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~ Ser y vivir en clave de familia

Familiarmente

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Amor y libertad

26 jueves Abr 2018

Posted by javiervq in Matrimonio, Uncategorized

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Una de las grandes dificultades de los jóvenes de hoy en día para casarse es el miedo al compromiso. Según se mire, no es mala señal. Significa que se lo toman en serio. Peor sería que se casaran frívolamente, sin valorar la profundidad de la decisión que están tomando.

Cualquier decisión que compromete la vida entera produce un vértigo existencial. Hay otras decisiones importantes, como la carrera que se va a estudiar, el trabajo que se va a aceptar o la dedicación a un voluntariado que generan dudas, tensiones e inseguridades, pero no ese vértigo característico de las decisiones irrevocables propio de quien no se toma la vida con ligereza.

Entre las decisiones de esta naturaleza hay una que suele escapar a la lógica descrita: tener un hijo. Es, qué duda cabe, una determinación que no admite vuelta atrás y compromete de por vida al más alto nivel, pero está rodeada de una serie de valores (ilusión, alegría, entrega, magnanimidad -ánimo grande-, etc.) que aportan una rara seguridad y alejan el vértigo y el miedo.

Me parece que lo que está en juego en todo esto es uno de los valores más preciados del ser humano: la libertad. Algunos tienden a ver en el matrimonio una atadura, una pérdida de libertad, y esta concepción les arredra y paraliza, de modo que huyen del compromiso o, si lo adquieren, no dejan nunca de verlo como un recorte, una mengua irrecuperable de su libertad personal. Aman hoy, pero no se atreven a prometer amor.

Sería muy pretencioso por mi parte aspirar a resolver esta dificultad en las escasas líneas de este post. La noción de libertad es una de las realidades más poliédricas y complejas con que se ha enfrentado la historia del pensamiento. Sin embargo, algo se puede decir.

Leonardo Polo afirma, apodícticamente, en una de sus obras: “el amor se impera porque es el despliegue de la libertad”. Esta enigmática frase puede ayudar a descifrar el misterio de la relación entre amor y libertad, pues el matrimonio, como la paternidad, no deja de ser un amor elevado a la máxima potencia, a la potencia de una vida entera.

Lo que quiere decir el filósofo es que el amor es obligatorio, imperativo para el ser humano precisamente porque es libre. Aunque se comprende mejor expresado al revés: el ser humano es libre porque solo así es capaz de amar. Sin libertad no hay amor, porque un amor impuesto no lo es. Por esta razón, el único que puede decidir amar es uno mismo. Lo sorprendente es que también puede decidir no hacerlo, porque amar es un imperativo, sí, pero solo moral. Ahora bien, si alguien decide odiar, que puede hacerlo, no ejerce adecuadamente la libertad. El odio es reflejo de la libertad que tengo -porque soy libre puedo decidir odiar -, pero no es su destino. Tenemos libertad para amar, no para odiar. Y, sin embargo, nadie puede obligarnos a hacerlo. Esta es la paradoja.

Yo pienso que nuestra libertad de elección está diseñada para las cosas grandes. Quien se mueve siempre en el terreno de las pequeñas elecciones (cerveza o Cocacola; falda o pantalón) acaba malgastando y frustrando su libertad, que aspira a algo más, a mucho más.

Se comprende, entonces, que casarse no sea fácil para todo el mundo: es un exceso de libertad. Lo mismo sucede con los hijos: son un exceso de libertad. Solo las personas enteramente libres y soberanas, capaces de poseer todo su pasado, todo su presente y todo su futuro y entregarlos al ser amado (el cónyuge o el hijo) están en las condiciones óptimas para tomar la decisión de casarse. Casarse exige una libertad soberana. Los esclavos (¡hoy tenemos tantos dueños!) no pueden casarse porque no saben si serán capaces de poseerse y decidir sus pasos dentro de cinco, diez o treinta años, y no tienen otro remedio que ceder las riendas de su vida a las circunstancias. Están excesivamente condicionados. No pueden prometer amor para siempre.

En el fondo, lo que sucede es que cuando decidimos entregar nuestra vida por entero a otra persona no perdemos la libertad, sino que le abrimos un horizonte inédito, nuestro matrimonio, y es ahí donde tendremos que desplegarla de nuevo.

La elección no es pérdida sino ejercicio de la libertad. Y si rodeamos esa determinación de aquellos valores de que hablaba más arriba (alegría, ilusión, entrega, magnanimidad…), no experimentaremos pérdida de libertad ni atadura algunas porque nos habremos ubicado en un nuevo escenario que nos brindará la oportunidad de volver a desarrollar y ejercer la libertad. Para ello, hay que rechazar la tentación de mirar atrás, como si importara más lo que perdemos que lo que ganamos con la elección.

Javier Vidal-Quadras

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En lo alto de la cascada

17 martes Abr 2018

Posted by javiervq in Familia y sociedad, Uncategorized

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Cuenta la leyenda que, en un país muy lejano, un hombre bueno vio al pie de una cascada a un joven ahogándose en un remolino. Con gran esfuerzo, el buen hombre logró sacarlo del agua y llamó a un vecino para que lo ayudara a revivirlo. Cuando estaban en esa tarea, vieron que otro joven caía por la cascada. Mientras intentaban salvar al segundo, notaron que caía un tercero. Horas después, un gentío bien intencionado se esforzaba por rescatar a los que caían, uno tras otro. Algunos meses más tarde, los vecinos fundaron la Asociación de Ayuda al Ahogado, y con mucho sacrificio reunieron fondos para contratar a un batallón de buzos, que iba sacando del agua a los jóvenes que seguían cayendo. Cierta vez llegó a la comarca un hombre sabio, que preguntó: ¿No sería mejor subir a lo alto de la cascada y averiguar por qué se cae tanta gente? Los esforzados vecinos le contestaron, con poca paciencia: ¿No ves que estamos muy ocupados salvando vidas? ¡No tenemos tiempo ni dinero para excursiones! Entonces, el sabio subió al cerro en sentido contrario a la corriente y descubrió en la cima una aldea muy pobre, con una sola escuela. Frente a ésta, había un terreno baldío, enfangado y sin vallas situado justo al lado del nacimiento de la cascada donde los jóvenes resbalaban e iban cayendo uno tras otro.

Con este sugerente relato, tomado de Nieves Tapia, empezó Cristian Conen, abogado, profesor e investigador de la Universidad de La Sabana, la conferencia que impartió este fin de semana en el Congreso Latinoamericano de Líderes de Family Enrichment (también conocida como Orientación Familiar) organizado por la IFFD (International Federation for Family Development) en Cartagena de Indias, Colombia.

Unas doscientas personas, en representación de 18 países latinoamericanos, decidimos subir la cuesta de la cascada en busca de la raíz de tantas y tantas corrientes que arrastran y ahogan a nuestros jóvenes hoy en día: el aumento de adicciones, la delincuencia, la violencia, la apatía vital, los trastornos de personalidad y el suicidio juvenil; la continuidad intergeneracional de fenómenos familiares dolorosos como la infidelidad, las separaciones, el maltrato de mujeres, los niños huérfanos de padres vivos y recientemente, de padres digitales…

Durante dos días nos olvidamos de rescatar a los jóvenes que se iban precipitando por la cascada y nos concentramos en encontrar la causa de sus caídas.

Cuando llegamos arriba no vimos la escuela ni el fango ni el baldío, sino una multitud. Miles y miles, millones de familias desorientadas, deambulando sin norte en busca de una felicidad que se les escapaba entre los dedos.

Y volvimos a darles la esperanza que desde la IFFD venimos ofreciendo desde hace ya 50 años: la certeza de que es posible amar para siempre, y cada día con mayor pasión e intensidad; la convicción de que los padres seguimos siendo los titulares del derecho a la educación de nuestros hijos y sus primeros educadores, y de que ningún Gobierno puede dictarnos cómo hacerlo; la inevitable realidad de que la educación no es una ciencia cierta ni un recetario de cocina, sino una sabiduría prudencial que se adquiere con la misma formación, dedicación y competencia con que se logran las carreras profesionales; y la seguridad de que la familia es el hábitat del ser humano y el lugar privilegiado en que la felicidad se puede ver y tocar.

Y para que estas declaraciones no se transformaran en un brindis al sol, profundizamos durante dos días en todos los aspectos de los cursos de Family Enrichment que la IFFD imparte cada año a más de 30.000 personas en 68 países del mundo, que han llevado la felicidad a tantas familias y recibido el reconocimiento de Naciones Unidas en varias resoluciones del más alto nivel.

Cristian Conen, en su conferencia inaugural, abogó por una rebelión educativa pacífica que ampliara el enfoque del desarrollo aislado de la dimensión intelectual de la persona al desarrollo de la capacidad de amar en sus dimensiones intelectual, física, afectiva, social y espiritual para poder superar todas las lacras sociales que aquejan hoy a la familia.

Y nosotros le hicimos caso. Los cerca de doscientos participantes en el congreso, decidimos subir a lo alto de la cascada y preparamos el único terreno en que puede evitarse que los jóvenes sigan cayendo por la pendiente resbaladiza hasta la cascada del fracaso vital: la familia.

Ahora, de vuelta a nuestros países, vamos a seguir propagando la noticia a voz en grito: ¡poned en lo alto de la cascada una familia fuerte y no necesitaréis rescatar ahogados! Y, junto con el anuncio, continuaremos ofreciendo y perfeccionando el mejor instrumento para lograrlo: la formación familiar.

http://www.iffd.org

 

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Hoy

30 viernes Mar 2018

Posted by javiervq in Espíritu, Uncategorized

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Hoy, al verte en la cruz, ¡hoy!, enclavado,
la razón se rebela, humana y fría:
¿Cómo un Dios agoniza así, colgado?
¿Cómo un hombre doliente Dios envía?

Hoy, al verte en la cueva, ¡hoy!, sepultado,
la voluntad se rompe y desconfía:
¿Cómo un Dios bajo tierra y olvidado?
¿Cómo un hombre, acabado, nuestro guía?

Hoy, al hundirte, ¡hoy!, en la amargura,
el corazón repudia esta quimera:
¿Cómo un Dios que se cubre de negrura?
¿Cómo un hombre que puede ser cualquiera?

Hoy, al no verte, ¡hoy!, en mi alma oscura,
mi memoria se olvida y desespera:
¿Cómo un Dios sin presencia ni figura?
¿Cómo un hombre que muere y nadie espera?

Pero hoy, que mi mente no comprende,
hoy, que mi voluntad duerme vacía,
hoy, que mi corazón ya ni se enciende,
y mi olvido de noche cubre al día….

¡Hoy es cuando te entiendo sin pensar,
cuando quiero quererte sin querer!
¡Y hoy es cuando te siento de verdad
y veo lo que en ti no supe ver!

¡Hoy es cuando mi mente tú reclamas,
cuando mi voluntad tú solicitas!
¡Y hoy es cuando, en recuerdos, tú me llamas
y cuando más mi amor tú necesitas!

¡Porque hoy es mi razón… tu prendimiento
y hoy es mi voluntad… tu sufrimiento,
la fuerza que me mueve…, tu tormento
y hoy es mi corazón… tu sentimiento!

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Donde hay confianza…

24 sábado Mar 2018

Posted by javiervq in Uncategorized

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En mis años de juventud física (la espiritual, gracias a Dios, aún la conservo), uno de los chicos del grupo con el que iba hizo una ‘bromita’ a una de las chicas que me quedó grabada, para mal. Estábamos en una piscina, se le acercó por detrás y le desabrochó el lazo de la parte de arriba del bikini. Previamente, había avisado a sus amigos de chanzas y andanzas para que estuvieran atentos, porque, claro, si nadie lo veía ni se reía, qué gracia tenía la cosa.

La chica se tapó al ver su intimidad corporal al descubierto, se volvió, le dirigió una mirada que habría fulminado a cualquiera y se fue corriendo, con lágrimas en los ojos, a refugiarse donde las otras chicas, que afearon la conducta al graciosillo.

¨Donde hay confianza, da asco”, reza el dicho. Y, en efecto, hay quien confunde la confianza con la falta de respeto. En particular, esta confusión se intensifica durante los ambiguos años de la tardoadolescencia, que en algunas personas parece no acabar nunca.

En el fondo, esa falta de respeto que surge del exceso de confianza consiste en una incapacidad de reconocer de verdad, sin complejos, vergüenzas ni respetos humanos, la dignidad de la otra persona, que tiene derecho a ser tratada siempre como tal.

En los grupos de jóvenes es una postura muy extendida, agravada con la falta de personalidad propia de algunos en esta edad (¡y en todas las edades!), que se dejan llevar inevitablemente por la presión del grupo y de sus líderes. Esta conducta gregaria irrespetuosa, descortés e irreverente acaba contaminando las relaciones, hasta que llega un momento en que la diversión del grupo se alimenta del sufrimiento, a veces callado y doloroso, de otros.

Sin llegar a estos extremos, vengo observando entre algunos jóvenes, sobre todo varones, una tendencia inconsciente a lastimar la dignidad y consideración de las chicas con quienes se relacionan, sin darse cuenta de que quienes realmente se degradan son ellos mismos. Expresiones como “churri”, “guarri”, “pava” y otras semejantes para referirse o para llamar a una amiga son pequeños menosprecios, tantas veces inadvertidos, a su condición de persona. Paradójicamente, quienes cometen estos excesos se suelen justificar con la intensidad de la amistad o la confianza mutua, lo que es tanto como decir: a quien más quiero, peor le trato; sé tanto sobre ella que yo decido lo que le conviene y cómo ha de ser tratada. Lo cual evoca la concepción posesiva del amor que, por desgracia, tantos hombres tienen y tanto dolor provoca.

Lo primero que hacen los tiranos con sus víctimas en todos los regímenes totalitarios es intentar desposeerles de su identidad y anularles como personas por la vía de sustituir su nombre por un número, de modo que aprendan desde el primer día que allí no son nadie.

¡Qué importante es el respeto! Se empieza por perderlo en estos pequeños detalles de delicadeza y, si no se cortan, se acaba por desconocer al otro, que termina convirtiéndose en un mero instrumento a nuestro servicio. Poco importa lo que ella prefiera: “Total, si lo hago sin mala intención. Es que nos queremos mucho, hay mucha confianza y, por eso, me permito esos pequeños abusos cariñosos”. Pero hay amores que matan. Y, con el tiempo, esas faltas de delicadeza, de tono humano, se transforman en ironías, luego derivan en sarcasmos, hasta que llega un momento en que la relación se hace insostenible.

Esos años de juventud son un momento decisivo en la vida de muchas personas. Son años críticos (en el doble sentido de la palabra) en que se da forma definitiva a muchos aspectos de la personalidad. Y uno de ellos es nuestra futura relación con la mujer (hoy me dirijo a los varones) con la que construiremos nuestro común proyecto vital.

Pensar: “cuando la encuentre cambiaré y la trataré de otra manera” es desconocer absolutamente la naturaleza humana. Todo acto me conforma como persona y, si no me acostumbro ya, con mis amigas y mis amigos, a ser delicado en las formas y atento en el trato, no seré capaz de hacerlo cuando llegue el momento. Por desgracia, lo he visto ya en más de una ocasión.

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Amor, donación y préstamo

16 viernes Mar 2018

Posted by javiervq in Uncategorized

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Hace una semana mantuve una entretenida tertulia con un grupo de jóvenes universitarios y salió el tema de la cohabitación previa al matrimonio que traté días atrás en otra entrada (Amor y convivencia). Como una de las tesis que sostengo allí es que el amor precede a la convivencia y la sustenta, siendo esta la que se subordina a aquel, surgió una dificultad conceptual en uno de los asistentes con formación aristotélica.

¿Cómo puede ser que primero tenga que decidir amar y después conviva, si no es posible amar lo que no se conoce?

Me vino a la cabeza, entonces, una de las aproximaciones intelectuales más lúcidas que he leído acerca del noviazgo y las relaciones prematrimoniales. La que desarrolla José Noriega en su libro El Destino del Eros.

En efecto, como mi amigo aristotélico sostenía, no es posible amar lo que no se conoce, y el camino de la virtud pasa de ordinario por la reiteración de hábitos y conductas, por lo que resulta anómalo decidir amar antes de conocer (a pesar de que en otras culturas no occidentales se sigue, a veces, ese camino).

La tarea del noviazgo es, para Noriega, la verificación, pero no la verificación de las rutinas (si baja la tapa del váter y cambia el rollo de papel cuando se termina), que son fáciles de modificar cuando hay determinación, sino la verificación del amor.

Lo primero que hay que verificar es que en los dos se ha producido la misma revelación, vamos en pos de la misma verdad y estamos dispuestos a luchar por ella. Es decir, si me ama como yo entiendo el amor y está dispuesto a hacerlo para siempre. Lo segundo es comprobar que se va dando una concordia en los caminos que vamos a recorrer, sobre todo en los asuntos importantes de nuestra vida (hijos, padres, trabajo, amigos, familias de ambos, prioridades y jerarquías, vida de fe, etc.), lo que requiere largos ratos de diálogo sincero “en el silencio de las pasiones”, como diría Rousseau. Y lo tercero es verificar que ambos hemos sido capaces de ir integrando nuestros dinamismos humanos en el amor: que vamos adquiriendo las virtudes que nos permitirán esa comunión plena de vida que será nuestro matrimonio y aprendemos a recoger nuestras distintas dimensiones personales (sexualidad, afectividad, inteligencia, voluntad, imaginación, memoria) para dirigirlas al amor, a nuestro amor y no a otros.

Se dirá que esta verificación se puede realizar en la convivencia. Y, en efecto, así es. Que la convivencia o cohabitación no tenga la capacidad de asegurar el amor en el futuro no significa que impida verificarlo en el presente. Pero no añade nada esencial, porque lo que se trata de verificar es el amor, una disposición del corazón que se extiende a toda la persona, y no la practicidad de una mejor o peor organización doméstica y de un más lento o rápido acomodo recíproco en la cohabitación o en los tiempos y ritmos del acontecer diario.

No añade nada esencial, decía, pero sí introduce un elemento de especial calado: la relación sexual previa al futuro matrimonio. Es esta, cuando es sincera, una relación sexual honesta, que nace de un contexto afectivo de unión mutua (no hablo aquí de una aventura sexual caprichosa), pero se da en un marco de referencia muy diferente al del matrimonio.

Esta entrega anticipada carece de una voluntad real de donación recíproca. Existe, ciertamente, un acto de entrega mutua, pero está teñido de circunstancialidad. Está circunscrito a la lógica de la experimentación y gozo mutuo porque no es capaz de prometer el tiempo, lo que impide que la entrega sea total. El propio Noriega, a quien estoy siguiendo en este post, afirma que “la persona es también su tiempo”, y la entrega del tiempo introduce una diferencia esencial, la misma que hay entre la donación y el préstamo. En la primera, que incorpora el tiempo, se excluye la posibilidad de reclamar lo dado; en la segunda, que lo excluye, el prestamista se reserva ese derecho a reclamar para sí lo transmitido. De modo que el amado puede preguntar legítimamente: ¿en verdad te entregas o te prestas?

Podríamos decir que la acogida del otro no es total, se introduce una reserva. Por eso, al margen de la experiencia previa de cada uno, solo en el momento en que los novios deciden despojar a las circunstancias del papel rector que les habían concedido en sus vidas y se determinan a tomar ellos las riendas de su futuro con el sí definitivo e incondicionado de su amor, se disponen realmente a abandonar la lógica de la experimentación y entrar en la lógica de la donación, del amor pleno.

Y, aunque pueda haber periodos de ofuscamiento, ese es el camino hacia la felicidad.

Sexo sin amor

09 viernes Mar 2018

Posted by javiervq in Hijos, Matrimonio

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Ricardo Yepes utiliza una gráfica expresión para referirse al sexo sin compromiso. Le llama “la sonrisa falsa” porque una sonrisa falsa es un grupo de músculos que se mueven para expresar lo que en verdad no significan.

La entrega de la mera sexualidad sin la entrega de la persona entera comparte esta condición: expresa lo que no significa. Parece querer darlo todo, pero acaba entregando solo una parte. Desde el punto de vista intencional, esta entrega puede ser absolutamente burda y superficial o puede ser sincera y honesta, aunque en ambos casos sea incompleta.

Hace tan solo unas décadas, la entrega más burda de la sexualidad, es decir, la relación meramente genital y corporal, fría, sin mayor pretensión ni afecto alguno, al más puro estilo animal (pero con la sofisticación humana del placer), solía identificarse con la prostitución. Todo el mundo comprendía que era producto de un ansia de satisfacer instintos que conllevaba una degradación de la persona, que se utilizaba como mero instrumento de placer, como mero objeto al servicio del ‘cliente’, pues de la prostituta no se esperaba otra cosa que la entrega del cuerpo. Y de un cuerpo desgajado de la persona, si eso fuera posible. Así se evitaba cualquier riesgo de vínculo emocional que pudiera complicar la cosa al cliente. Era muy importante no enamorarse, ¡y todavía más no amarse! Sin embargo, surgían problemas: costaba dinero y propiciaba la transmisión de ciertas enfermedades asociadas a la promiscuidad.

Hoy el tema se ha perfeccionado y se han resuelto en buena parte estos inconvenientes. Ya no hace falta pagar. Hay aplicaciones que te indican las personas-objeto que están cerca de ti por si quieres utilizarlas un rato. O, todavía mejor, para evitar el engorro de tener que ir buscándolas y reducir el riesgo para la salud, puedes cerrar con alguna de ellas un acuerdo, normalmente verbal, de uso recíproco de cuerpo ajeno. Para que la sonrisa sea totalmente falsa, se utiliza un eufemismo que acaba degradando no solo a la persona sino también la amistad: a ese objeto-persona se le llama follamigo/a. Lo que ya no sé es si se puede incluir una cláusula de exclusividad para reducir aún más el riesgo de padecer enfermedades de transmisión sexual.

Uno de los rasgos más destacados de la sexualidad humana es que tiende a la unión personal y la genera. El follamigo o follamiga de turno está probablemente convencido de que ese sexo desinhibido es un juego inocuo e inocente. No se da cuenta de que la relación sexual tiene, en la persona humana, lo que podríamos llamar ‘razón de amor’ y es una fuerza unitiva muy potente. Unir está en su naturaleza. Es lo suyo.

Uno de los problemas de entregar la sexualidad de esta manera tan trivial es que ese efecto de unión se sigue produciendo, aunque los follamigos no quieran verlo. Pero, claro, como se ha anulado la persona y solo se busca el placer que provoca su cuerpo, el efecto de unión se produce solo con los genitales, no se eleva al nivel de la persona. Y ya se sabe que todos los genitales ‘despersonalizados’ son igual de eficaces en lo que a generación de placer se refiere. Son sustituibles.

La consecuencia es que quienes acceden a este tipo de relación no se aperciben de que, con cada una de ellas, se van vaciando por dentro. Algo de su interior se escapa en cada encuentro y va hipotecando su capacidad de amar en el futuro. Además, de tanto tratarse a sí mismos como objetos, acaban contemplando a los demás como instrumentos de su propio placer y se alejan del ideal de amor: querer el bien del otro en cuanto otro y no en cuanto instrumento de mi propia felicidad.

A veces escandaliza la profusión de la pornografía. He aquí una de las razones de su existencia. La unión de la persona con una persona-objeto no es capaz de colmar los altos anhelos del corazón humano. No es suficiente. Y acaba sucediendo lo mismo que pasa con los objetos de verdad —el dinero, los móviles, los coches, las casas, los vestidos o los relojes—: que siempre queremos más y mejor, y vamos en pos de la última versión, de la experiencia nueva, de la más moderna sofisticación…, hasta generar una adicción.

Solo la persona entera, con exclusión de toda reserva, con todo su cuerpo y sus afectos y su voluntad y su inteligencia, con todo su presente y todo su futuro, con toda la profundidad de su ser insondable es capaz de colmar esas altas aspiraciones del alma humana.

Claro que para una entrega de esta naturaleza hace falta algo que hoy es difícil de encontrar: una libertad soberana. Solo un ser soberanamente libre es capaz de casarse. Pero de esto hablaremos otro día.

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Amor y compromiso

03 sábado Mar 2018

Posted by javiervq in Matrimonio

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En la última entrada hablé de la incapacidad de la convivencia para contrastar el amor. Y ya avancé que, por razones de espacio, dejaba muchos aspectos de la cuestión en el tintero para futuras ocasiones, aspectos que, dado el interés que el tema suscita, voy a ir abordando en esta y sucesivas entradas.

Una pregunta que enseguida viene a la mente es qué diferencia hay entre convivir estando casado y no estándolo. Aparentemente, todo es igual. Si no es porque se lo dicen, nadie podría distinguir una pareja que convive more uxorio (según la costumbre de los casados) sin estarlo de otra que convive estando casada. ¿No hacen ambas lo mismo? ¿No se quieren y están igual de enamoradas? ¿A qué este empeño en comprometerse?

Y, en efecto, mecánica y externamente, todo es igual. A mí me sucede algo parecido con mi cuñado. Los dos tenemos una edad parecida. Los dos salimos a correr varias veces a la semana. Mecánica y externamente, los dos damos las mismas zancadas y movemos los mismos músculos. Pero él es capaz de correr maratones y yo no.

¿Cuál es la diferencia? El compromiso. Él se ha comprometido consigo mismo —y con los demás, que también lo saben— a correr una maratón. Yo, no. Por eso, sus zancadas no son exactamente las mismas que las mías. Son más comprometidas, más entregadas, si se me permite hablar así de una zancada. Tienen otra proyección. Responden a un entrenamiento específico, a unos tiempos, a unos ritmos, a unas frecuencias orientadas a una meta: poder correr la distancia del maratón en un tiempo determinado. Mientras corre, su mente está concentrada en lograr el objetivo, la mía divaga en mil ocupaciones. Y, cuando no corre, su inconsciente también tiene presente esa meta que se ha propuesto, de modo que mantiene su cuerpo y su mente dispuestos para lograrla. Mi inconsciente, en cambio, sigue siendo tal, no recibe ningún estímulo que le recuerde reto ni objetivo algunos en lo que a correr se trata.

Los besos, las llamadas, la distribución de los tiempos y tareas domésticas, la gestión del ocio, las decisiones logísticas y profesionales, la organización del deporte, la relación con nuestros compañeros de trabajo, las copas con nuestros amigos, hasta las oraciones…, toda nuestra vida se proyecta de manera diferente según hayamos prometido un amor para siempre o no.

Los actos y gestos del amor parecen iguales, y lo son externamente, pero contienen un significado y un alcance muy distintos. Si de verdad hemos decidido amar sin condiciones, cada vez que besamos, fregamos, hacemos la cama, llevamos al niño al cole, acabamos el informe, cogemos la raqueta, bebemos una cerveza con un amigo, chateamos o rezamos, aunque no lo percibamos, estamos preparando nuestro músculo personal para poder correr la maratón del amor sin retorno. Tenemos la convicción —tantas veces inconsciente en el momento— de que esos actos ya no son solo nuestros, sino que forman parte de un proyecto nuevo que no es ya de cada uno, sino que nos pertenece a los dos, al matrimonio.

Tomás Melendo lo expresa con palabras más precisas: el sí incondicionado y para siempre “me capacita para amar”, afirma. Me sitúa, podríamos decir, en un nivel de predisposición, de preparación —forma física, emocional, volitiva y mental— que difícilmente alcanzaré sin una «determinada determinación» (según expresión de santa Teresa) de amar para siempre. Es como el valor para tirarse en paracaídas. Puedo intentar entrenarme para adquirirlo, pero llega un momento, el momento de la verdad, en que todo depende de la decisión, de la voluntad: salto o no salto. Si salto, tengo el valor; si no salto, no lo tengo. Si salto, no hay vuelta atrás. No tiene sentido mirar arriba como queriendo volver y recuperar la seguridad perdida del avión, he de concentrarme en el futuro, que me abre un nuevo horizonte de libertad, de nuevas sensaciones y experiencias que formarán ya parte de mí para siempre. Y es que, como explica Melendo, hay grados de virtud que no se alcanzan mediante la repetición de actos, sino con una determinación irrevocable en un momento preciso.

Cuando me he comprometido para siempre, me hago capaz de amar porque sitúo al otro, al amado, en el centro de la relación y contemplo a esta, la relación, como término y meta de mi vida. Naturalmente, la decisión me capacita, pero no me asegura el éxito; después, he de trabajarla durante toda la vida, haciéndome experto en amores, que en esto del amor no puede uno despistarse, pues la cabra tira siempre al monte como el ‘yo’ tira siempre a sí mismo.

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Amor y convivencia

27 martes Feb 2018

Posted by javiervq in Uncategorized

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Hace unos días me tocó moderar una sesión de debate con jóvenes profesionales solteros sobre la conveniencia o no de cohabitar antes de casarse cuando se hace con la buena intención de asegurar el éxito de un matrimonio que se piensa y se quiere para siempre.

El debate fue rico en argumentos y posturas, y fueron surgiendo varias ideas que, naturalmente, no puedo concentrar en la extensión de un post como este. Se barajaron argumentos de gran calado con otros de tipo más práctico, pero una conclusión se fue asentando a medida que la sesión avanzaba: no es posible. Con independencia de las razones de mayor fundamento antropológico, de las que me ocuparé en otra ocasión, se fue comprendiendo que la ‘prueba’ del amor a través de la convivencia no es humanamente posible.

¿De dónde procede la imposibilidad? Digamos que concurren, cuando menos, tres tipos de impedimentos: ontológico, cronológico y lógico.

La ‘imposibilidad ontológica’ consiste en una evidencia de tal calibre que no requiere demostración alguna: las personas no se prueban como quien prueba un electrodoméstico. Nadie lo discutió. Las personas se aceptan tal como son, y como serán, en el grado de amor que a cada una corresponde (al cliente como cliente, al amigo como amigo, al hijo como hijo, al amado como amado), pero no se prueban.

No obstante, quedaba por demostrar que tampoco la relación de amor se puede probar. Y ahí surgió el otro obstáculo: la que he llamado ‘imposibilidad cronológica’. Y es que no es posible probar una relación de futuro en función de una relación de presente. El ser humano es dinámico, -proyectivo, diría Julián Marías- y evoluciona con el tiempo. También las circunstancias que le rodean cambian. Hay matrimonios que se separan a los pocos años sin otra razón que esa evolución propia de la persona humana: ‘es que ha cambiado mucho’, afirman con sorpresa, como si el cambio y el movimiento no formaran parte de nuestras vidas. El problema no es tanto el cambio (nadie se casa con una silla o con una piedra, aunque, a veces, algunos puedan parecerlo), como el no haber estado atento a él.

En cualquier caso, esta realidad incontestable de que vamos transformándonos y avanzando en nuestra trayectoria personal con matices diversos nos indica que la prueba del amor no es posible. ¿Cuándo acaba la prueba? Porque la convivencia que surge del amor no es la misma con trabajo que sin trabajo, a los 30 que a los 60, sano que enfermo, gordo que flaco, con dinero que sin dinero. Ni siquiera la de hoy asegura la de mañana, cuando él o ella pueden caer en una profunda depresión que alterará toda nuestra dinámica vital.

Algunas parejas deciden casarse al cabo de un tiempo, cuando ya se han convencido de que la cosa funciona, porque han decidido tener un hijo y quieren darle más estabilidad familiar. Es decir, han probado todo menos lo que les mueve a casarse. O sea, la prueba no ha servido de nada, porque, cuando el hijo nazca, e incluso antes, su vida va a dar un vuelco de tal naturaleza que ninguna convivencia previa es capaz de anticipar. Para que esa convivencia nos aportara algo significativo sobre lo que asentar nuestro amor, si queremos que este sea para siempre, tendríamos que estar toda la vida probando, es decir, amando. No, el amor matrimonial no puede probarse.

Y la tercera ‘imposibilidad’ es la lógica, que también podemos llamar ‘inversión de los términos’ porque consiste, precisamente, en una subversión de la relación entre el amor y la convivencia. Quien prueba la convivencia para poder decidir si va a amar para siempre subordina el amor a la convivencia, cuando la ecuación es la contraria: ¡es la convivencia la que ha de subordinarse al amor! Es la capacidad de amar la que permitirá convivir y no la capacidad de convivencia la que permitirá amar. «Como te amo, podré convivir contigo porque, entonces, tú serás la importante y yo lucharé por acercarme a ti, como sé que tú lo harás por adaptarte a mí». Así conviven y han convivido siempre todos los amantes que han existido en la historia de la Humanidad: los padres y los hijos y los hermanos y los abuelos… y hasta los monjes de una comunidad religiosa. Porque se aman, pueden convivir. Se da en la convivencia a modo de prueba una fuerte paradoja: el amor romántico se acaba subordinando a los aspectos más prácticos y materiales.

De la entrega de la intimidad corporal sin la entrega definitiva de la intimidad personal hablaremos otro día.

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Otra forma de amar

14 miércoles Feb 2018

Posted by javiervq in Uncategorized

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Hoy, 14 de febrero, Miércoles de Ceniza y San Valentín, os propongo, para algún día de esta Cuaresma, un Viacrucis alternativo: ¡otra forma de amar!

Vía Crucis de un forastero

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Proyecto de 2 (y más…)

02 viernes Feb 2018

Posted by javiervq in Uncategorized

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Como el título de esta entrada (que tomo prestado del blog homónimo y muy recomendable de Pilar Velilla Flores) sugiere, una de las grandes ventajas del matrimonio en relación con la educación de los hijos es que somos dos. Esta afirmación parece una perogrullada, pero si uno la analiza con atención, no lo es tanto. Como todas las cualidades, esta de la dualidad puede corromperse y acabar siendo una caricatura de sí misma, lo que se produce cuando uno de los dos hace dejación de su compromiso familiar y se inhibe de la dirección y gestión de lo doméstico. En ese caso, la ventaja degenera en desventaja, lo que era ganancia se transforma en pérdida y amenaza con provocar un grave quebranto para los hijos. Como afirmaba Tomás de Aquino, corruptio optimi, pessima (la corrupción de los mejores -y de lo mejor- es lo peor). Trataré hoy solo dos aspectos que me parecen evidentes.

La primera consecuencia de la dualidad matrimonial (para que nadie se llame a engaño, hablo del matrimonio como unión entre un hombre y una mujer) es la diferencia sexual. Nuestros hijos aprenden de manera espontánea y vivencial, sin necesidad de grandes discursos argumentales, que su padre y su madre no son cada uno de ellos una totalidad, sino una polaridad sexual, que se han necesitado mutua y complementariamente para generar la vida que él ha recibido. Esta experiencia genera una sabiduría prudencial en nuestros hijos que amortigua el embate continuo del constructo intelectual de la ideología de género radical y su confusión entre identidades sexuales.

Ahora bien, la premisa para que esto se produzca de manera efectiva es la presencia de los padres, del padre y de la madre, porque su ausencia dificulta y enturbia la asimilación por parte del hijo de la diferencia de roles y de modelos masculino y femenino. Nuestros hijos necesitan tener bien cerca, de manera palpable, cognoscible e imitable, un modelo de varón y un modelo de mujer ante quienes contrastar las indiferenciadas propuestas andróginas que les ofrece (hoy, más bien, impone) la sociedad. Y esto es particularmente importante en la preadolescencia y la adolescencia, períodos en que van afirmando su identidad sexual, e incluso antes.

La segunda cualidad matrimonial que quería comentar es la diferencia de estilos mentales y afectivos. A nadie se le escapa que una de las grandes riquezas del matrimonio es la suma de dos personalidades, que no es una suma aritmética sino más bien una progresión geométrica. En efecto, no vamos al matrimonio a anular sino a sumar personalidades. “Si mi marido se anula, ¿qué me queda para amar?”, se pregunta Marta Brancatisano en “La Gran Aventura”. Es fácil que venga a la memoria el recuerdo de algún genio universal que, llegada la vejez y después de haber anulado por completo la personalidad de una mujer consagrada generosamente a su admirado esposo, henchido de su enorme ego, se olvida de ella y se va con otra que le alegre la vejez.

No es este el camino. Al contrario, interesa que cada cónyuge crezca como persona todo lo que sea capaz con la ayuda del otro, porque ese crecimiento mutuo es lo que enriquece al matrimonio, aunque implique un mayor esfuerzo en la construcción del espacio común y personal.

Pero lo que ahora me interesa destacar es que nuestros hijos también tienen derecho a ese crecimiento en equilibrio de la personalidad de su padre y de su madre. Y no solo al crecimiento, sino a su implicación, más aún, a su compromiso en la dirección y gestión de la familia y de lo familiar (no hace falta recordar aquello del plato de huevos con chorizo, en el que la gallina se ha implicado, pero el cerdo…, el cerdo en verdad se ha comprometido).

Cada uno de nosotros tenemos nuestro estilo afectivo y mental, y nuestros hijos tienen derecho -¡sí, derecho!- a que ambos estilos, el de su padre y el de su madre, se hagan presentes en condiciones de igualdad, con la misma fuerza e intensidad. Es evidente que algunos hijos se parecerán más al padre y otros más a la madre, ya sea en los ritmos, en los afectos, en las capacidades, en las tendencias o en cualquier otro aspecto de la personalidad.

Pues bien, si uno de los padres se inhibe y no se corresponsabiliza en el establecimiento de los criterios, pautas, límites, instrucciones, modos de actuación, actitudes, etc., que han de regir su familia, habrá un grupo de hijos, los que más se parezcan a ese progenitor, que siempre irán a contracorriente, mientras que el resto, los más parecidos al progenitor que lleva la batuta, irán siempre a favor de la corriente. Unos tenderán a estar más incómodos con el funcionamiento de la familia, mientras que los otros estarán en su salsa. Los más bohemios disfrutarán cuando dirija el progenitor más flexible, mientras que los más disciplinados descansarán con el programa metódico del otro progenitor.

Se mire por donde se mire, la conclusión es siempre la misma, la del título del blog de mi amiga Pilar: es un proyecto para 2 (¡y mucho más!…).

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