Una de las definiciones de sostenibilidad más citadas es la que propuso Brundtland en el ya lejano año de 1987: satisfacer las necesidades de la actual generación sin sacrificar la capacidad de futuras generaciones de satisfacer sus propias necesidades.
Han hecho falta muchos años para que fraguara una conciencia verdadera sobre la necesidad de hacer de nuestro mundo un mundo sostenible. Y aquí he de entonar el mea culpa, porque quizás yo soy de los retrasados en adquirirla. Y eso que esfuerzo ponía, pero a veces no acababa de cerrar el círculo. Por ejemplo, en nuestra casa, durante un largo tiempo, hemos estado discriminando la basura. Ha costado no poco esfuerzo. Incluso una de nuestras hijas dibujó un esquema de las basuras, que imantamos en la nevera, el punto de encuentro de toda familia numerosa. Poco a poco fuimos aprendiendo que aquello de nuestros padres de guardar cada cosa en su sitio había que completarlo con lo de tirar cada cosa en su lugar. Al final lo logramos. ¡Primer paso! Ah, pero el segundo fue mucho más arduo. No bastaba con echar cada desecho en su bolsa…, ¡había que llevar después cada bolsa a su contenedor! Eso nos costó un poco más y, durante un tiempo francamente paradójico, segregábamos en casa y agregábamos fuera. Esperpéntico, lo admito. Pero, lo hemos conseguido. La virtud no se suele adquirir en un día.
En cambio, en otros aspectos de nuestra vida, hemos intentado siempre ser muy sostenibles, y no nos va mal. Creo que, desde el punto de vista familiar, lo conseguimos en un alto grado.
