Como sucede en tantas familias, cuando mis cinco hermanos y yo empezamos a volar y mis padres se quedaron con el nido vacío, mi madre (q.e.p.d.) nos pidió que fuéramos un día a la semana a comer, cosa que, naturalmente, hacíamos de muy buen grado. De hecho, durante los primeros años de vida independiente, más de uno intentaba colarse a diario para comer gratis en casa de nuestros padres. A pesar de ser seis varones, cinco casados, las nueras estaban encantadas porque mi madre fue siempre una suegra muy poco ‘suegra’.
Después, vinieron los nietos y a la comida de los martes se añadió otra los sábados, para que los abuelos pudieran disfrutar de hijos y nietos. De hecho, el sábado devino pronto el día principal de encuentro. Como somos algo prolíficos, la comida con tanta gente se fue haciendo complicada y mi madre decidió transformarla en merienda-cena, más informal. Mis padres cuidaban todo al mínimo detalle para que nos encontráramos cómodos y pudieran disfrutar de nosotros, y nosotros de ellos. Los bocadillos, quesos y demás comida que sabían nos gustaban, las pastas de las pastelerías favoritas, las bebidas que cada uno prefería… y, con el tiempo, una canguro (babysitter, para los de fuera de España) que atendiera a los más pequeños y a los más gamberros de los nietos.
