Una de mis extravagancias consiste en intentar encestar los objetos más variados en sus recipientes… o en cualquier lugar que pueda acogerlos. Me gusta lanzar los lápices al cubilete, el cepillo de dientes a su vaso y los papeles a la papelera. En nuestra familia, cuando utilizamos servilletas de papel, no es raro que al terminar la comida se entable una competición: a ver quién consigue encestar su servilleta arrugada en forma de pelota en el vaso más lejano de la mesa, juego que a mi mujer no le acaba de convencer del todo.
He de decir que he adquirido bastante destreza (en tirar, que no en encestar). Una vez, tiré un cuchillo a la cesta del lavaplatos desde la imprudente distancia de un metro y medio y, claro, fallé, el cuchillo dio a una copa de borgoña y se hizo añicos. ¡Quién será el burro que pone una copa de vino al lado de la cesta de los cubiertos!, pensé.
Y, con esta expresión, incurrí en el último pensamiento automático que quiero comentar: las atribuciones negativas, porque, entre nosotros, lo lógico hubiera sido pensar quién es el idiota que lanza cuchillos a la cesta del lavaplatos a metro y medio de distancia.