Hoy he ido a ver el musical de Navidad del colegio de mi hijo pequeño. Estaba dedicado a los abuelos. La trama consistía en la lucha de un chico por encontrar a todos los abuelos de su pueblo, quienes, a la vista del poco caso que les hacían sus nietos e hijos entre el trabajo, los móviles y las mil ocupaciones, habían decidido escaparse y desaparecer de sus vidas. Una obra emotiva, bien pensada y mejor ejecutada que nos ha hecho disfrutar… y también llorar y reflexionar.
En realidad, los protagonistas de la obra no eran los abuelos jóvenes que, a veces, hacen casi las veces de padres, sino los abuelitos, aquellos que están ya en la ancianidad. Recuerdo que Rafael Pich, el máximo responsable de mi dedicación al tema de la familia, solía decir expresivamente que la gran ventaja de los abuelos frente a los padres era que “caminaban al mismo paso que los niños pequeños”. Una gran verdad.
Uno de los temas recurrentes cuando se habla de la familia es el de las relaciones intergeneracionales y, en particular, cómo lograr llevar color y alegría a la vida de tantos ancianos que están solos. Hemos logrado dar muchos días a sus vidas, alargando increíblemente la esperanza de vida, pero el gran reto sigue siendo dar vida a sus días, vida de verdad, alegre, optimista y compartida.