Hace un par de horas ha nacido Tomás, nuestro primer nieto. Me habían avisado: “ya verás, ¡es otra dimensión!” Cuando Alejandra nos ha dicho este mediodía que llevaba desde las tres de la madrugada con contracciones, he empezado a ponerme nervioso. No acababa de entender por qué no me llamaba después de cada contracción.
A Fran, mi yerno, le había dado instrucciones precisas: “sobre todo, llámame en cuanto empiecen las contracciones, que te iré diciendo lo que tienes que hacer”. Y nada. Tampoco me ha llamado.
He disimulado, claro. Y me he contenido. No he llamado cada dos minutos, como me pedía el corazón. Como quien no quiere la cosa, de vez en cuando, con indisimulada serenidad, le he preguntado a Loles, mi mujer: “Qué, cómo va. ¿Se sabe algo?” Y me he ofrecido a llevarlos a la clínica cuando llegue el momento.