Recuerdo que, cuando mis hijos eran pequeños, un amigo que tenía solo niñas me dijo: de vez en cuando pido prestado algún sobrinito para que mis hijas vayan conociendo de manera natural la diferencia entre hombre y mujer. Hablo de edades muy tempranas, cuando los niños todavía viven en la que San Juan Pablo II llamó la “inocencia originaria”.
Me pareció una forma ingeniosa de ponerles ante la realidad de la condición sexuada del ser humano. Al fin y al cabo, la única manera de entender el cuerpo del varón es a través del cuerpo de la mujer, y viceversa.