Purificar la memoria

‘Purificar la memoria’ es una feliz expresión de Jutta Burggraf y un proceso fundamental para ser feliz. Una mala memoria puede ser una buena aliada de la felicidad, sobre todo si olvida lo negativo, cosa que no es fácil porque los sucesos negativos suelen tener más impacto que los positivos.

La memoria es una facultad humana en ciertos aspectos incontrolable. Con entrenamiento se puede incrementar la capacidad de recordar, pero mas difícil es mejorar la capacidad de olvidar. ¡Qué útil sería poder borrar de la memoria selectivamente aquello que nos hace daño, nos entristece, nos deprime, nos irrita o nos sulfura! Si no recordáramos las ofensas, no haría falta perdonar, no experimentaríamos sed de venganza; si olvidáramos nuestros grandes defectos, impotencias y debilidades, si se esfumaran las humillaciones del pasado, evitaríamos muchas de las pequeñas o grandes depresiones que nos acechan cada día.

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Manías

Esta mañana he tenido una doble sorpresa. He entrado en la cocina y me he encontrado con el último hijo adolescente que nos queda (¡Ay, Dios, qué haremos cuando crezca!) desayunando en el sitio en el que me suelo sentar yo. La primera y mayor sorpresa ha sido verle ahí. Normalmente, sus mañanas son trepidantes (sobre todo para sus padres) y suele salir corriendo con una madalena en la boca. He tenido que salir y volver a entrar para asegurarme de que no era una visión. Y no: era él. Su hermana mayor, que compartía desayuno, me lo ha confirmado. La segunda sorpresa, y la que más me ha hecho pensar, es que ocupara mi (¡¿mi?!) lugar.

Una de mis batallas, que aconsejo librar a todo el mundo, casados y solteros, es la de las manías, que son como lapas que se van adhiriendo a nuestra vida y cuesta mucho despegar. Es verdad que el ser humano es un animal de costumbres, pero… ¡es tan fácil que las costumbres degeneren en manías y estas se degraden en adicciones!

Mi tesis es que, de vez en cuando, hay que cuestionar algunas reglas y conveniencias sociales y poner en tela de juicio alguna rutina instalada con demasiada fuerza en nuestras vidas. Estoy hablando de aspectos muy superficiales, que ni siquiera forman (o no deberían formar) parte de nuestra personalidad: ‘mi’ sillón, ‘mi’ cerveza, ‘mi’ tiempo de Instagram, ‘mi’ deporte, ciertas sucesiones de actos casi litúrgicas, el menú del desayuno…, cada uno sabrá.

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Por qué creo

“Un día mágico para los niños” será una de las frases más repetidas hoy. Y, ciertamente, lo es. Pero a mí me ha dado por pensar en los mayores…, en mí. ¿Es un día mágico también para mí? Los Reyes Magos escenifican la manifestación de Dios a los hombres. Y me han inspirado una pregunta y un reto. La pregunta: ¿por qué creo? El reto: contestarme en un post.

Muchas veces, hablando de la fe con amigos y familiares, surge la tesis de que cada uno cree según el lugar en que ha nacido, la educación que ha recibido, las costumbres vividas, de modo que la fe, cuando se tiene, sería un efecto geográfico, biográfico o social. Y las conversiones o deserciones, una anomalía de espíritus particularmente libres que escaparían a la presión ambiental.

Claro que, según esta tesis, ninguna religión ni creencia debería haber tenido la fuerza de extenderse en territorios y culturas diferentes de las suyas propias. En fin, es un debate interesante en el que habría que analizar múltiples factores y huir de maximalismos.

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Shopper assistant

El año pasado por estas fechas narré mis experiencias como experto en hacer colas en los grandes almacenes (Colas). La verdad, yo ya estaba contento con mi especialización y grado de responsabilidad, pero mi mujer apreció tan buena disposición en mí que me ha ascendido. Este año he sido family shopper assistant. Y también he aprendido mucho.

Si el mayor aprendizaje del año pasado fue la paciencia, este año he trabajado especialmente la virtud de la obediencia. Y no una obediencia cualquiera. Recuerdo haber leído en uno de sus libros una tesis interesante de Leonardo Polo: el que sabe obedecer acaba decidiendo lo que le mandan. Tiene su lógica: si obedeces bien, e inteligentemente, ya no te vuelven a mandar lo mismo porque ya sale de ti, de modo que tú vas decidiendo qué es lo que quieres que te manden. Si he de ser sincero, a mí no me sale muy bien. Me encanta obedecer, pero a veces no es tan fácil.

Cuando estás en modo shopper assistant te surgen dilemas de gran calado que tienes que resolver en pocos segundos, con la presión que implica tener gente detrás esperando a que decidas. Por ejemplo, el otro día mi mujer me pidió que comprara una bolsa de barquillos (neules, en Cataluña). No había posibilidad de error. Los habíamos visto en el escaparate y la orden fue muy clara: “compra una bolsa de esas neulas” (aquí lo españolizo porque con mi mujer hablo castellano; es que el plural catalán es con “e”).

Pero, lo que parecía sencillo, se complicó. Cuando llegué, ufano, a la caja con mis neulas de dos euros, la cajera me dio otra orden que no admitía dudas: “Compre dos -me dijo- por tres euros. Hay una oferta”. Dudé por un instante. Mire a la señora de detrás, interrogándola con la mirada, como preguntándole: “¿Es normal que una cajera dé órdenes…, debo obedecerla?” La señora comprendió inmediatamente y asintió con la cabeza.

Por un momento, pensé en Leonardo Polo. Si obedezco a ciegas a mi mujer, pierdo una oferta. Pero si la desobedezco, ella puede enfadarse, destituirme y mandarme de nuevo a hacer colas, lo que tampoco me disgustaría tanto porque era mucho más fácil. Por otro lado, si obedezco la orden sobrevenida de la cajera, habré hecho de la obediencia un acto libre e inteligente.

En esas estaba cuando me traicionó mi subconsciente y saqué el móvil del bolsillo con la clara intención de llamar a mi mujer. Entonces, se oyó una voz masculina tres colistas más allá: “¡Oiga, por un paquete de neulas! ¡Déjese de consultas y decida de una vez!” Después de unos momentos de gran tensión interior, guardé el móvil, fui decidido al estante, agarré otro paquete de neulas y me llevé los dos aprovechando la oferta. “¡Sí, señor! ¡Así se hace! ¡Con decisión!”, me animó otro marido desde la cola.

Bueno, ya se ve que he puesto un poco de salsa al incidente de las neulas. En realidad, quería hablar de la importancia de una obediencia inteligente, que es la que hemos de pedir a nuestros hijos para que vayan desarrollando su personalidad. Obediencia inteligente como la de San José, que, a su vuelta de Egipto, adonde había huido para evitar que Herodes matara al Niño, decidió no regresar a Israel sino quedarse en Galilea a pesar de las instrucciones claras del Ángel porque supo que a Herodes le había sucedido su hijo Arquelao, que era tan cruel como su padre.

Eso sí, para lograr esa obediencia de nuestros hijos es importante que las órdenes o instrucciones sean claras y expresadas con un vocabulario inteligible para ellos. No es mala idea confirmar que la han entendido pidiéndoles que nos la expliquen.

Por ejemplo, el mismo día de las neulas, solo entrar en el centro comercial, mi mujer me dijo que tenía que comprar unos pitillos para una de nuestras hijas. Me sorprendió mucho porque mi mujer insiste cada día a nuestros hijos para que dejen de fumar y nunca les ha comprado tabaco. Además, según mi memoria (francamente mejorable en lo doméstico), la hija en cuestión no fuma. Anduve un rato dándole vueltas al tema y buscando algún estanco, hasta que, con otro comentario sobre el color y tejido de los pitillos, mi mujer me sacó del error y supe que se trataba de unos pantalones.

El colofón del día de compras lo puso el susto que me dio el “bebé” que aparentemente dormía en el cochecito de una señora a la que amablemente dejé pasar. De pronto, se incorporó y resultó ser un perro que amenazaba con morderme la nariz. No sabía que habíamos llegado a ese grado de hominización de los animales. Para compensar un poco, adjunto esta foto de la Sagrada Familia, que me envió un buen amigo, de cuando los animales aún eran lo que eran y se limitaban a obedecer a los humanos, que todavía eran sus amos… y no al revés.

¡Feliz año nuevo!

Javier Vidal-Quadras Trías de Bes

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El milagro fue José

Como afirma el Papa Francisco en su reciente carta Patris Corde (Con corazón de padre), el milagro fue José.

Lejos de su casa, sin fortuna, sin su familia próxima, perseguido por Herodes… Si de verdad era su Hijo, si tenía que traer la verdad al mundo, ¿por qué Dios no intervino?

La respuesta del Papa es sencilla y exigente al mismo tiempo: porque estaba José.

En realidad, Dios sí intervino. Puso a José al lado de la Virgen. José, el hombre sencillo, el hombre que pasa desapercibido, que más que preguntas busca respuestas. Que no niega la realidad, sino que la acoge y se reconcilia con su historia. Y la reconstruye. Que hace de un establo un hogar, de un sueño una aventura, de un matrimonio una epopeya.

Sí, Dios ha estado presente este año 2020. Pero no a través de los influencers, ni de los grandes deportistas, ni de los famosos o los afortunados de este mundo. Ha puesto a José, el hombre sencillo, de nuevo a nuestro lado, transportando el alimento, cuidando a los enfermos, reponiendo los estantes, exponiendo su vida sin descanso.

Esta Navidad se parecerá un poco más a la primera. Habrá menos ruido. Y, aprovechando este ambiente quizás más recogido, Francisco pone ante nuestros ojos a José porque, dice, nadie se salva solo. Todos tenemos muy cerca un José que nos quiere y que tantas veces pasa desapercibido y no sabemos descubrir en el atropellado silencio de nuestras vidas.

Esta Navidad es el momento propicio para reconciliarnos con nuestra historia y volver a descubrir a los nuestros, a aquellos que están a nuestro lado y tantas veces ignoramos, para agradecer tanto, tanto…

Me gusta pensar que, en los tiempos recios del nacimiento de su Hijo, el verdadero descanso y seguridad de la Virgen era José. Cuando veía al Niño en sus brazos fuertes de trabajador incansable, entonces ella podía cerrar los ojos y dormir confiadamente.

¡Feliz Navidad!

Javier Vidal-Quadras Trías de Bes

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Javier Vq

Cuando morir es un derecho

Su primer encuentro con la vida no fue precisamente fácil. Nació muy prematura y requirió constantes cuidados durante muchos meses. Su madre se convirtió casi en ella misma, lo dejó todo y lucharon juntas, minuto a minuto, por la vida. Su padre batalló también con ellas. “Tu padre fue el corcel en que tú yo cabalgábamos hacia la vida –le decía siempre su madre-. Tú has sido el mejor regalo de nuestras vidas, un don, un milagro… y todo, todo ha valido la pena por ti”.

Creció en un entorno de belleza y de respeto. Sus padres le transmitieron los valores propios de una buena ciudadana, una persona cabal. Las flores se cuidan, no se pisotean. Los animales merecen nuestro respeto. Hay que cuidar la naturaleza, que nos ha sido dada, como la vida, sin pedirla ni buscarla. Un buen ciudadano es respetuoso con las leyes, que aseguran la convivencia y la paz a la familia humana. La ley es honesta y mira por nuestro bien.

Pero, en plena juventud, su madre enfermó y ella tuvo que postergar planes y proyectos. Se dedicó a ella en cuerpo y alma… y alma.

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Guerra y paz

Estas últimas semanas he tenido ocasión de conversar vía zoom en foros de diversos países sobre fidelidad matrimonial.

Cuando se habla de fidelidad, viene enseguida a la cabeza la infidelidad sexual. Sin embargo, la fidelidad va mucho más allá. A mí me gusta más hablar de lealtad, que es una determinación de preferir a la persona amada, escogiéndola cada día y destacándola sobre los demás y sobre uno mismo. Aaron Beck la expresa así en uno de sus libros: “pondré siempre sus intereses por encima de los de los demás, la defenderé si la critican y nunca tomaré partido con los demás contra ella ni me limitaré a ser neutral”.

Las deslealtades no son siempre sexuales. Se puede ser desleal con motivo del trabajo, de los amigos, de las aficiones, del deporte, de la propia paz y tranquilidad, ¡de los hijos! Se es desleal cada vez que se antepone cualquiera de estas realidades a la persona amada. Sí, los hijos también.

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Y las penas se dividen

Mi mujer es la mayor de una familia numerosa de siete hijos. Su quinto hermano se llama Alberto. Familiarmente, Tito. Está casado con Ana y tienen seis hijos. En la familia de mi mujer (que, desde hace treinta y seis años, y cinco más de noviazgo, es también la mía) somos siete matrimonios con treinta y cinco hijos y ya varios nietos. Mi mujer y yo tenemos siete hijos y en mi familia de origen somos seis hermanos… Y paro de contar.

Ya se ve que lo de la familia numerosa es casi una tradición en mi entorno próximo. Alguien podría pensar que nos gustan los niños… Hay de todo, pero sería un error buscar ahí la razón. Por algún capricho de la naturaleza, los niños solo lo son durante un tiempo breve, luego se empeñan en crecer y dejan de serlo.

Los hijos dan trabajo. Hay que cuidarlos, a veces tienen y generan problemas, requieren dedicación de tiempo, consumen esfuerzos y dinero, exigen grandes sacrificios, el abandono de proyectos y la adaptación de las trayectorias personales. Y, sin embargo, en mi familia nos empeñamos en tener muchos. A veces vienen y a veces no, claro, pero todos coincidimos en que vale la pena. Tito, también.

Con los hijos pasa un poco como con los amigos. También estos, si lo son de verdad, exigen toda esa dedicación. Aun así, hay gente que de manera contumaz insiste en tener muchos amigos, como Tito. ¡Qué cosas!

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Amor y desamor

Yo, (nombre), te dejo de querer a ti, (nombre), como esposa
y me aparto de ti, y prometo dejar de serte fiel
en la prosperidad y en la adversidad,
en la salud y en la enfermedad,
y así olvidarte e ignorarte
todos los días de mi vida.

Suena muy duro… y, sin embargo, podría ser la formula del divorcio.

Hoy no me tocaba escribir, pero, a raíz de mi último post, “El acierto”, he recibido un comentario de una persona buena e inteligente que se preguntaba si no era un poco duro y cerrado ese pensar que la felicidad se encuentra en dar amor. ¿Qué pasa si no lo recibes?, se preguntaba. ¿Dónde queda la felicidad cuando no hay correspondencia en el amor? Y decidí ponerme a escribir.

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El acierto

Este lunes estrenaba yo mi bicicleta nueva. Fui a Misa y salí con prisa porque llegaba tarde a otro sitio. Al salir, desplegué mi bicicleta, que tenía escondida tras un banco, salí apresuradamente y, cuando iba a montar en ella, oí detrás de mí una voz que me llamaba. Era un joven que había conocido un par de años antes. Me asaltó sobre la marcha. Me dijo que había leído mi post sobre el avión y el paracaídas y quería hacerme una pregunta: “tú dices que, una vez has saltado en paracaídas, has de centrarte en abrir el paracaídas y olvidarte del avión. Pero…, yo me pregunto, ¿y si no acertaste al escoger el avión? ¿cómo puedes estar seguro de que ese era el avión de tu vida, tu avión?”

Recordé enseguida la analogía del avión y el paracaídas, que he utilizado varias veces, aunque no recordaba exactamente el contenido del post. La idea de fondo es que, una vez has adquirido el valor de tomar la decisión de amar a alguien para siempre, te has de concentrar en el nuevo horizonte de libertad que te ofrece esa decisión, es decir, en la persona amada, y olvidarte de si esa decisión fue o no acertada.

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