar a los matrimonios a romper la rutina a través de la presencia de Dios en sus vidas.
¡Feliz vuelta a la no rutina!
Javier Vidal-Quadras Trias de Bes