El fin de semana pasado fui a un curso de retiro. Tuvo lugar en una casa cerca de Barcelona, a unos 20 kilómetros, en una población llamada Premiá. Ahí nos encontramos una treintena de hombres para dedicar un fin de semana más intenso a Dios.
Hubo meditaciones y charlas muy interesantes, y ratos largos de oración y reflexión personal en el oratorio, la sala de estar o paseando por el jardín. Desde el primer momento, nos insistieron en que el más importante estaba encerrado en una cajita, el Sagrario, y ante Él nos emplazábamos una y otra vez para distintas actividades. Ahí pasé largas horas, algunos ratos simplemente estando. Como nos dijo el sacerdote recordando una imagen del papa Francisco, la acción de Dios es como el bronceado: tú te expones a Él y lo demás no tiene ya mucha importancia. Puedes experimentar intensos afectos, tener una sequedad grande o dormirte, que Dios, al igual que el sol, te va bronceando.
Pero yo no quería hablar hoy del Sagrario, sino del comedor y de todo lo que se esconde detrás de él. He ido a muchos retiros, pero en este experimenté una especie de toma de conciencia de algo que, en realidad, me habían explicado muchas veces. Todo empezó con una sonrisa…
