El viernes pasado subíamos con nuestro hijo Pablo, el último adolescente, a una casa que tenemos mi mujer, el banco y yo en la montaña. En mis oídos aún retumbaba la amenaza que habíamos recibido una de las veces que habíamos ‘invitado con firmeza’ (por utilizar un eufemismo al uso) a un hijo adolescente a disfrutar de un idílico fin de semana en la naturaleza solo con sus amados padres: subió al coche y, antes de abrocharse el cinturón de seguridad, dijo en tono apocalíptico, casi a modo de despedida: “Este va a ser el peor fin de semana de vuestras vidas”. Como en el fondo son buenos chicos, se apiadó de nosotros y no cumplió su amenaza.
El viaje transcurrió plácidamente y, al llegar a nuestra casa, entendí por qué Pablo no había ofrecido la resistencia que yo esperaba: mi familia me había preparado una sorpresa para celebrar mis sesenta años, que cumplí este lunes pasado, y estaban todos nuestros hijos, nieto incluido, esperándome para hacerme el mejor regalo que podía imaginar: ¡un fin de semana todos juntos! Y, lo que es mejor, estando todo el mundo atento a mí, sin discutir mis decisiones. Incluso pude escoger yo la excursión (de entre las dos que me dijo mi mujer, claro, tampoco hay que exagerar) ¡y nadie protestó en ningún momento! Esta semana, cuando lo explicaba a un grupo de amigos, uno me dijo: ¡Ah, ¿es a los sesenta cuando se logra esto?!