Este jueves vinieron a cenar a casa Paco y María. Paco es mi ahijado. María, su novia. Se casan este mes de mayo, con o sin el permiso del Covid y de nuestras autoridades, como tiene que ser, porque la norma está hecha para el hombre y no al revés, y en la boda lo único esencial son los novios.
Los dos son jóvenes y tienen muchas ganas de empezar una vida en común. Durante la cena comentamos anécdotas de las vivencias de la familia de Paco y la nuestra, nos explicaron cómo se conocieron, hablamos de sus trabajos y de muchas cosas más.
Y, claro, salió el viaje de novios. No diré adónde se van para respetar su intimidad. Mi hija Alejandra tuvo una pesadilla antes de casarse, en la que yo le insistía en acompañarle en el viaje de novios y ella no sabía cómo decirme que no, así que para evitar a María pesadillas sobre lectores del blog del inoportuno padrino de su novio persiguiéndoles en su viaje, me abstendré de dar datos.
Pero comentaron una cosa que a mí me llamó mucho la atención. En la agencia de viajes estaban sorprendidos de que no se apuntaran a los mil planes que les proponían en su primer destino, una playa en un mar remoto. “Tenéis que aprovechar, que a lo mejor no volvéis nunca a este lugar paradisíaco -les decían-, ¡os vais a aburrir!”