Hace algunos años me contaron esta anécdota. Subían un padre y su hijo pequeño por la escalera de un parking y, detrás de ellos, un señor con acento extranjero se ofreció a llevar la bolsa del pequeño, que pesaba mucho. Cuando llegaron a la puerta de salida, le devolvió la bolsa, le sujetó la puerta para que pudiera pasar y se despidió amablemente. El niño dijo a su padre: papá, ¿ese señor era francés? Creo que sí, hijo, contestó el padre. Y el niño apostilló: Qué raro, porque era muy simpático. A partir de aquel día, aquel padre revisó los comentarios que hacía en su casa sobre los franceses.
Me acordé de esta anécdota al leer la recomendación de David Neuhaus, superior de los jesuitas en Tierra Santa, en una entrevista: “una de las cosas más importantes que tenemos que hacer es vigilar nuestras lenguas. Que cada palabra que hablemos promueva la justicia y la paz, el perdón y la reconciliación. Nuestras palabras crean los mundos en los que vivimos nosotros y nuestros hijos”.