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Familiarmente

~ Ser y vivir en clave de familia

Familiarmente

Publicaciones de la categoría: Familia y sociedad

50 años del Fert

30 domingo Sep 2018

Posted by javiervq in Familia y sociedad

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Hace 50 años, un grupo de padres tuvo una inspiración: volver a la escuela para formarse como padres y como esposos y llevar a la familia el método del caso. Formarse para lograr el éxito en la única empresa que vale la pena emprender: la familia. Luchar para que cada niño pueda vivir siempre con sus padres, perciba su amor y tenga la seguridad de que ellos también se quieren y procuran con competencia lo mejor para él.

Esos padres constituyeron primero una asociación, el Fert, y después muchas otras. Y llevaron su entusiasmo al mundo entero. Hoy, esa locura que iniciaron unos pioneros a finales de los años 60 ha dado como fruto la ONG dedicada a la familia con presencia más activa en Naciones Unidas. La IFFD, que surgió del Fert, imparte cursos en casi 70 países de los cinco continentes y ha ayudado a cientos de miles de familias en todo el mundo a encontrar su propio camino hacia la felicidad.

Hoy, en el Fert, con estos cincuenta años a la espalda, podemos decir con satisfacción, con legítimo orgullo y, al mismo tiempo, con la humildad de quien sabe que ha avanzado subido a los hombros de aquellos gigantes que nos precedieron, que… hemos dado nuestro primer paso. Un paso pequeño, cincuenta años no son nada para una organización que aspira a acompañar a la humanidad el resto de sus días, pero un paso firme y decidido.

Por eso queríamos celebrarlo. Y lo hicimos ayer, en el aula magna de la Universitat Internacional de Catalunya, con todos los que estamos hoy aquí y con todos aquellos que, en algún lugar del Cielo, contemplan admirados la magnitud de la obra que ayudaron a crecer.

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El Cielo son los otros

29 miércoles Ago 2018

Posted by javiervq in Crecimiento personal, Familia y sociedad, Matrimonio

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En un lugar de esta tierra de cuyo nombre no quiero acordarme, una persona cuyo rostro he olvidado me describió el otro día un programa de televisión cuyo título sí retuve aunque intentaré no recordar: First Dates. Lo vino a definir como una feria de los egoísmos más burdos, en que se ponen en contacto dos personas que se dedican a buscar un apéndice para sus vidas, un títere que les acepte sin pretender de ellos ningún esfuerzo, mucho menos algo que lejanamente se parezca al amor.

Este comentario divertido en una comida de amigos me trajo a la memoria una frase que se ha convertido en un lugar común aceptado acríticamente en la concepción actual de la libertad: “mi libertad termina donde la de los demás empieza”. Se trata de una visión individualista de la libertad humana que, como afirma Bellamy, considera la sociedad como una yuxtaposición de libertades en la que las libertades de los demás se presentan como una amenaza constante a la mía. Ciertamente, si mi libertad termina donde comienza la de los otros, la convivencia en sociedad es un juego de suma cero (cuando uno gana, otro pierde) en el que, cuanta más libertad tienen los que me rodean, menos tengo yo y viceversa, de modo que he de estar siempre atento a defender mi propia parcela de libertad, no vaya a ser menoscabada por la libertad ajena.
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Hijos del amor más puro

24 viernes Ago 2018

Posted by javiervq in Familia y sociedad

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Pido disculpas de antemano por este exceso sentimental, pero hoy se me han juntado dos emociones fuertes: he ido a Lourdes con mi familia y una buena amiga de mi mujer le ha dicho que espera… ¡el undécimo hijo!

Estos dos impactos han bastado para traerme a la memoria un texto que escribí hace tiempo y he decidido traer aquí:

Desde siempre apostaste por la vida. Desde el primer momento supiste, sin que nadie te lo dijera, que aquel acto sublime, corolario y no principio del amor, en que el alma se hace cuerpo y la vida se acaricia, en que se encarna tu entrega de vida y de por vida, aquel acto extremo y casi sagrado en que la sexualidad culmina, era cosa vuestra y sólo vuestra. Desde el principio te opusiste tenazmente a que cualquier elemento ajeno a ti misma, extraño a tu naturaleza se interpusiera entre tú y la vida y cortara el vuelo del amor.

Desde la primera vez sentiste que en aquel acto rodeado de placer se empeñaba toda tu persona, cuerpo y alma, sin tacaño regateo. Y comprendiste que ese empeño, esa entrega, ese continuo regalo de ti misma que es tu vida conyugal sólo era posible en un gesto de suprema libertad. Sabías, como sabes, que sólo quien es auténticamente libre es capaz, en un acto de radical y casi loca libertad, de poseerse a sí mismo por completo y entonces, y sólo entonces, una vez liberado de cualquier externa coacción, entregarse del todo y para siempre.

Desde que en ti nació la vida primeriza contemplaste admirada cómo se desbordaba tu humana plenitud y ya nunca quisiste poner trabas al amor. Desde entonces intuiste con cegadora claridad que un gen divino impregnaba, en un acto único e irrepetible, vuestros humanos genes que se unían… y viste -porque es cierto que lo viste- crecer en tu seno al hijo de vuestro amor bajo Su mirada, la mirada de un Dios que lo hizo imagen de Sí mismo para siempre. Y supiste que en ti la vida tendría siempre ancho margen y holgura en que moverse. Y ella campeó por ti sabiendo que tu generosidad la regalaba.

Pero hoy, sin esperarlo, la vida te ha visitado de nuevo y aún no sabes qué pensar. Le dejaste un resquicio generoso –acaso sin saberlo bien del todo- y ella, como siempre, ha penetrado por él y se ha hecho forma, hijo. Justo ahora, que apenas respirabas. Ahora, que creías haber llegado a la frontera del amor, porque… ¡son ya tantas las vidas que albergaste y te consumen! Ya casi nadie comprendía tu locura, pero ahora…: “¡Otro!”, dirán con sonsonete las voces agoreras. Y tú, en tus pensamientos: “¡Señor! ¿Ahora? ¿Cómo lo haré si ni tan sólo lo deseo?» Y en tu memoria traicionera revolotean aquellas palabras que en mala hora pronunció alguien que nunca supo del Amor la esencia pura: “los hijos no deseados no reciben el mismo amor”.

¡Qué sabrán ellos del Amor y sus dolencias! ¿Qué sabrá quien no ha entregado su vida? ¿Qué sabrá quien no se ha hecho libre por un día y para siempre; quien no se ha hecho hombre entero, mujer entera; quien no se da por miedo a malograr lo que le dieren? ¿Qué sabrán…? Tú sí lo sabes, y hoy quiero recordarte que este hijo que esperas, pero acaso no deseas; que no buscaste, pero fuerte sostienes; que te cuesta, pero amas cada día… es el hijo del amor más puro, de aquel amor que muchos siquiera soñarán que existir pueda.

Este es el hijo de un amor sin concesiones, de un amor que a pulso nace y corre y vuela, de un amor que enraíza en tierra extraña y a fuerza de rasgar encuentra el agua y luego crece y crece… y crece y crece.

Es el hijo del amor más verdadero, de aquel que deja atrás al sentimiento y elige cada día a quien se entrega. Y es el amor que quiere aunque no quiera -¡qué triste es desear si no se ama!-. Es el amor que ríe y llora y clama… y al cabo sólo sabe amar a aquél a quien espera. Es el amor del ángel, de Dios mismo, hecho de don, de libertad, servicio. Es el amor que nada espera, que sólo ama porque sólo amar es su existencia.

Y este amor que tanto cuesta hacer afecto es el amor que más se eleva, que mejor llega y más hondo penetra en la persona amada. Por eso, cuando escuches a aquellos que no supieron del amor sincero, diles -o piensa sólo- que el deseo si está solo es egoísmo y el amor si solo está es amor más puro.

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Los desheredados

14 martes Ago 2018

Posted by javiervq in Familia y sociedad, Hijos, Libros

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Cuando se estrenó la película La Pasión, dirigida por Mel Gibson, salía yo del cine y escuché, delante de mí, a dos jóvenes debidamente rasurados y tatuados entablar una conversación parecida a esta:

  • ¡Qué tío, el Jesús ese! ¡Qué huevos (en realidad, la expresión fue menos metafórica)! ¡Cómo le contesta al Pilatos!
  • ¡Sí, tío!… Oye, ¿y el que se ahorca era el Pedro o el Judas? ¡Es que se parecían un huevo!

Me ha venido a la memoria esta escena tras la lectura de un libro muy recomendable que me aconsejó mi buen amigo Álex Jordán: “Los desheredados, por qué es urgente transmitir la cultura”.

El libro, escrito por François-Xavier Bellamy, un joven profesor de filosofía francés, aborda con especial lucidez la evolución de la educación en la modernidad. El autor conecta la conclusión de Descartes (solo lo que yo piense es claro e indubitado), con la intuición de Rousseau (la transmisión de la cultura ha introducido la maldad y degradación humanas: la ignorancia del ‘buen salvaje’ es el estado del ser humano que le aportará la sabiduría natural. Véase, como demostración de su influencia, la película Avatar) y culmina con el desarrollo del marxista Bourdieu (la escuela, la familia, la iglesia… son lugares de coacción en los que se perpetúan las diferencias sociales al transmitir un capital cultural clasista contra el que hay que luchar para no condicionar a los estudiantes).

Estos tres autores, junto con otros, han ejercido, en efecto, una decisiva influencia en el rechazo de la transmisión del conocimiento en la educación actual, donde prevalece la apuesta por los recursos, los medios, los debates…, frente a la transmisión del saber mediante el estudio, la lectura y la memorización.

“El desarrollo de las nuevas tecnologías -afirma el autor- deja entrever, en efecto, la posibilidad de un cumplimiento inaudito de la promesa de Rousseau, el de una infancia liberada, por fin, de toda transmisión. Porque, de ahora en adelante, todo el saber estará accesible en Internet y ya no es necesario imponer a nuestros sucesores la condena de tener que aprender”.

La tesis del autor es la que todos intuimos: “el hombre es, por naturaleza, un ser necesitado; y, en la primera línea de las necesidades que le afligen, se encuentra la cultura”. El ser humano es un ser “de mediación”, no es in-mediatamente hombre; necesita a los otros, le es precisa la mediación de los demás para llegar a ser él mismo. Y una mediación esencial es la de la cultura.

“Aprender de memoria es dejar que un texto, una música, un saber nos habiten, nos transformen, eleven y aumenten nuestro espíritu y nuestro corazón hasta la altura que le es propia”. Aprender un poema no es lo mismo que encontrarlo en la web, porque los versos aprendidos habitan en nosotros y nos conforman y configuran como seres humanos. Nada hay más hermoso, afirma Bellamy, que aprender de memoria, “par coeur”, “by heart”.

Y otro tanto sucede con el lenguaje. Hace falta cierta riqueza de vocabulario para ser capaz no solo de expresar, sino también de sentir las emociones. ¿Cómo va a poder distinguir un joven con lenguaje empobrecido entre “amar”, “estimar”, “apreciar”, “admirar”, “agradar”, “adorar”, “querer”, “adular”…?, se pregunta el autor, con acierto y preocupación.

El aprendizaje esforzado de la cultura, de una cultura determinada, y no la informe universalización indiferenciada que hoy proponen las tecnologías, contribuirá mucho más a la paz y el respeto en el mundo que todos los debates escolares y asignaturas de educación ciudadana: “recuerden a los estudiantes, en todos los reglamentos y documentos que quieran, que el sexismo está mal; reúnan a los universitarios para hacerles reflexionar sobre el respeto al otro; todo eso no servirá para nada. En cambio, háganles estudiar la vida de Juana de Arco, su historia, su proceso; denles a leer a Madame de La Fayette; háganles aprender todo lo que Madame Curie ha dado a la ciencia: ¿cómo podrá ni un solo alumno afirmar después que la mujer es inferior al hombre?”

No importa qué cultura se transmita, en cada lugar la suya, porque solo el amor a una cultura podrá generar la admiración y el respeto por las otras, al igual que el amor a unos padres, con sus luces y sus sombras, nos permite reconocer y respetar el amor que los demás tienen a los suyos.

Pero, para transmitir la cultura hace falta esfuerzo… y una autoridad que lo exija: “a veces parece como si estuviera creciendo una generación de niños salvajes, una generación de jóvenes abandonados a la inmediatez compulsiva de sus apetitos, instintos e impulsos”. Transmitir lo mejor que hemos recibido no limita la autonomía de nuestros hijos, sino que les abre el camino a la libertad con la que podrán decidir su propia trayectoria, cercana o alejada de la nuestra. “No hay acto de amor más grande que el acto de la autoridad”, llega a afirmar Bellamy, de una autoridad que muestra al niño un verdadero interés por él que nunca podrá percibir en la indiferencia de quien nada exige ni prohíbe.

Volviendo a la anécdota con la que he empezado, recuerda el autor que la ignorancia vuelve mudas las estatuas, indescifrables los cuadros y las imágenes, incomprensibles los textos, ininteligibles las catedrales, irreconocibles nuestros más cotidianos rituales y expresiones.

La conclusión del libro (una de ellas) es demoledora: al abandonar la transmisión de la cultura, engendraremos, ciertamente, el buen salvaje que soñaba Rousseau, pero ese salvaje, desheredado de toda herencia cultural, ha perdido toda posibilidad de dar cumplimiento a su humanidad y solo encuentra un medio para imponer sus ideas propias: la violencia. “Lo constatamos ya: en todos los terrenos en los que la autoridad ha desertado prosperan los radicalismos más delirantes y la violencia más absurda. Si la familia y la escuela persisten en la renuncia del papel que deben jugar, pronto tendremos que recordar que ‘las civilizaciones son mortales’”.

¿Estaremos acelerando la muerte de la nuestra?

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Al final lo que dice de que no sabrán apreciar nada

Amor encofrado

26 jueves Jul 2018

Posted by javiervq in Crecimiento personal, Familia y sociedad, Matrimonio

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Mi hija Belén, de 19 años de edad, está en la India, con un grupo de jóvenes, haciendo un voluntariado (ellos prefieren llamarlo compartiriado) organizado por una asociación que se llama Hakuna, impulsada por un sacerdote católico: José Pedro Manglano (Don Josepe para los amigos). Bueno, lo de ‘grupo’ de jóvenes es un eufemismo, ¡porque son 200! Para que sepamos que siguen con vida y cómo sigue su vida, nos van mandando, a los padres, las cartas que van escribiendo algunos de ellos.

En una de las últimas, después de describir con realismo las calles de Calcuta, las ratas correteando, los cuervos graznando, las basuras exhibiéndose sin rubor y los mil hedores pugnando por sobresalir, hay frases como estas: “a la gran mayoría de pacientes que hemos tratado, Dios les ha entregado una cruz con la cual han tenido que cargar toda su vida cargada de miseria, falta de amor y tristeza” (…) “Nosotros tenemos la suerte de tener familias maravillosas que nos lo han dado todo sin dar nada nosotros a cambio. Una de las lecciones que hemos comprendido es la necesidad de dar sin tener que recibir nada a cambio, nos sentimos tan agradecidos”.

La pregunta, en un blog dedicado a la familia y al matrimonio, y retomando ya la serie de posts sobre el amor y sus opuestos, es inevitable: ¿por qué nos olvidamos tan fácilmente de que es posible dar sin tener que recibir nada a cambio? ¡Qué extraña suena esta frase en nuestro entorno! Nos hemos acostumbrado a vivir una caricatura del amor, un supuesto “amor” egocentrado, exigente y caprichoso. ¿Qué le ha pasado al amor en Occidente que se parece más a una exigencia que a una entrega? ¿Será necesario ir a Calcuta para volver a aprender a amar?

De eso va el post de hoy, del amor avaro. Una contradicción en los términos y, sin embargo, una experiencia diaria. Es el ‘amor’ de la primera persona, el de ‘mis’ derechos, ‘mi’ fama, ‘mi’ prestigio, ‘mi’ orgullo herido, ‘mi’ tiempo, ‘mi’ carrera, ‘mi’ deporte, ‘mi’ realización personal, ‘mi’ seguridad, ‘mi’ dinero, ‘mi’ futuro, ‘mi’ jubilación, ‘mis’ planes de pensiones… y, después, si encajas en todo esto, y solo entonces, vendrás ‘tú’.

Ego, ego, ego, ego…
Y va balando el borrego.

¡Qué poco original! Andar todo el día a vueltas con uno mismo. Vivimos en el siglo y en el lugar de las seguridades y estamos intranquilos, nos falta siempre algo, nos sentimos vacíos. Y algún joven desprendido nos tiene que recordar de vez en cuando que, sí, ¡se puede ser feliz en un centro de tuberculosos de Calcuta!

Y, claro, por ese camino de comodidad, seguridad, tranquilidad y desarrollo personal se nos acaba marchitando el amor.

Nos hemos creído tanto aquello de “nadie da lo que no tiene” que nos hemos centrado en tener y nos hemos olvidado de dar. Habrá que recordar una vez más que, cuando de amor hablamos, es igualmente cierta la afirmación contraria: “nadie tiene lo que no da”. Lo que no se entrega, lo que se conserva y se guarda para uno mismo se pierde para el amor. El tiempo que no regalamos, la sonrisa que no ofrecemos, el beso que no damos, la incomodidad que no aceptamos, la aventura que no emprendemos, la locura que no vivimos en esa disparatada, ¡y tan humana!, osadía de un amor que no calcula la intensidad de su entrega…, todo esto caduca y se pudre en nosotros para siempre.

Hay amores encofrados, que van acumulando objetos en el cofre de su propio esplendor. Pero todo el mundo sabe que los cofres que no se abren acaban siempre en el desván con sus abalorios roídos y apolillados. ¡Cuánta razón tenía santa Teresa de Calcuta!: quien no vive para servir, no sirve para vivir.

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Amor que bosteza

12 jueves Jul 2018

Posted by javiervq in Familia y sociedad

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En los posts anteriores he hablado de lujuria y de ira. Ahora le toca a la pereza, que también amenaza al amor.

El secreto de la desgracia del ser humano -enseñaba Armando Segura en una conferencia a la que tuve ocasión de asistir hace unos años- es considerar el punto de partida como punto de llegada. Y el secreto de su felicidad, considerar el punto de llegada como punto de partida.

En efecto, seguía explicando, el ser humano, para ser esencialmente lo que es, vive fundamentalmente de lo que no existe. Lo que existe, lo que conoce, lo que tiene es siempre punto de partida, y el hombre que se limita a conservarlo (el conservador por naturaleza) es un desgraciado, pues no tiene tarea. O, peor aún, se tiene a sí mismo como tarea.

El hombre sin tarea, sin misión, concluía, es el mayor desgraciado del mundo. Es el hombre que sólo se tiene a sí mismo, que no sueña, que no avanza, que sólo se repite. Es el drogadicto, el alcohólico, el adicto al sexo, para quien su tarea es la repetición y su punto de partida es siempre punto de llegada, ya conoce el final, siempre conoce el final al que está irremisiblemente atado.

Es curioso cómo el amor inteligente, activo, imaginativo y sagaz, tan característico de la época de conquista, puede llegar a degradarse en un amor tonto, perezoso, romo y obtuso, incapaz de activar ningún resorte de atracción. Suele suceder cuando el amante consigue el amor tan deseado y lo confunde con un apéndice de sí mismo en lugar de verlo como su propio proyecto de vida.

Hay parejas que se separan por aburrimiento. El aburrimiento suele tener dos causas: la autocontemplación y la pereza. La primera es evidente: si me centro en mí mismo, me aburro porque ya me conozco mucho. La segunda, también: si no activo mis neuronas y mis músculos emocionales para actualizar mi amor, acabo, por defecto, centrado en mí mismo. Y me acaba dando pereza salir de mí.

Otras, al contrario, se separan por exceso de cambio. ¡Es que ha cambiado tanto!, dicen, con sorpresa, como si de repente cayeran en la cuenta de que no se casaron con un mueble, sino con una persona, que crece y decrece y va y vuelve y se mueve y evoluciona, que es dinámica, proyectiva y futuriza. Normalmente, lo que sucede no es que el otro haya cambiado mucho, sino que yo no he estado atento a su evolución y me he quedado atrás, en mi pobre y aburrido mundo personal.

Hay que vivir el amor en ‘modo conquista’. ¿Quién no recuerda aquella época en que el amor era activo, diligente y perspicaz? ¿Aquellos días, semanas, meses o años en que lo único importante era ella/él y nada costaba esfuerzo porque el sentimiento nos llevaba en volandas?

Esa es una de las grandes virtudes de la fase de enamoramiento, enseña José Pedro Manglano en Construir el Amor: que nos enseña al principio el final. Aquella actitud pronta y decidida, dispuesta a enfrentarse al mundo entero para conquistar a la persona amada es la que hemos de recordar y actualizar. Hay que volver la vista atrás y sacudirse esa pereza existencial que amenaza con instalarse en nuestro matrimonio. ¿Qué puedo hacer? ¡Lo que sea! ¡Todo menos estar parado, estancado! ¡Es mejor equivocarse por exceso que por defecto! ¿Qué hacíamos? ¿Qué le atraía de mí? ¿Qué espera? ¿Qué puedo darle?

¡No hemos llegado! ¡Partimos ahora! Poco importa la mochila que llevemos, los años que tengamos ni lo torpes que hayamos podido llegar a ser en el pasado. ¡Ahora es el momento de comenzar de nuevo! No mañana; ¡hoy! Ahora mismo me pongo a erradicar aquella erosionante rutina de la crítica, a fortalecer el músculo atrofiado del cariño, a recuperar aquel hábito perdido de la delicadeza o a generar de nuevo la confianza ciega que he ido minando yo mismo con mi constante escepticismo…

Contra pereza, diligencia, decían nuestras abuelas cuando no se tenía vergüenza de llamar a las cosas por su nombre. Nuestra mujer, nuestro marido lo merecen. Y nosotros, también, porque, incluso cuando somos incapaces de verlo, allí está nuestra felicidad: en nuestro amor de siempre.

Solo queda una advertencia: dejarse amar. Todo un aprendizaje. Si tu marido o tu mujer intenta algo nuevo o viejo o torpe o ingenuo, pero lucha por amarte más y mejor, no frustres su iniciativa. Déjate amar. Acepta el don, el regalo. ¡Son tantas las veces que ahogamos el amor antes de que pueda acabar de expresarse!

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Amor airado

05 jueves Jul 2018

Posted by javiervq in Crecimiento personal, Familia y sociedad, Matrimonio

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Cuentan que Julián Marías se dirigía en una ocasión a la universidad con un amigo, se detuvo a comprar el diario en su quiosco habitual y el quiosquero, malhumorado, le trató a cajas destempladas. Julián Marías, en cambio, le respondió con exquisita educación, como si aquello no fuera con él. El amigo, entre sorprendido e indignado, le preguntó después si aquel hombre era siempre así y quiso saber por qué él no le pagaba con la  misma moneda. Julián Marías le explicó entonces que no le compensaba: había decidido hacía ya tiempo que no iba a permitir que aquel hombre malcarado decidiera su propio estado de ánimo, de modo que, fuera cual fuera el que él tuviera esa mañana, nunca lo variaba como consecuencia de las provocaciones del quiosquero, que era, ciertamente, un hombre amargado.

Afirma Aaron Beck en alguno de sus libros: “cuando las parejas se pelean, se establece una progresión: primero, perciben que han sido agraviados de alguna manera; segundo, se enojan; después se sienten impulsados a atacar; y, por último, atacan. Es posible interrumpir esta secuencia en cualquier etapa”.

En efecto, en cualquier momento de la estructura psíquica del enfado podemos intervenir eficazmente…, aunque cada paso lo hace más difícil.

Mi consejo, por lo tanto, es centrarse en el primero, que somos nosotros mismos. Es evidente que, si no hay agravio, no hay enfado. Es un ejercicio interesante. Demasiadas veces estamos tensos por alguna razón que no acertamos a concretar y esa tensión intensifica nuestra susceptibilidad y magnifica los agravios.

Creo que el primer paso para mejorar en nuestra gestión del enfado es conocer los enemigos de nuestra paz emocional. Y me refiero al enfado interior o exterior, porque, aunque en determinadas personas no se manifieste, sigue estando ahí. No hace falta ser psiquiatra. Con el tiempo y un poco de entrenamiento, uno acaba conociéndose.

Por ejemplo, yo tengo comprobado que, cuando me espera un acto público, sea una conferencia, un juicio oral, un speech o una simple charla, lo que, por mi profesión y ocupaciones habituales, sucede con bastante frecuencia, tengo riesgo de especial susceptibilidad. Pero también tengo contrastado que, si las preparo con antelación (lo que no siempre es posible), soy capaz de reducir y hasta eliminar la tensión aneja a la inminencia de estos eventos.

Comprendo que, para muchos de los lectores, lo que acabo de decir resulta una Perogrullada, pero a mí, que debo de ser un poco tocho en esto de la gestión de las emociones, me ha costado años llegar a esta conclusión y descubrir que la gran mayoría de mis enfados (interiores, porque no suelo exteriorizarlos) durante esos períodos obedecen a esa causa.

Y, solo por el hecho de saberlo, puedo (no siempre lo logro) conseguir dos interesantes efectos: desasociar la conducta de los otros de mi propio enfado, es decir, no atribuir mi estado de ánimo a los demás, y llegar a no percibir esos agravios que antes me irritaban.

Esto segundo es muy interesante y puede extenderse a todos los periodos de nuestra existencia, sin limitarse a los de especial tensión. Consiste en aquello tan simple y tan difícil de olvidarse de uno mismo, reclamar el derecho a no tener derechos, del que creo haber hablado ya en algún otro post. Si uno no se cree con derecho a nada, no hay nada que le moleste, porque todo se convierte en un regalo.

Quizás este nivel es pedir demasiado (aunque yo conozco a un par o tres que parecen haberlo alcanzado), pero ir eliminando agravios tontos, que no son tales y que obedecen a nuestra tantas veces exagerada autoestima, léase soberbia, que tanto nos molesta rebajar, tampoco es tan complicado. Eso sí, requiere lápiz y papel, agenda digital o una buena memoria.

Por ejemplo, a partir de ahora, no me enfadará que mi hijo adolescente utilice conmigo expresiones habituales que usa con sus amigos. Le corregiré, naturalmente, pero no alterará mi humor. Tampoco me enfadaré ni me desanimaré cuando mi mujer o mi marido vuelva a informarme tardíamente de un plan que nos compromete a los dos. Se lo diré y le pediré más delicadeza y el uso de los recursos que la tecnología ha puesto a nuestro alcance para suplir la falta de memoria, pero no alterará mi estado de ánimo.

¿Y por qué no me alterará?, podríamos preguntarnos. Porque lo he decidido de antemano y mi mente lo ha procesado. Hacerme de nuevo cada día. Sencillo y apasionante, como el amor. Un verdadero reto. Casi un atrevimiento.

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El triunfo del macho

21 jueves Jun 2018

Posted by javiervq in Crecimiento personal, Familia y sociedad

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El verdadero éxito en cualquier negociación, suele decir un buen amigo mío, es que el enemigo se salga con la nuestra. Es decir, que lo que a nosotros nos gustaría lo proponga él. Difícil. Aquí no voy a hablar de enemigos, sino más bien de amigos, amigos complementarios. Traigo este comentario a colación porque, de un tiempo a esta parte, tengo la sensación de que, en algunos ámbitos de nuestra sociedad, el ‘macho’ (o sea, el hombre en crudo), normalmente mucho más torpe que la mujer en el manejo de lo humano, ha logrado llevar a la mujer a su terreno en lo que a relación sexual se refiere, y ha acabado imponiendo los modos masculinos de experimentar esta relación.

Esos modos los explica bien Juan de Dios Larrú cuando confronta la vivencia de la sensualidad del varón y de la mujer: el varón tiene una sensualidad más fuerte y acentuada, más impetuosa, y experimenta una tendencia espontánea hacia la posesión del cuerpo femenino desgajado de la persona (si eso fuera posible), como mera carne que sacie un impulso sexual. Gracias a Dios, es solo una tendencia y es reversible. Pero ahí está. Se puede hacer un experimento: si uno se sienta en cualquier calle o plaza concurrida, sobre todo, ahora, en verano, y se fija en la mirada del varón a la mujer, en especial de ciertos varones, observará sin dificultad que, tendencialmente, se trata de una mirada, digámoslo así, ‘anatómica’. Una mirada que repasa el cuerpo… o se detiene en él, unas veces con descaro, otras con disimulo. Ya después descubre la persona, pero lo primero que avista es el cuerpo.

En cambio, la mirada de la mujer al varón es una mirada ‘psíquica’, no analiza tanto el cuerpo como las intenciones, los sentimientos, el estado interior. Se detiene más en el vestido que en el cuerpo porque el vestido expresa la personalidad, mientras que el cuerpo, en lo que tiene de más material, es casi siempre estandarizable. En síntesis, como explica el autor citado, la mujer experimenta una sensualidad más afectiva, menos corporal, más espiritual, si se quiere. Edith Stein lo explica de manera mucho más poética: “yo pienso que la relación entre alma y cuerpo no es completamente la misma, que la unión natural al cuerpo es de ordinario más íntima en la mujer. Me parece que el alma de la mujer vive y está presente con mayor fuerza en todas las partes del cuerpo y que queda afectada interiormente por todo aquello que ocurre al cuerpo”.

La consecuencia de esta diferente vivencia de la sexualidad es que a la mujer le resulta más extraño que al varón entregar su cuerpo a otro sin entregar su persona, es decir, sin sentir, no solo emocional sino también espiritual, vitalmente, una unión más plena, mientras que el varón es más capaz de separar cuerpo y alma. O eso piensa, porque la verdad es que son inescindibles y todo lo que al cuerpo le sucede acaba afectando a la persona.

Simplificando, y siguiendo la terminología de Edith Stein, se podría decir que, cuando la mujer entrega el cuerpo, entrega también su alma, mientras que el varón es más capaz de separarlos, aunque esto suponga una degradación de su condición de persona, que es una e indivisible. Por esta razón, es fácil y frecuente toparse con mujeres jóvenes rotas por dentro porque han cedido a la insistencia de su pareja o de cualquiera que se les ha insinuado en una discoteca para que anticipe la entrega del cuerpo y la separe de la entrega verdadera y verificada de los afectos y del espíritu. Muchas jóvenes acaban cediendo y terminan dándose cuenta de que, como leí en otro lugar que ahora no recuerdo, han acabado “entregando todo a nadie”.

Una lástima. Justamente en este terreno en que la mujer podría ayudar al varón a experimentar de manera más cabal y humanizada la sensualidad, se ha dejado engañar y ha acabado ‘masculinizando’ su experiencia sexual. No todas, lo sé. Como tampoco todos los hombres tienen una visión tan primitiva de la sexualidad. ¡Faltaría más! Termino, pues, interpelando a estas y estos últimos para que feminicen sin miedo esta parcela de las relaciones humanas. Todos saldremos ganando.

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Chusqueros

31 jueves May 2018

Posted by javiervq in Crecimiento personal, Familia y sociedad

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En la mili[1], más tarde o más temprano, todo el mundo se topaba con un sargento chusquero. Naturalmente, había sargentos de todo tipo: algunos íntegros y con gran calidad humana, otros mediocres y otros malos, como sucede en cualquier profesión. Pero, en todo cuartel que se preciase, solía haber un personajillo oscuro y resentido, soberbio y resabiado, con sagaz dominio de la vida cuartelera y poca formación humana, que se las hacía pasar canutas a los soldados. Su norma de actuación parecía ser que los demás sufrieran todo lo que él había sufrido para llegar a ser sargento. La figura del chusquero se reproducía con relativa facilidad porque siempre había un aspirante a aprendiz que tomaba el testigo de su maestro.

Hoy en día, los chusqueros se han desplazado y pululan por las grandes organizaciones profesionales y empresariales: consultoras, auditoras, bancos, grandes y no tan grandes firmas de abogados, multinacionales, instituciones públicas, etc.

Tienen alguna nota definitoria que difiere del clásico chusquero militar, pero el perfil psicológico es el mismo. Me atrevería a decir que las únicas diferencias esenciales son que los de ahora han estudiado una carrera, hablan idiomas y no huelen a esa mezcla de hierro y sudor tan característica del entorno militar.

En todo lo demás son muy parecidos.

Algunos de sus rasgos más destacados son: una irremisible tendencia a colocarse por encima de los demás, ellos son los importantes; una instrumentalización, a veces burda, a veces sofisticada, de los otros; una incapacidad absoluta de servicio a los demás; una ineptitud evidente para reconocer y agradecer el trabajo ajeno; una ignorancia supina sobre las preocupaciones, anhelos y dificultades de los miembros de sus equipos; en muchos casos, no en todos, una enfermiza veneración al trabajo y una tendencia innata a apropiarse de los éxitos ajenos, ente otras.

No todos estos rasgos son siempre fáciles de detectar porque se combinan con una aguda inteligencia que sabe cómo manejar los hilos, los tiempos y las personas para hacer carrera en la organización que les emplea y, muchas veces, también con unas suaves y hasta educadas formas externas. Sin embargo, hay una prueba irrefutable de la presencia de un chusquero: el menosprecio de la vida personal de sus subordinados, a quienes no ven como personas sino como piezas de una máquina.

¿Y en qué se nota? Yo destacaría dos manifestaciones muy comunes al jefe chusquero: los horarios absurdos e inhumanos, que obligan a muchos jóvenes a llegar a sus casas, con carácter habitual, después de la medianoche tras 14 o más horas de trabajo y la falta de respeto a la agenda de sus subordinados, que han de interrumpir cualquier cosa que estén haciendo a la mínima insinuación del chusquero. Es decir, la prohibición o gran dificultad de desarrollar una vida personal plena e integral que incluya relación social (a veces, incluso de pareja), familia, vida cultural, solidaridad o voluntariado, vida interior y trascendente, etc.

Luego esta realidad se disfraza de formación, de entrenamiento para la vida, de preparación para la presión del trabajo de manager y otras excusas, pero la razón de fondo es la chusquería, y se resume en un par de frases: ‘yo pasé por esto y tú también has de pasar por ello’ y ‘aprende que, hasta que llegues adonde yo he llegado, no eres nadie’. Aunque, en no pocas ocasiones, se añade otra razón: el ahorro de mano de obra para que los socios y jefes puedan seguir ganando lo que apetecen. Y, claro, como les sucedía a los sargentos chusqueros, los roles profesionales se repiten y reproducen con tremenda facilidad, pues el que logra llegar no va a ser menos que sus predecesores.

Termino con una expresiva cita de Carl Gustav Jung, el padre de la psicología analítica, que ya transcribí en otro post:  «[la profesión] tiene algo de seductor y por ello tantos hombres no son, en el fondo, nada más que la dignidad que les ha concedido la sociedad. Sería inútil buscarles una personalidad detrás de la cáscara. Detrás de grandes apariencias representativas no son otra cosa que un hombrecillo digno de lástima. Por eso la profesión es tan seductora: porque representa una compensación barata a una personalidad deficiente”

Ah, y una confesión final: iba a titular este post ‘Esclavos y Negreros’. Otra aproximación posible al tema.

[1] Para los más jóvenes, una aclaración: la mili, término coloquial de Servicio Militar Obligatorio, era un período de desarrollo de la actividad militar que los jóvenes varones hacíamos en la reciente antigüedad durante aproximadamente un año.

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Tengo a mis hijos…

17 jueves May 2018

Posted by javiervq in Familia y sociedad, Hijos, Matrimonio, Uncategorized

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“El miércoles no puedo, tengo a mis hijos por la tarde”, me contestó el otro día un abogado cuando le propuse tener una reunión. Estaba separado y esa tarde recogía a sus hijos en el colegio y la dedicaba a ellos, pues el resto de la semana convivían con su madre. No era la primera vez que me daban esa razón para descartar un horario de reunión. Como las otras veces, lo encontré muy natural. ¡Faltaría más! Lo primero es lo primero. Y la familia está por encima del trabajo. Pero esta vez me dio que pensar.

Es una experiencia común darse cuenta de lo que uno tiene cuando percibe el riesgo de perderlo. Con la familia también sucede. Tu mujer, tu marido, tus hijos están ahí. No siempre tenemos conciencia actual de su existencia ni de la influencia que ejercen en nuestro bienestar. No se quejan mucho de nuestras ausencias, de nuestras desatenciones, de nuestra falta de disponibilidad. Y, de pronto, un día, por la razón que sea, percibimos su ausencia, el riesgo de perderlos, de que se alejen de nuestras vidas… y reaccionamos.

¿Alguien ha recibido alguna vez una respuesta como esta al convocar una reunión?: “Lo siento, el jueves no puedo, tengo a mi mujer y a mis hijos por la tarde”. Sonaría extraña. Claro que podría cambiarse por: “lo siento, el jueves no puedo, lo dedico a mi marido y a mis hijos”, porque, claro, tenerlos, lo que se dice tenerlos, los tenemos siempre. Y acaso ese sea el problema. Están ahí y nos cuesta percibir el riesgo de perderlos.

Escuché una vez a un experto en gestión de tiempo protestar vehementemente contra la conciliación familia-trabajo, contra el balance, el equilibrio entre estas realidades. “¡Cómo vamos a conciliar o equilibrar realidades que están en un nivel tan diferente de importancia!  Podemos arriesgarnos a perder el trabajo, es duro, pero es sustituible. ¡Pero no podemos arriesgarnos a perder la familia!”, argumentaba. Y defendía que podemos estar engañándonos toda la vida buscando términos soft que disimulen la distinta entidad de estas realidades, pero hasta que alcancemos la conclusión de que la única relación posible es la subordinación del trabajo a la familia, no encontraremos la felicidad en este ámbito. Creo que, últimamente, los más expertos prefieren hablar de ‘integración’ de la vida laboral y la vida de familia. Mucho mejor.

Hay trabajos muy exigentes. Y también mucha gente que se engaña a sí misma acerca de la importancia del trabajo o la profesión, cuya relación con la persona y la familia, aunque a veces nos cueste verlo, es de medio a fin.

Y no creo que sea solo una cuestión de horas (que también), sino de prioridades. He conocido personas que han pasado temporadas de durísimo trabajo, con exigencias de dedicación casi sobrehumanas y no han dejado de llevar consigo a su familia ni de volver a ella una y otra vez, creativa y perseverantemente, en cuanto podían.

No me cuesta admitir que en este terreno la mujer suele ir por delante del varón. Ella lleva siempre a su familia consigo con tremenda naturalidad. Nunca se olvida. No tiene vergüenza alguna de hablar de su familia en cualquier reunión, por encopetada que sea. A nosotros nos cuesta más. ¡Y cuánto ayuda a humanizar las relaciones meter la familia en la conversación!

Vuelvo al principio. La respuesta de aquel abogado me ha hecho reflexionar. ¿No deberíamos, precisamente los que estamos casados, es decir, los que hemos hecho profesión de amar, ser más explícitos acerca del amor a nuestra mujer o marido y a nuestros hijos?  ¿No tendríamos que evidenciar más palmariamente la preferencia, una tarde o una mañana cualquiera, de nuestra familia sobre el trabajo o, simplemente, hablar de ellos en cualquier ocasión?

Soy consciente de que es una realidad muy compleja. Hay grandes expertos, trabajos muy diferentes, algunos con sujeción horaria inevitable (lo que no excluye la ‘presencia’ de la familia), y no se puede generalizar. Solo quería apuntar una reflexión personal y lanzar al aire una pregunta que me hago a mí mismo: ¿es mi familia realmente prioritaria? Y, ya puestos, sugerir un camino: hacer más visibles a nuestras familias; visibilizarlas, como se dice ahora.

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