Mística de ascensor

Estas vacaciones he tenido una experiencia mística bastante elevada. No he hecho mucho para tenerla. A pesar de mis joviales sesenta y un años, no fui a la Jornada Mundial de la Juventud con el Papa, como hicieron dos hijos míos. Tampoco he hecho ninguna peregrinación, como sí han hecho varios amigos y familiares míos, a Lourdes, Fátima o Medjugorje. Ni he pasado grandes ratos en ninguna iglesia, adoración o actividad eclesial similar. Mi actividad más clerical ha sido ir a visitar a mi hermano pequeño, monje, a su monasterio del sur de Francia.

Eso sí, he procurado cuidar bien mi relación con Dios haciendo mis ratos de meditación y demás prácticas de piedad que acostumbro, a veces compartidas con gran alegría con alguno de mis dos nietos, entre pañales, ironmanes y toda clase de muñecos.

Creo que, a estas alturas, todos los lectores de mi blog saben que soy católico y del Opus, aunque a mí me gusta más decir Opus Dei, porque, como me pasa a mí con mi apellido, el Opus solo se queda corto y podría confundirse con la quinta sinfonía de Beethoven (que, si no me equivoco, es la Opus 67).

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Genea-lógica

Pensaba tomarme el mes de agosto entero de vacaciones blogueras, pero la lectura de uno de los libros de este verano (Por qué dar la vida a un mortal, de Fabrice Hadjadj) unida a la eclosión de vida que proprociona la convivencia más estrecha con nuestros nietos y a la fiesta grande del día de hoy, en que los católicos celebramos la Asunción de la Virgen María, me han llevado a compartir estas reflexiones sobre la vida.

La lógica de la vida es genea-lógica, es decir, debe estar motivada por la misma vida. Pensar la vida desde la situación y los proyectos previos a ella conduce a una valoración falsa por insuficiente que olvida lo más importante: la vida misma.

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Monotonogamia

El otro día estaba pensando cómo podía presentarme en una reunión utilizando las nuevas categorías al uso, que reducen la personalidad al ámbito sexual, y llegué a la conclusión de que yo era un heterosexual de sexo y género masculinos, sexualmente monógamo que practica el poliamor. En efecto, soy hombre, me atrae el sexo femenino y me gusta mucho una mujer en concreto que se llama Loles a la que he entregado en exclusiva mi cuerpo, pero esto no impide que, al mismo tiempo, pueda amar a mucha más gente, empezando por mis siete hijos, mi nuera y yernos, mis nietos, familia, amigos, etc.

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El misterio del mal

La semana pasada me pidieron que diera una charla sobre el misterio del mal. Ya había escrito antes sobre el sufrimiento humano, pero ahora que me ha tocado reflexionar un poco más ordenadamente, voy a lanzar algunas ideas. El tema es inagotable y muy sensible, por lo que pido perdón por anticipado si no acierto en el enfoque (la charla la daba en un entorno de fe católica).

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Muito obrigado

En la última semana se me ha estropeado un poco un lado del cuerpo. Nada grave. Pequeñas molestias. Primero, me quedó un persistente dolor en la rodilla después de una excursión; al día siguiente me lesioné el abductor jugando a padel y el mismo día me salió un orzuelo. Todo en el mismo lado. Como estamos en precampaña electoral, para no dar pábulo a interpretaciones en clave política, no diré qué lado.

Después de sesenta y un años con él, conocía bien a mi cuerpo, pero me ha vuelto a sorprender. El lado sano ha reaccionado con una entrega y una generosidad envidiables.

La pierna sana ha tenido que hacer un sobresfuerzo, como, entre otras cosas, dar siempre la primera pedalada para que arrancara la bici porque la rodilla y el abductor de la pierna lesionada impedían ese impulso inicial. Una vez se activaba la batería, ya podían colaborar, pero con menos fuerza que la sana.

El ojo del orzuelo también sufría yendo en bici, pues el aire y las partículas flotantes que sobrevuelan la ciudad de Barcelona parecían pequeños latigazos e irritaban la zona afectada, así que, por momentos, circulaba guiñando el ojo malo y confiando toda la visión al ojo sano.

Tengo la profunda convicción de que ni la pierna ni el ojo sanos harán comparaciones ni se quejarán por el esfuerzo extra de estos días. Y tampoco reivindicarán que los miembros necesitados compensen el esfuerzo realizado trabajando más la semana que viene, o cuando se recuperen.

Cuando se dice que el hombre y la mujer se transforman en una sola carne después de comprometerse a amarse para siempre, se quiere expresar algo parecido a lo que le ha sucedido a mi cuerpo. El matrimonio no consiste en un do ut des: tú pones dos lavadoras porque yo he puesto tres lavaplatos. Hay que buscar el equilibrio, desde luego, pero no a fuerza de contar, sino a fuerza de dar… los dos todo lo que son, cada uno hasta donde es capaz en cada momento. No es una suma sino una unión.

Todo esto andaba yo cavilando con la intención de desarrollarlo en un post cuando este viernes pasado cogí el avión rumbo a Lisboa para participar en unas sesiones organizadas por Cenofa, el Centro de Orientación Familiar de la IFFD en Portugal, donde pude confirmar mi teoría con un inesperado testimonio.

Julie es una joven madre de familia numerosa que, en su último parto, hace ahora nueve meses, sufrió una lesión derivada de la epidural que la dejó parapléjica, sin movimiento ni control alguno de cintura para abajo. Con seis hijos de edades comprendidas entre un día y nueve años, Daniel, su marido, tuvo que hacer de tripas corazón y enfrentarse a una situación tremendamente difícil e inesperada. Y ahí estaban los dos, dando su testimonio de cómo superar en el matrimonio una crisis grave que iba a afectar a su relación intima y a toda la dinámica familiar en el momento especialmente sensible del postparto.

Han sido nueve meses duros en que cada uno ha puesto lo que podía: Daniel, sus manos, sus brazos, sus piernas, su cabeza y todo su corazón. Julie, su sonrisa, su esperanza, la fuerza de su espíritu, su vulnerabilidad física y la confianza ciega en su marido y en sus hijos. El sábado, Loles y yo les conocimos, y comprendí a medida que hablaban el profundo significado de ser una sola carne en el matrimonio.

En sus ojos se podía adivinar la dureza de la situación que habían tenido que afrontar, pero en su mirada no había reproche ni resentimiento. Lo que les sorprendía era que João, el presidente de Cenofa, les hubiera pedido dar su testimonio. No eran conscientes de haber hecho nada especial. Ni Daniel alardeó de cómo se había tenido que multiplicar en esa situación ni Julie pronunció palabra alguna de queja. Cada uno había puesto en juego lo mejor y habían salido reforzados de la crisis. Gracias a Dios, Julie estaba recuperando poco a poco el movimiento y podía ya caminar con la ayuda de un bastón, a la espera de la recuperación total.

En fin, una experiencia y un testimonio más en este maravilloso mundo de la orientación familiar, que quería compartir y que pudimos vivir gracias a la invitación de Cenofa (www.cenofa.pt) y a esta formidable tarea de compartir con otras familias nuestra aspiración a querernos más cada día a pesar de nuestras limitaciones, que son muchas…, ¡pero siempre compartidas y vividas en el mejor lugar del mundo para vivirlas: el matrimonio!

Feliz semana.

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El chófer

El sábado pasado se casó Carmen, una ahijada mía. En mi familia, instauramos la tradición de que el padrino fuera el chófer de la novia en este día. Carmen me lo pidió, y me hizo mucha ilusión. El oficio de chófer es un trabajo precioso, y el de chófer en una boda, más todavía.

Tiene sus dificultades, claro. Primero, buscar un vehículo adecuado. Como la boda era fuera de Barcelona, no era tan fácil pedir prestado un coche bien elegante. Al final, después de darle algunas vueltas y hacer varias consultas, decidí que utilizaría nuestro propio coche, que es un 4×4 gris oscuro más o menos decente. La boda era en una casa de campo y se prestaba a la ocasión.

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La belleza biográfica

Un día, estábamos en familia y Loles, mi mujer, estaba comentando algo sobre un viaje a Italia de hacía ya un tiempo. Yo iba asintiendo, recordando vagamente los lugares que ella describía, hasta que comenzó a decir algo del hotel que yo ya no recordaba, y dije: “del hotel no me acuerdo mucho”.

Entonces, Loles me miró y, para sorpresa de todos, yo el primero, dijo: “claro que no te acuerdas; tú no viniste a este viaje; fui yo con la profesora y alumnas de nuestra clase de historia del arte”. Es fácil imaginar la carcajada de todos mis hijos, que me recuerdan a menudo la anécdota, una más entre mis muchos despistes.

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Nico

Yo no soy abuelo, estoy casado con una abuela, dijo, entre bromas y veras, un amigo nuestro. La frase me pareció muy ocurrente y pensé en adoptarla. Pero, claro, llegó el fin de semana, vino nuestro nieto Tomás a casa y con su primer ‘elo’ (su traducción de ‘abuelo’), la frase ocurrente se tambaleó.

Y ayer, con la llegada de Nico, nuestro segundo nieto, se ha borrado definitivamente de mi horizonte vital. Nico se ha hecho de rogar un poco. Cuando Bea nos dijo, a las siete de la mañana, que había roto aguas y se iban a la clínica, nos preparamos para ser abuelos de nuevo en la mañana.

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Salidas del armario

Hace unas semanas, en una cena, comentó uno de los comensales que, últimamente, dos amigos suyos habían salido del armario y, después de décadas de matrimonio, habían decidido dejar a sus mujeres respectivas e irse a vivir con otro hombre. Por lo visto, la presión social les había dirigido al camino del matrimonio, pero, al final, décadas después, se habían dado cuenta de que a ellos, en realidad, les gustaban los hombres y que no tenía sentido luchar contra esa tendencia. En el relato, muy comprensivo con los que salían del armario, eché en falta algo más de empatía con la que se quedaba dentro del armario con los hijos: la mujer. Y me dio por pensar en otras salidas del armario…

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