Normalmente, en mi casa prefieren que yo no vaya a comprar porque soy un consumidor bastante ingenuo y los vendedores expertos me suelen colocar todo lo que quieren. Se ha dado el caso de ir con un encargo específico y volver con varias cosas y sin el encargo que tenía. Cosas de la vida.
Tampoco soy muy dado a recordar las tiendas. Mis hijos aún se ríen de cuando, en el Paseo de Gracia de Barcelona, pregunté por una librería a la que estaba seguro de haber ido unos meses antes y nos dijeron que había cerrado unos diez años atrás.
Pero llegó el temido momento de las compras, y fui. No solo, claro. Con mi mujer, y ahí ya cambia todo. Si lo sabes enfocar, es un momento matrimonial de alta intensidad. No deja de admirarme la habilidad que tiene para saber qué hay que comprar y cómo hacerlo. A ella no parece abrumarle, como a mí, la concentración de reclamos para la vista, el oído y el olfato que supone entrar en unos grandes almacenes. El efecto parálisis que a mí me invade no parece generarse en ella.
De todos modos, este año he salido triunfante. Y hasta me lo he pasado bien. Pensaba que no tenía ninguna aptitud -la actitud sí procuro ponerla- y he encontrado una especialización que se me da francamente bien: hacer colas.
