“Gracias” es un palabra sencilla y poderosa a la vez que utilizamos a menudo.
Damos las gracias al camarero, al compañero de trabajo, al desconocido que nos cede el paso. Sin embargo, corremos el riesgo de olvidarla precisamente con las personas que más queremos, como si el amor convirtiera en obviedad lo que, en realidad, sigue siendo un regalo inmerecido.
Quizá, el periodo de vacaciones sea una buena ocasión para entrenarse en el arte del agradecimiento. Las vacaciones nos permiten salir del piloto automático. Disponemos de más tiempo para mirar despacio, para conversar sin reloj, para observar todo aquello que durante el año damos por supuesto. Y es entonces cuando podemos advertir que nuestra vida está llena de regalos que pasan desapercibidos, pero que tienen nombre y apellidos.
El primero, nuestra mujer o nuestro marido. Es fácil acostumbrarse a su presencia, a que siempre esté ahí, a que se ocupe de mil detalles invisibles, a que sostenga la familia con una entrega silenciosa que apenas percibimos porque forma parte del paisaje cotidiano.
Agradecer consiste, sobre todo, en volver a descubrir el valor de lo ordinario: gracias por madrugar; gracias por escucharme cuando llego cansada; gracias por organizar unas vacaciones para que todos disfrutemos; gracias por soportar mi mal humor; gracias por seguir creyendo en mí incluso cuando yo dudo de mí mismo.
Dar las gracias con frecuencia ayuda a mantener viva la conciencia de que el otro no es una obligación, sino un regalo.
Lo mismo ocurre con los hijos. Ellos también necesitan experimentar que su presencia es motivo de gratitud y no solo de preocupación o de exigencia. Y, al mismo tiempo, aprender que el agradecimiento no nace espontáneamente: se educa. Los niños aprenden a dar las gracias cuando viven en una casa donde los padres también se las dan entre sí.
Hay, por último, un ámbito especialmente delicado donde el agradecimiento adquiere una profundidad singular: la intimidad conyugal.
En una cultura que con frecuencia reduce la sexualidad al deseo, al placer o al derecho, los esposos están llamados a redescubrirla como un lenguaje del don, como la palabra que con más intensidad expresa nuestra entrega. En cada encuentro íntimo nos entregamos algo que nadie más puede ofrecer: nuestro propio cuerpo como expresión de toda la persona.
Por eso, después de la unión sexual, de cada unión sexual, la palabra más auténtica es también gracias. Gracias por confiar en mí. Gracias por acogerme. Gracias por entregarte con esa vulnerabilidad que solo el amor hace posible. Gracias porque, una vez más, has renovado conmigo el lenguaje mudo de la entrega total.
Cuando desaparece el agradecimiento, el don corre el riesgo de acabar transformándose en costumbre. Y la costumbre termina fácilmente degradándose en rutina o exigencia. El agradecimiento permite recuperar la admiración y la novedad: gracias por hacerte don una vez más, gracias por permitirme descubrir que tú sigues siendo cada día un regalo que he de desenvolver con ilusión, contemplar con admiración y cuidar con delicadeza.
Tal vez, estas vacaciones sean una buena oportunidad para hacer un pequeño propósito: pronunciar más veces y con mayor conciencia esta palabra sencilla y poderosa: gracias.
Feliz fin de semana y gracias por seguir leyéndome.
Javier Vidal-Quadras Trias de Bes
Querido Javier, a resultas de ser pesado, te felicito de corazón y te doy las gracias – como no? – por “Gracias”. Espectacular.
Y eso que por cuestiones de espacio te has quedado cortísimo.
Vivir la vida desde el agradecimiento permanente la hace infinitamente más saludable y entretenida. Que país tan maravilloso sería España si los españoles fuéramos agradecidos. Se dice que nuestro pecado capital es la envidia. Es posible. Para mí que es la falta de agradecimiento.
Vivir en estado de permanentemente agradecimiento es otra cosa, es ver a Dios cara a cara en todo y en todos.
un abrazo enorme y gracias,
Charlie Paternina
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Totalmente de acuerdo, Charlie.
Muchas gracias por tu comentario! Una buena extensión del post!!
Un abrazo.
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