Como ya sabéis algunos de los que me conocéis y me leéis de vez en cuando, dedico buena parte de mi tiempo, a veces robado al sueño, otras al descanso (¡o al trabajo!) y más de las que me gustaría, a mi familia, a una actividad de voluntariado que precisamente intenta llevar la felicidad a las familias de todo el mundo, sí, de todo el mundo. Gracias a Dios, también el tiempo que hurto a mi familia acaba de alguna manera revirtiendo en beneficio de ella. Hoy voy a hablar de esta pasión por la familia. Será un canto al viento que, por falta de información, no todos entenderéis, pero a veces hay que dar rienda suelta al corazón.
Hace ya tiempo que cuando viajo -antes físicamente, ahora más virtualmente- y tengo encuentros con gente tan dispar en origen, cultura, raza, nación…, que comparte poca cosa más que su pasión por la familia, tengo una doble percepción.