Después de haber repasado en los últimos posts los principales pensamientos automáticos: visión restringida (La penúltima calle), personalización (El ombligo del mundo), adivinación de pensamiento (¡Ah, era eso!), sobregeneralización (Nunca es tarde), pensamiento polarizado (In medio virtus) y atribuciones negativas (Cuando vuelan los cuchillos), procede ahora hacer una síntesis conclusiva y ofrecer algunas pautas para gestionarlos adecuadamente. Lo intentaré hacer con un ejemplo.
La puntualidad es una gran virtud que pone en juego muchas otras. Caridad: supone pensar en los demás y darles preferencia sobre uno mismo. Templanza: requiere autodominio para dejar hacer lo que se estaba haciendo. Fortaleza: implica tener paciencia con los demás. Prudencia: aconseja escoger los medios adecuados para ser fiel al compromiso horario, etc.
Sin embargo, como toda virtud, puede degradarse en una manía que arrastra al orgullo y a la vanidad, a la crítica acerba o a la dureza de corazón.
No es extraño que las personas muy puntuales sean duras en sus juicios con las que no lo son, pierdan los nervios y magnifiquen la gravedad de la impuntualidad. Muchas veces, todo esto es producto de deformaciones congitivas.