Rousseau aconsejaba razonar “en el silencio de las pasiones” y, aunque es cierto que ningún ser humano puede pensar en el vacío emocional, sí es posible hacer un esfuerzo para alejarse de algunos condicionantes emocionales para reflexionar sobre ciertos asuntos. Y la eutanasia es uno de ellos. En esta era de populismo y propaganda la razón suele salir mal parada.

Cada uno tiene su aproximación biográfica a esta realidad, porque, a partir de cierta edad y experiencia de vida, no es difícil haberse topado con situaciones que, implícita o explícitamente, la hayan evocado.

Antes de vivir la dura enfermedad que sufrió mi madre en sus últimos años de vida, que me mostró inesperadamente una imagen diferente, digna y bella en su limitación, de la humanidad, la maternidad y la filiación y me confirmó en el valor y dignidad de cualquier vida, había tenido un curioso contacto con esta realidad.

Un cliente español casado con una holandesa me comentó que a la madre de su mujer le habían diagnosticado un cáncer terminal y se habían trasladado a Canadá para el tratamiento. Cuando me interesé por ese tratamiento que les había obligado a irse tan lejos, me comentó que la decisión de ir a Canadá respondía al miedo que tenía su suegra, ya mayor, a ser ingresada en un hospital holandés con una enfermedad terminal susceptible de ser “resuelta” con la eutanasia. Y el país con que su suegra tenía más vínculos era Canadá.

Algunas alarmas saltaron en la sociedad holandesa cuando, contra las previsiones iniciales, la eutanasia se comenzó a practicar a enfermos de Alzheimer, a depresivos y a niños, cuya capacidad para decidir con libertad es discutible.

El debate sobre esta práctica y su legislación tiene demasiada profundidad como para pretender agotarlo en un simple post, pero sí me gustaría contribuir con tres reflexiones. Parto de la premisa de que todos, lo que promueven la eutanasia y los que nos oponemos a ella, buscamos con honestidad el bien común:

Legislar la excepción. Cuando se normativiza la excepción, se la eleva a la categoría de principio. Cuando el Código Penal sanciona la asistencia al suicidio, establece un principio jurídico —y también pedagógico, porque las leyes, quieran o no, tienen un efecto formativo de la conciencia— a favor de la vida. Cuando la Ley de la Eutanasia reconoce el derecho a morir, establece un principio a favor de la muerte. La despenalización de la muerte es la penalización de la vida. El Ordenamiento Jurídico tiene recursos suficientes (eximentes y atenuantes) para evitar que sean condenados a largas penas quienes, estando en una situación personal extrema, han atentado contra un bien básico como es la vida. Creo que ese es el camino: mantener una apuesta decidida por la cultura de la vida, financiando y extendiendo al máximo los cuidados paliativos, médicos, familiares y sociales que promuevan el deseo de vivir en cualquier situación de desgracia y sufrimiento, y establecer mecanismos jurídicos que humanicen la aplicación de la Ley.

La pendiente resbaladiza. La historia reciente (y la no tan reciente) demuestra que, una vez aprobada la ley, se produce una dinámica expansiva que acaba teniendo peligrosos tintes eugenésicos y tiende a ‘purgar’ la sociedad de sus elementos más problemáticos: enfermos terminales que consumen mucho gasto, exigen dedicación y generan sufrimiento a su alrededor; personas abandonadas o sumidas en depresión que no tienen quien llene sus días de vida; personas nacidas con carencias o discapacidades graves que, desde una perspectiva utilitarista, parecen abocadas a una vida infructuosa, etc.

Todo derecho genera un deber. Robert Spaemann explicaba hace algunos años en un artículo publicado en el Stuttgarter Zeitung que cualquier derecho genera la responsabilidad de su ejercicio como deber inherente al mismo. El derecho de los padres a la educación de sus hijos, por ejemplo, genera el deber de formarles. “Si alguien poseyera ese derecho [a morir bajo tutela del Estado]afirmaba-, entonces también cargaría con la responsabilidad total por todos los cuidados y atenciones, por todos los costes y privaciones que ocasiona a sus semejantes. Podría [¿debería?] librarse de esa carga de un plumazo en lugar de gastar el “patrimonio familiar”. ¿Qué hombre sensible no sentiría en tales circunstancias el deber moral de secundar el silencioso gesto que le está sugiriendo: “ahí tienes la salida”? La posibilidad legal de la muerte a petición produce esa misma petición. Hay aquí una lógica férrea, concluía el filósofo. El derecho a morir genera inconscientemente el deber de hacerlo cuando se percibe que aferrarse a la vida puede considerarse una carga insoportable para los demás.

Como decía al comienzo, es un tema sensible, delicado y profundo, que afecta al núcleo de lo humano y al que hay que aproximarse con exquisito respeto, pero también con honestidad y sinceridad. No podemos negar lo que está sucediendo y lo que ha sucedido en las sociedades que han emprendido este camino. En mi opinión, la promoción de la muerte, en cualquiera de sus formas, revela, sobre todo, un triste fracaso del ser humano como acto de amor.

Javier Vidal-Quadras Trías de Bes

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