Hoy iba a escribir sobre otro pensamiento automático, pero esta semana he vivido dos experiencias similares que me han hecho cambiar de tema. Por dos veces he oído la expresión, que ya había escuchado en el pasado, “menos misas y más misericordia”, y me he animado a escribir sobre ello.
Por aquellos enigmas de la mente, la frase me ha recordado aquella otra que la historiografía pone en boca de Enrique III de Navarra y IV de Francia y que probablemente nunca pronunció: “París bien vale una misa” (Paris vaut bien une messe). Aunque tenía derecho al trono por sucesión, su condición de protestante calvinista despertó la oposición de las grandes potencias católicas y, después de fracasar en la toma de la corona por la fuerza, decidió convertirse al catolicismo para acceder al trono de la muy católica Francia, y alguien le atribuyó la frase que ha quedado como símbolo de poca firmeza en las convicciones. Solo Dios sabe si su conversión fue sincera.
A mí me ha traído a la memoria aquella otra de Groucho Marx: “¡Estos son mis principios! ¡Y si no le gustan…, aquí tengo otros!” Y, en parte, por eso quiero hablar de la misa y la misericordia, es decir, del amor.