Amor, donación y préstamo

Hace una semana mantuve una entretenida tertulia con un grupo de jóvenes universitarios y salió el tema de la cohabitación previa al matrimonio que traté días atrás en otra entrada (Amor y convivencia). Como una de las tesis que sostengo allí es que el amor precede a la convivencia y la sustenta, siendo esta la que se subordina a aquel, surgió una dificultad conceptual en uno de los asistentes con formación aristotélica.

¿Cómo puede ser que primero tenga que decidir amar y después conviva, si no es posible amar lo que no se conoce?

Me vino a la cabeza, entonces, una de las aproximaciones intelectuales más lúcidas que he leído acerca del noviazgo y las relaciones prematrimoniales. La que desarrolla José Noriega en su libro El Destino del Eros.

En efecto, como mi amigo aristotélico sostenía, no es posible amar lo que no se conoce, y el camino de la virtud pasa de ordinario por la reiteración de hábitos y conductas, por lo que resulta anómalo decidir amar antes de conocer (a pesar de que en otras culturas no occidentales se sigue, a veces, ese camino).

La tarea del noviazgo es, para Noriega, la verificación, pero no la verificación de las rutinas (si baja la tapa del váter y cambia el rollo de papel cuando se termina), que son fáciles de modificar cuando hay determinación, sino la verificación del amor.

Lo primero que hay que verificar es que en los dos se ha producido la misma revelación, vamos en pos de la misma verdad y estamos dispuestos a luchar por ella. Es decir, si me ama como yo entiendo el amor y está dispuesto a hacerlo para siempre. Lo segundo es comprobar que se va dando una concordia en los caminos que vamos a recorrer, sobre todo en los asuntos importantes de nuestra vida (hijos, padres, trabajo, amigos, familias de ambos, prioridades y jerarquías, vida de fe, etc.), lo que requiere largos ratos de diálogo sincero “en el silencio de las pasiones”, como diría Rousseau. Y lo tercero es verificar que ambos hemos sido capaces de ir integrando nuestros dinamismos humanos en el amor: que vamos adquiriendo las virtudes que nos permitirán esa comunión plena de vida que será nuestro matrimonio y aprendemos a recoger nuestras distintas dimensiones personales (sexualidad, afectividad, inteligencia, voluntad, imaginación, memoria) para dirigirlas al amor, a nuestro amor y no a otros.

Se dirá que esta verificación se puede realizar en la convivencia. Y, en efecto, así es. Que la convivencia o cohabitación no tenga la capacidad de asegurar el amor en el futuro no significa que impida verificarlo en el presente. Pero no añade nada esencial, porque lo que se trata de verificar es el amor, una disposición del corazón que se extiende a toda la persona, y no la practicidad de una mejor o peor organización doméstica y de un más lento o rápido acomodo recíproco en la cohabitación o en los tiempos y ritmos del acontecer diario.

No añade nada esencial, decía, pero sí introduce un elemento de especial calado: la relación sexual previa al futuro matrimonio. Es esta, cuando es sincera, una relación sexual honesta, que nace de un contexto afectivo de unión mutua (no hablo aquí de una aventura sexual caprichosa), pero se da en un marco de referencia muy diferente al del matrimonio.

Esta entrega anticipada carece de una voluntad real de donación recíproca. Existe, ciertamente, un acto de entrega mutua, pero está teñido de circunstancialidad. Está circunscrito a la lógica de la experimentación y gozo mutuo porque no es capaz de prometer el tiempo, lo que impide que la entrega sea total. El propio Noriega, a quien estoy siguiendo en este post, afirma que “la persona es también su tiempo”, y la entrega del tiempo introduce una diferencia esencial, la misma que hay entre la donación y el préstamo. En la primera, que incorpora el tiempo, se excluye la posibilidad de reclamar lo dado; en la segunda, que lo excluye, el prestamista se reserva ese derecho a reclamar para sí lo transmitido. De modo que el amado puede preguntar legítimamente: ¿en verdad te entregas o te prestas?

Podríamos decir que la acogida del otro no es total, se introduce una reserva. Por eso, al margen de la experiencia previa de cada uno, solo en el momento en que los novios deciden despojar a las circunstancias del papel rector que les habían concedido en sus vidas y se determinan a tomar ellos las riendas de su futuro con el sí definitivo e incondicionado de su amor, se disponen realmente a abandonar la lógica de la experimentación y entrar en la lógica de la donación, del amor pleno.

Y, aunque pueda haber periodos de ofuscamiento, ese es el camino hacia la felicidad.

Sexo sin amor

Ricardo Yepes utiliza una gráfica expresión para referirse al sexo sin compromiso. Le llama “la sonrisa falsa” porque una sonrisa falsa es un grupo de músculos que se mueven para expresar lo que en verdad no significan.

La entrega de la mera sexualidad sin la entrega de la persona entera comparte esta condición: expresa lo que no significa. Parece querer darlo todo, pero acaba entregando solo una parte. Desde el punto de vista intencional, esta entrega puede ser absolutamente burda y superficial o puede ser sincera y honesta, aunque en ambos casos sea incompleta.

Hace tan solo unas décadas, la entrega más burda de la sexualidad, es decir, la relación meramente genital y corporal, fría, sin mayor pretensión ni afecto alguno, al más puro estilo animal (pero con la sofisticación humana del placer), solía identificarse con la prostitución. Todo el mundo comprendía que era producto de un ansia de satisfacer instintos que conllevaba una degradación de la persona, que se utilizaba como mero instrumento de placer, como mero objeto al servicio del ‘cliente’, pues de la prostituta no se esperaba otra cosa que la entrega del cuerpo. Y de un cuerpo desgajado de la persona, si eso fuera posible. Así se evitaba cualquier riesgo de vínculo emocional que pudiera complicar la cosa al cliente. Era muy importante no enamorarse, ¡y todavía más no amarse! Sin embargo, surgían problemas: costaba dinero y propiciaba la transmisión de ciertas enfermedades asociadas a la promiscuidad.

Hoy el tema se ha perfeccionado y se han resuelto en buena parte estos inconvenientes. Ya no hace falta pagar. Hay aplicaciones que te indican las personas-objeto que están cerca de ti por si quieres utilizarlas un rato. O, todavía mejor, para evitar el engorro de tener que ir buscándolas y reducir el riesgo para la salud, puedes cerrar con alguna de ellas un acuerdo, normalmente verbal, de uso recíproco de cuerpo ajeno. Para que la sonrisa sea totalmente falsa, se utiliza un eufemismo que acaba degradando no solo a la persona sino también la amistad: a ese objeto-persona se le llama follamigo/a. Lo que ya no sé es si se puede incluir una cláusula de exclusividad para reducir aún más el riesgo de padecer enfermedades de transmisión sexual.

Uno de los rasgos más destacados de la sexualidad humana es que tiende a la unión personal y la genera. El follamigo o follamiga de turno está probablemente convencido de que ese sexo desinhibido es un juego inocuo e inocente. No se da cuenta de que la relación sexual tiene, en la persona humana, lo que podríamos llamar ‘razón de amor’ y es una fuerza unitiva muy potente. Unir está en su naturaleza. Es lo suyo.

Uno de los problemas de entregar la sexualidad de esta manera tan trivial es que ese efecto de unión se sigue produciendo, aunque los follamigos no quieran verlo. Pero, claro, como se ha anulado la persona y solo se busca el placer que provoca su cuerpo, el efecto de unión se produce solo con los genitales, no se eleva al nivel de la persona. Y ya se sabe que todos los genitales ‘despersonalizados’ son igual de eficaces en lo que a generación de placer se refiere. Son sustituibles.

La consecuencia es que quienes acceden a este tipo de relación no se aperciben de que, con cada una de ellas, se van vaciando por dentro. Algo de su interior se escapa en cada encuentro y va hipotecando su capacidad de amar en el futuro. Además, de tanto tratarse a sí mismos como objetos, acaban contemplando a los demás como instrumentos de su propio placer y se alejan del ideal de amor: querer el bien del otro en cuanto otro y no en cuanto instrumento de mi propia felicidad.

A veces escandaliza la profusión de la pornografía. He aquí una de las razones de su existencia. La unión de la persona con una persona-objeto no es capaz de colmar los altos anhelos del corazón humano. No es suficiente. Y acaba sucediendo lo mismo que pasa con los objetos de verdad —el dinero, los móviles, los coches, las casas, los vestidos o los relojes—: que siempre queremos más y mejor, y vamos en pos de la última versión, de la experiencia nueva, de la más moderna sofisticación…, hasta generar una adicción.

Solo la persona entera, con exclusión de toda reserva, con todo su cuerpo y sus afectos y su voluntad y su inteligencia, con todo su presente y todo su futuro, con toda la profundidad de su ser insondable es capaz de colmar esas altas aspiraciones del alma humana.

Claro que para una entrega de esta naturaleza hace falta algo que hoy es difícil de encontrar: una libertad soberana. Solo un ser soberanamente libre es capaz de casarse. Pero de esto hablaremos otro día.

¡Gracias! Ahora puedes comprobar tu correo electrónico para confirmar la suscripción.

Amor y compromiso

En la última entrada hablé de la incapacidad de la convivencia para contrastar el amor. Y ya avancé que, por razones de espacio, dejaba muchos aspectos de la cuestión en el tintero para futuras ocasiones, aspectos que, dado el interés que el tema suscita, voy a ir abordando en esta y sucesivas entradas.

Una pregunta que enseguida viene a la mente es qué diferencia hay entre convivir estando casado y no estándolo. Aparentemente, todo es igual. Si no es porque se lo dicen, nadie podría distinguir una pareja que convive more uxorio (según la costumbre de los casados) sin estarlo de otra que convive estando casada. ¿No hacen ambas lo mismo? ¿No se quieren y están igual de enamoradas? ¿A qué este empeño en comprometerse?

Y, en efecto, mecánica y externamente, todo es igual. A mí me sucede algo parecido con mi cuñado. Los dos tenemos una edad parecida. Los dos salimos a correr varias veces a la semana. Mecánica y externamente, los dos damos las mismas zancadas y movemos los mismos músculos. Pero él es capaz de correr maratones y yo no.

¿Cuál es la diferencia? El compromiso. Él se ha comprometido consigo mismo —y con los demás, que también lo saben— a correr una maratón. Yo, no. Por eso, sus zancadas no son exactamente las mismas que las mías. Son más comprometidas, más entregadas, si se me permite hablar así de una zancada. Tienen otra proyección. Responden a un entrenamiento específico, a unos tiempos, a unos ritmos, a unas frecuencias orientadas a una meta: poder correr la distancia del maratón en un tiempo determinado. Mientras corre, su mente está concentrada en lograr el objetivo, la mía divaga en mil ocupaciones. Y, cuando no corre, su inconsciente también tiene presente esa meta que se ha propuesto, de modo que mantiene su cuerpo y su mente dispuestos para lograrla. Mi inconsciente, en cambio, sigue siendo tal, no recibe ningún estímulo que le recuerde reto ni objetivo algunos en lo que a correr se trata.

Los besos, las llamadas, la distribución de los tiempos y tareas domésticas, la gestión del ocio, las decisiones logísticas y profesionales, la organización del deporte, la relación con nuestros compañeros de trabajo, las copas con nuestros amigos, hasta las oraciones…, toda nuestra vida se proyecta de manera diferente según hayamos prometido un amor para siempre o no.

Los actos y gestos del amor parecen iguales, y lo son externamente, pero contienen un significado y un alcance muy distintos. Si de verdad hemos decidido amar sin condiciones, cada vez que besamos, fregamos, hacemos la cama, llevamos al niño al cole, acabamos el informe, cogemos la raqueta, bebemos una cerveza con un amigo, chateamos o rezamos, aunque no lo percibamos, estamos preparando nuestro músculo personal para poder correr la maratón del amor sin retorno. Tenemos la convicción —tantas veces inconsciente en el momento— de que esos actos ya no son solo nuestros, sino que forman parte de un proyecto nuevo que no es ya de cada uno, sino que nos pertenece a los dos, al matrimonio.

Tomás Melendo lo expresa con palabras más precisas: el sí incondicionado y para siempre “me capacita para amar”, afirma. Me sitúa, podríamos decir, en un nivel de predisposición, de preparación —forma física, emocional, volitiva y mental— que difícilmente alcanzaré sin una «determinada determinación» (según expresión de santa Teresa) de amar para siempre. Es como el valor para tirarse en paracaídas. Puedo intentar entrenarme para adquirirlo, pero llega un momento, el momento de la verdad, en que todo depende de la decisión, de la voluntad: salto o no salto. Si salto, tengo el valor; si no salto, no lo tengo. Si salto, no hay vuelta atrás. No tiene sentido mirar arriba como queriendo volver y recuperar la seguridad perdida del avión, he de concentrarme en el futuro, que me abre un nuevo horizonte de libertad, de nuevas sensaciones y experiencias que formarán ya parte de mí para siempre. Y es que, como explica Melendo, hay grados de virtud que no se alcanzan mediante la repetición de actos, sino con una determinación irrevocable en un momento preciso.

Cuando me he comprometido para siempre, me hago capaz de amar porque sitúo al otro, al amado, en el centro de la relación y contemplo a esta, la relación, como término y meta de mi vida. Naturalmente, la decisión me capacita, pero no me asegura el éxito; después, he de trabajarla durante toda la vida, haciéndome experto en amores, que en esto del amor no puede uno despistarse, pues la cabra tira siempre al monte como el ‘yo’ tira siempre a sí mismo.

¡Gracias! Ahora puedes comprobar tu correo electrónico para confirmar la suscripción.

Amor y convivencia

Hace unos días me tocó moderar una sesión de debate con jóvenes profesionales solteros sobre la conveniencia o no de cohabitar antes de casarse cuando se hace con la buena intención de asegurar el éxito de un matrimonio que se piensa y se quiere para siempre.

El debate fue rico en argumentos y posturas, y fueron surgiendo varias ideas que, naturalmente, no puedo concentrar en la extensión de un post como este. Se barajaron argumentos de gran calado con otros de tipo más práctico, pero una conclusión se fue asentando a medida que la sesión avanzaba: no es posible. Con independencia de las razones de mayor fundamento antropológico, de las que me ocuparé en otra ocasión, se fue comprendiendo que la ‘prueba’ del amor a través de la convivencia no es humanamente posible.

¿De dónde procede la imposibilidad? Digamos que concurren, cuando menos, tres tipos de impedimentos: ontológico, cronológico y lógico.

La ‘imposibilidad ontológica’ consiste en una evidencia de tal calibre que no requiere demostración alguna: las personas no se prueban como quien prueba un electrodoméstico. Nadie lo discutió. Las personas se aceptan tal como son, y como serán, en el grado de amor que a cada una corresponde (al cliente como cliente, al amigo como amigo, al hijo como hijo, al amado como amado), pero no se prueban.

No obstante, quedaba por demostrar que tampoco la relación de amor se puede probar. Y ahí surgió el otro obstáculo: la que he llamado ‘imposibilidad cronológica’. Y es que no es posible probar una relación de futuro en función de una relación de presente. El ser humano es dinámico, -proyectivo, diría Julián Marías- y evoluciona con el tiempo. También las circunstancias que le rodean cambian. Hay matrimonios que se separan a los pocos años sin otra razón que esa evolución propia de la persona humana: ‘es que ha cambiado mucho’, afirman con sorpresa, como si el cambio y el movimiento no formaran parte de nuestras vidas. El problema no es tanto el cambio (nadie se casa con una silla o con una piedra, aunque, a veces, algunos puedan parecerlo), como el no haber estado atento a él.

En cualquier caso, esta realidad incontestable de que vamos transformándonos y avanzando en nuestra trayectoria personal con matices diversos nos indica que la prueba del amor no es posible. ¿Cuándo acaba la prueba? Porque la convivencia que surge del amor no es la misma con trabajo que sin trabajo, a los 30 que a los 60, sano que enfermo, gordo que flaco, con dinero que sin dinero. Ni siquiera la de hoy asegura la de mañana, cuando él o ella pueden caer en una profunda depresión que alterará toda nuestra dinámica vital.

Algunas parejas deciden casarse al cabo de un tiempo, cuando ya se han convencido de que la cosa funciona, porque han decidido tener un hijo y quieren darle más estabilidad familiar. Es decir, han probado todo menos lo que les mueve a casarse. O sea, la prueba no ha servido de nada, porque, cuando el hijo nazca, e incluso antes, su vida va a dar un vuelco de tal naturaleza que ninguna convivencia previa es capaz de anticipar. Para que esa convivencia nos aportara algo significativo sobre lo que asentar nuestro amor, si queremos que este sea para siempre, tendríamos que estar toda la vida probando, es decir, amando. No, el amor matrimonial no puede probarse.

Y la tercera ‘imposibilidad’ es la lógica, que también podemos llamar ‘inversión de los términos’ porque consiste, precisamente, en una subversión de la relación entre el amor y la convivencia. Quien prueba la convivencia para poder decidir si va a amar para siempre subordina el amor a la convivencia, cuando la ecuación es la contraria: ¡es la convivencia la que ha de subordinarse al amor! Es la capacidad de amar la que permitirá convivir y no la capacidad de convivencia la que permitirá amar. «Como te amo, podré convivir contigo porque, entonces, tú serás la importante y yo lucharé por acercarme a ti, como sé que tú lo harás por adaptarte a mí». Así conviven y han convivido siempre todos los amantes que han existido en la historia de la Humanidad: los padres y los hijos y los hermanos y los abuelos… y hasta los monjes de una comunidad religiosa. Porque se aman, pueden convivir. Se da en la convivencia a modo de prueba una fuerte paradoja: el amor romántico se acaba subordinando a los aspectos más prácticos y materiales.

De la entrega de la intimidad corporal sin la entrega definitiva de la intimidad personal hablaremos otro día.

¡Gracias! Ahora puedes comprobar tu correo electrónico para confirmar la suscripción.

Proyecto de 2 (y más…)

Como el título de esta entrada (que tomo prestado del blog homónimo y muy recomendable de Pilar Velilla Flores) sugiere, una de las grandes ventajas del matrimonio en relación con la educación de los hijos es que somos dos. Esta afirmación parece una perogrullada, pero si uno la analiza con atención, no lo es tanto. Como todas las cualidades, esta de la dualidad puede corromperse y acabar siendo una caricatura de sí misma, lo que se produce cuando uno de los dos hace dejación de su compromiso familiar y se inhibe de la dirección y gestión de lo doméstico. En ese caso, la ventaja degenera en desventaja, lo que era ganancia se transforma en pérdida y amenaza con provocar un grave quebranto para los hijos. Como afirmaba Tomás de Aquino, corruptio optimi, pessima (la corrupción de los mejores -y de lo mejor- es lo peor). Trataré hoy solo dos aspectos que me parecen evidentes.

La primera consecuencia de la dualidad matrimonial (para que nadie se llame a engaño, hablo del matrimonio como unión entre un hombre y una mujer) es la diferencia sexual. Nuestros hijos aprenden de manera espontánea y vivencial, sin necesidad de grandes discursos argumentales, que su padre y su madre no son cada uno de ellos una totalidad, sino una polaridad sexual, que se han necesitado mutua y complementariamente para generar la vida que él ha recibido. Esta experiencia genera una sabiduría prudencial en nuestros hijos que amortigua el embate continuo del constructo intelectual de la ideología de género radical y su confusión entre identidades sexuales.

Ahora bien, la premisa para que esto se produzca de manera efectiva es la presencia de los padres, del padre y de la madre, porque su ausencia dificulta y enturbia la asimilación por parte del hijo de la diferencia de roles y de modelos masculino y femenino. Nuestros hijos necesitan tener bien cerca, de manera palpable, cognoscible e imitable, un modelo de varón y un modelo de mujer ante quienes contrastar las indiferenciadas propuestas andróginas que les ofrece (hoy, más bien, impone) la sociedad. Y esto es particularmente importante en la preadolescencia y la adolescencia, períodos en que van afirmando su identidad sexual, e incluso antes.

La segunda cualidad matrimonial que quería comentar es la diferencia de estilos mentales y afectivos. A nadie se le escapa que una de las grandes riquezas del matrimonio es la suma de dos personalidades, que no es una suma aritmética sino más bien una progresión geométrica. En efecto, no vamos al matrimonio a anular sino a sumar personalidades. “Si mi marido se anula, ¿qué me queda para amar?”, se pregunta Marta Brancatisano en “La Gran Aventura”. Es fácil que venga a la memoria el recuerdo de algún genio universal que, llegada la vejez y después de haber anulado por completo la personalidad de una mujer consagrada generosamente a su admirado esposo, henchido de su enorme ego, se olvida de ella y se va con otra que le alegre la vejez.

No es este el camino. Al contrario, interesa que cada cónyuge crezca como persona todo lo que sea capaz con la ayuda del otro, porque ese crecimiento mutuo es lo que enriquece al matrimonio, aunque implique un mayor esfuerzo en la construcción del espacio común y personal.

Pero lo que ahora me interesa destacar es que nuestros hijos también tienen derecho a ese crecimiento en equilibrio de la personalidad de su padre y de su madre. Y no solo al crecimiento, sino a su implicación, más aún, a su compromiso en la dirección y gestión de la familia y de lo familiar (no hace falta recordar aquello del plato de huevos con chorizo, en el que la gallina se ha implicado, pero el cerdo…, el cerdo en verdad se ha comprometido).

Cada uno de nosotros tenemos nuestro estilo afectivo y mental, y nuestros hijos tienen derecho -¡sí, derecho!- a que ambos estilos, el de su padre y el de su madre, se hagan presentes en condiciones de igualdad, con la misma fuerza e intensidad. Es evidente que algunos hijos se parecerán más al padre y otros más a la madre, ya sea en los ritmos, en los afectos, en las capacidades, en las tendencias o en cualquier otro aspecto de la personalidad.

Pues bien, si uno de los padres se inhibe y no se corresponsabiliza en el establecimiento de los criterios, pautas, límites, instrucciones, modos de actuación, actitudes, etc., que han de regir su familia, habrá un grupo de hijos, los que más se parezcan a ese progenitor, que siempre irán a contracorriente, mientras que el resto, los más parecidos al progenitor que lleva la batuta, irán siempre a favor de la corriente. Unos tenderán a estar más incómodos con el funcionamiento de la familia, mientras que los otros estarán en su salsa. Los más bohemios disfrutarán cuando dirija el progenitor más flexible, mientras que los más disciplinados descansarán con el programa metódico del otro progenitor.

Se mire por donde se mire, la conclusión es siempre la misma, la del título del blog de mi amiga Pilar: es un proyecto para 2 (¡y mucho más!…).

¡Gracias! Ahora puedes comprobar tu correo electrónico para confirmar la suscripción.

Tácticas de amor

En el último post introduje el tema de la educación sentimental, afirmando que hemos de lograr que nuestros hijos (y nosotros mismos) lleguen a sentir la verdad: lo bueno como bueno y lo malo como malo, para que su propio organismo afectivo les ayude a actuar y reaccionar adecuadamente ante la realidad que les circunda. Esta semana he coincidido con Marisa, una buena amiga mexicana, quien, apenas saludarnos, me inquirió: Javier, leí tu último post y estoy muy de acuerdo…, pero, ¿cómo hacerlo? ¡Dame algún tip!”.  Lo primero que hice fue remitirle a Loles, mi mujer, porque, como saben bien los que me conocen de verdad, mi papel consiste muchas veces en elaborar las teorías que ella antes ha puesto en práctica.

¡Ojalá existiera una receta! Ahora mismo la copiaba de donde fuera y la daba a conocer a todos los lectores de este blog, pero me temo que, como enseña Gregorio Luri, “no hay soluciones técnicas para las cuestiones humanas”.

Sin embargo, pienso que sí se pueden enunciar algunos principios que ayuden a desarrollar las ‘estrategias de amor’ (virtudes) de que hablaba en mi anterior entrada en un nivel más táctico, que proporcione herramientas para la educación de los sentimientos. Naturalmente, cada uno tendrá que concretarlos según su propia circunstancia. Veamos algunos.

Principio biográfico. Me parece que es importante hacer un esfuerzo por generar una rica y atractiva biografía familiar, un acervo de tradiciones propias, eventos, anécdotas, experiencias familiares que creen un perfil propio con el que nuestros hijos se puedan sentir identificados. Afirma Julián Marías que “no se piensa con el cerebro, sino con la vida, con la vida biográfica”. Y es bueno que nuestros hijos se identifiquen con una manera de ser, la de nuestra familia, que les irá configurando también afectivamente. Así, cuando regresen de la adolescencia (en algún momento entre los 30 y los 50 años, siento no poder ser más preciso), un buen día se reencontrarán con lo que en verdad son y redescubrirán aquellas virtudes que en mala hora abandonaron. Es el efecto ‘magdalena de Proust’, hoy más conocido como efecto Ratatouille.

Principio de realidad: nuestros hijos tienen que aprender en casa que las cosas son como son y no se pliegan siempre a su capricho, que existe una realidad fuera de ellos que tiene su propia entidad que hay que respetar. Que los otros existen y son como son, verdaderamente otros, resistentes, reales y diferentes a uno mismo. Y que muchas veces serán ellos los que tengan que adaptarse a la realidad y no esta a su arbitrio. En términos más prácticos: que si tienen un problema que pueden resolver ellos, no se lo resolvemos nosotros; si se atascan en el triciclo, nos limitamos a ver cómo se desatascan; si se olvidan el bocadillo, no se lo llevamos a la escuela; si se van sin jersey, pasan frío; si llegan tarde, no juegan el partido y no llamamos al entrenador para excusarles; si no trabajan a cierta edad, tienen poco dinero; si hay un funeral, se alteran los planes; si el abuelo está en la clínica o necesita compañía, también se modifican los planes personales, porque se le va a ver cuando a él le conviene, no cuando a nosotros nos va bien. Naturalmente, que nadie se escandalice, caben las excepciones, que somos una familia, no un ejército. Creo que se entiende el mensaje, es muy sencillo de expresar: “hijo, hija, tú no eres el ombligo del mundo”.

Principio de proporción: los acontecimientos y sucesos tienen distinto valor, y los sentimientos que generan son cuestionables. Su pequeña contradicción no tiene el mismo peso que el dolor ajeno; la muerte del gato es triste, pero no es comparable con el dolor de un atentado terrorista; se puede ir al cole con un dolor de cabeza y sonreír durante una mala digestión; el desplante de una amiga no tiene porqué proyectarse a la familia, como el enfado con un hijo no autoriza a deteriorar a la relación con nuestro cónyuge. Como escribí en otro post, mi hermano pequeño, que es monje mendicante, me dijo una vez: “el pobre vive en lo profundo de la vida”, es decir, sus decisiones diarias tienen tal calado que pueden afectar de manera seria e irrevocable a su vida, a su salud o a otros bienes auténticos. Lo contrario que suele suceder a nuestros hijos (y a nosotros mismos), que vivimos demasiadas veces en la superficie de la vida, inmersos en decisiones y eventos frívolos e insustanciales. Creo que es un buen consejo este de llevar a nuestros hijos, de vez en cuando, física y no solo espiritualmente, a lo profundo de la vida, a la pobreza y la precariedad, para que vean otra realidad.

Principio de emulación. Afirma Romano Guardini que “el factor más eficaz para educar es cómo es el educador; el segundo, lo que hace; el tercero, lo que dice”. Nuestros hijos, de pequeños, copian lo que hacemos, pero muy pronto acaban viendo lo que somos. No hace falta decir nada más.

Principio de buen humor. La mejor manera de ‘atemperar’ los sentimientos de nuestros hijos, es decir, de ayudarles a desarrollar un buen temperamento, de manera que logren adaptar sus sentimientos a la realidad, es reírnos mucho de nosotros mismos, de nuestros errores y desaciertos, de nuestras emociones a veces tontas y egoístas… y también, con delicadeza, pero con realismo, y siempre junto con ellos, de las suyas.

Y, como siempre, ¡mucho ánimo!

¡Gracias! Ahora puedes comprobar tu correo electrónico para confirmar la suscripción.

Estrategias de amor

C.S. Lewis, el autor de “Las Crónicas de Narnia”, entre sus muchas obras, escribió un opúsculo denominado “La Abolición del Hombre” en el que afirma: “sin la ayuda de sentimientos orientados, el intelecto es débil frente al organismo animal. Yo jugaría antes a las cartas con un hombre escéptico respecto a la ética pero educado en la creencia de que “un caballero no hace trampas” que con un intachable filósofo moral que haya sido educado entre estafadores. En medio de una guerra no serán los silogismos los que mantendrán firmes los nervios y los músculos tras tres horas de bombardeo. El sentimentalismo más burdo hacia una bandera, un país o un regimiento sería más útil”.

En otras palabras, ya podemos esforzarnos los padres en transmitir a nuestros hijos las más grandes y bellas verdades o los más altos principios, que si no les hemos enseñado a “sentir” —así: sentir—  agrado y simpatía por lo que “en verdad” y no “en apetencia” es bueno y verdadero, y disgusto y repulsa por aquello que, también “realmente”, es malo o falso, todos nuestros esfuerzos pueden ser en vano. Si sus sentimientos no han sido educados parejamente a su entendimiento y, por el contrario, han campado arbitraria y caprichosamente por sus anchas, serán incapaces de hacer suyas esas verdades porque, aunque quieran, no podrán ni sabrán vivirlas y sentirlas como propias.

¿Y cómo se educan los sentimientos? Me temo que no hay otro camino que el de la virtud, la adquisición de hábitos buenos.

Ahora bien, la virtud tiene dos aspectos inseparables: uno es el hábito. El sentimiento necesita un cierto acostumbramiento para hacer suya una acción. Por ejemplo, yo, a los 15 años, estaba acostumbrado a decir palabrotas, me sentía natural diciéndolas y parecía que formaban parte de mi configuración personal. Sin embargo, con el tiempo y cierto esfuerzo, fui abandonando esa manera de hablar adolescente y hoy me resulta extraña; más bien he de forzarme para decirlas, salvo alguna que surge espontáneamente en momentos puntuales.

Toda virtud requiere, pues, entrenamiento. Pero ese entrenamiento, ese hábito adquirido no se transformará en virtud (he aquí el otro aspecto) hasta que se dirija al amor. Si todo mi esfuerzo por hablar educadamente hubiera tenido como única finalidad ascender socialmente o poder adular a quienes pueden favorecerme, pongo por caso, habría quedado en mera perfección técnica egoísta, y no sería virtud propiamente dicha. Por eso, Paul J. Wadell define a las virtudes como “estrategias de amor”. Son estrategia, técnica, entrenamiento, pero dirigidas al amor. Si no, se desvirtúan (nunca mejor dicho).

Por eso, al educar los sentimientos de nuestros hijos, es importante que vayan asimilando ciertas acciones para integrarlas en su configuración sentimental, que las perciban como suyas, como propias de su organismo a fuerza de repetirlas. Pero más lo es aún que sepan ver en su entorno un destino atractivo al que dirigir esas competencias que van adquiriendo. En otras palabras, que descubran la verdad y el bien rodeados de belleza, para poder seguirlos con esos hábitos que han ido desarrollando.

Por ejemplo, si usted quiere que su hijo llegue algún día a amar a una persona para siempre, comience por ayudarle a poner las últimas piedras en lo que haga, a terminarse la manzana que no le gusta, a prestar servicios a la familia, para que comprenda, a golpe de esfuerzo personal, que hay una realidad fuera de él que no se transforma según su capricho, que un alimento no es un desecho ni una persona un instrumento, que el amor es muchas veces esforzado y que él no es el centro del universo.

Pero, al mismo tiempo, muéstrele la belleza, la verdad y el bien que hay en el matrimonio para que pueda enamorarse de él. Muéstrele la cara amable de su propio matrimonio: la preferencia que tiene siempre su esposa sobre su trabajo, sus amigos, sus aficiones ¡o sus propios hijos!, el beso especial que reserva para ella, los detalles que le prepara, las galanterías que le brinda, la atención que le procura, el roce, el cariño, los abrazos, el entrelazar de manos, el sentarse juntos, la alegría de su vida matrimonial.

Si no, aunque, con el correr de los años, sea capaz de entender con la inteligencia que el amor para siempre es el ámbito privilegiado de la felicidad, su voluntad no será capaz de preservarlo y su sentimiento, que tantas veces es la prolongación de la voluntad, no percibirá una atracción suficiente que le impulse.

¡Gracias! Ahora puedes comprobar tu correo electrónico para confirmar la suscripción.

 

José

La vida te hace a veces regalos inesperados. Yo acabo de vivir uno de ellos: un viaje a Tierra Santa. No puedo verter aquí todas las impresiones, fuertes, que me ha dejado, pero, teniendo en cuenta los días especiales en que estamos y la temática familiar de este blog, sí me gustaría reflexionar brevemente sobre una de las figuras de aquel primer pesebre: San José.

Tuve la ocasión de estar en Belén, Nazaret, Cafarnaúm…, lugares donde la evocación de José, aquel varón de la tribu de David, originaria de Belén, estaba humildemente presente.

Siempre me han atraído las películas en que una persona ordinaria, del montón, como usted y como yo, se encuentra de pronto, sin quererlo ni beberlo, inmerso en una aventura planetaria y va tomando conciencia de que de él depende el futuro de la humanidad. Ése es San José.

Un buen día se entera de que su novia es, en realidad, la madre de Dios y, claro, el hijo que espera, que, por cierto, no es suyo, es Dios mismo. Y hace lo mismo que todos los héroes inesperados de las películas. Se da la vuelta. “Mira, María, yo te quiero mucho, pero… esto es demasiado. No es que no te crea, eres el amor de mi vida y confío más en ti que en todos los notarios del mundo, pero no me veo preparado. Mejor que lo dejemos correr”.

Y no es de extrañar. Al margen de lo increíble de la historia, es una complicación espectacular. Todos los planes, al traste. Una vida nueva. ¿Y qué se supone que he de hacer yo?… ¡Uf! Olvídalo. Esto no es para mí, un simple carpintero… Y se va.

Pero, de repente, le da un ataque de realismo, provocado por un sueño angélico, y se mete en el misterio. Suena a paradoja, pero así es: el misterio es hiperrealismo, una medida sobreabundante de verdad, según la definición de Guardini. Una verdad que no alcanzamos a entender pero que se nos hace evidente, por encima de nuestra capacidad de intelección.

El episodio de la concepción de Jesús da mucho más juego, pero me parece que, por hoy y en vísperas de Navidad, con lo dicho es suficiente para extraer dos claras consecuencias que pueden ayudarnos en nuestra vida matrimonial y familiar.

La primera. Nosotros (me refiero ahora a los maridos) también somos como ese héroe anodino que, de pronto, se encuentra con un destino que le excede: amar y cuidar a su mujer y a sus hijos, consciente de que ellos son mucho más valiosos que él. Sabiendo que sus vidas y sus personas han de convertirse en el centro de gravedad de su amor y que él importa poco porque, como le sucedió a José en la Sagrada Familia, entre la madre de Dios, Dios mismo y él, él era el menos importante. Partir de esta premisa de humildad personal es fundamental para no confundir el matrimonio y la familia con una extensión de nuestros proyectos y deseos personales y ponerse al servicio de algo mucho más grande que nosotros mismos.

La segunda. Aceptado el misterio, y nuestra mujer, como toda persona, tiene una parte de misterio que es inútil empeñarse en resolver (se resuelven los enigmas, no los misterios), llega el momento de la lealtad. Te creo porque tú lo dices. Estaré siempre a tu lado, pase lo que pase, y tenga a quien tenga enfrente. Tomaré partido por ti en toda ocasión, te defenderé frente a los demás. Nunca te criticaré, menos aún en público, ni haré uso de la ironía o el sarcasmo en nuestra relación.

Humildad, misterio y lealtad, solo tres de las muchas lecciones que estos días podemos aprender ante el Belén. De nuevo, ¡feliz Navidad!

¡Gracias! Ahora puedes comprobar tu correo electrónico para confirmar la suscripción.