Alguna vez os he hablado de la presunción de inocencia en el matrimonio, que consiste, según Aaron Beck, en pensar: aunque sus acciones estén equivocadas y me haya hecho daño, yo presumo que tiene buenas intenciones y no quiere hacerlo.

Hoy quiero hablar de otra institución jurídica: la cosa juzgada. Simplificando mucho, en el mundo del derecho, consiste en que aquello que ya ha sido juzgado y resuelto por sentencia firme no puede volver a ser objeto de un nuevo juicio. El asunto está cerrado. No podemos pasarnos la vida juzgando una y otra vez los mismos hechos.

Me parece una institución muy apta para ser incorporada a la vida matrimonial.

San Juan de la Cruz, en el comentario a la canción 33 de su Cántico espiritual, escribe unas palabras preciosas sobre la misericordia divina: «Y así, habiéndole quitado una vez este pecado y fealdad, nunca más le da en cara con ella, ni por eso le deja de hacer más mercedes, pues que él no juzga dos veces una cosa».

Dios no juzga dos veces. Una vez perdonada una falta, no vuelve a echárnosla en cara. No la guarda en algún rincón de su memoria para recuperarla cuando volvamos a decepcionarle. No nos recuerda lo que hicimos cuando volvemos a pedirle algo. Sencillamente, nos ha perdonado. Cosa juzgada.

Pero el santo no se queda allí. Dice más cosas.

Explica que, aunque Dios olvide el pecado perdonado y no vuelva nunca a reprocharnos nuestros pecados, es bueno que nosotros, lo que hemos cometido la ofensa, sí los recordemos. No para recrearnos en la culpa, sino para crecer en humildad, agradecimiento y confianza.

El recuerdo de una ofensa puede ayudarnos a conocernos mejor, a comprender nuestras debilidades, a evitar que se repitan determinados errores. Y también puede hacernos más agradecidos por el perdón recibido o concedido. Pero los errores, faltas y ofensas del pasado nunca deberían convertirse en munición para una futura batalla.

Naturalmente, como no somos Dios, nada de esto es automático. Hay heridas profundas que requieren tiempo, reparación y, en ocasiones, ayuda externa. Perdonar no significa fingir que nada ha sucedido, ni recuperar inmediatamente una confianza que ha sido gravemente dañada. La reconciliación tiene sus tiempos y exige el compromiso de ambos.

Pero, una vez que hemos perdonado de verdad, deberíamos ser capaces de cerrar y archivar el expediente sin guardarnos una copia para utilizarla más adelante.

Cada perdón sincero es una pequeña victoria del amor sobre nuestra tendencia a llevar una contabilidad de los agravios. Una oportunidad para volver a empezar sin tener que arrastrar permanentemente el peso de lo que ya pasó.

Quizá, la próxima vez que sintamos la tentación de recuperar una antigua ofensa durante una discusión, podemos recordar las palabras de san Juan de la Cruz: “Dios no juzga dos veces una cosa”. Y decirnos, con una sonrisa, como haría cualquier buen juez ante un asunto definitivamente resuelto: “Lo siento, pero esto ya es cosa juzgada”.

Feliz fin de semana.

Javier Vidal-Quadras Trías de Bes

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