Un asunto crucial en la educación y, en general, en las relaciones humanas es el de la libertad. En más de una ocasión he recordado las palabras con que Luis Bordonaba, gran profesor y mejor persona, comenzó una conferencia sobre la adolescencia a la que tuve la fortuna de poder asistir: “cuando se trae un hijo al mundo, solo hay un objetivo: ¡sacarlo de casa!” Después explicó que “sacarlo de casa” consistía en educarle para la libertad, para que sea él mismo, autónomo, resistente y real lo antes posible. Hoy diríamos: empoderarle.
Podríamos preguntarnos: entonces, ¿hasta qué punto es bueno que en nuestra tarea educativa ejerzamos una profunda influencia en nuestros hijos? Si así lo hacemos, ¿no estaremos impidiendo el desarrollo de su propia personalidad?
