Unos años atrás, cuando nuestro hijo Pablo estaba inmerso en la profunda adolescencia, que, gracias a Dios, va remitiendo poco a poco, tenía una curiosa manera de pedirnos las cosas que él sospechaba no le íbamos a conceder. Decía, por ejemplo: “ya sé que esta tarde no me vais a dejar salir con mis amigos. ¡Siempre me decís que no a todo!” Y cuando le preguntábamos si eso significaba que quería salir con sus amigos, apostillaba: “¡Claro, pero ya sé que no me vais a dejar!” Entonces, yo, con poca inteligencia emocional, he de admitirlo, le decía: “pues, si tú mismo te contestas…” Y ahí empezaba el crescendo: “¿Lo ves? ¡Lo sabía! ¡Nunca me dejáis hacer nada! ¡Sois unos rancios!” y no sé cuántas cosas más que no cabrían en este post, hasta enfadarse y encerrarse, con un sonoro portazo, en su habitación.
Parece una deformación adolescente, pero se trata de un pensamiento automático, una distorsión de la mente que nos afecta a todos: la adivinación de pensamiento. En el matrimonio está más presente de lo que pensamos, y consiste en atribuir a nuestro cónyuge intenciones, pensamientos o motivaciones que inventamos nosotros mismos.
Estás pasando una mala época, has ganado unos kilos, no te encuentras bien contigo mismo, estás especialmente irritable y has percibido que los últimos días tu mujer parece rehuir las relaciones sexuales. Piensas: “se está alejando de mí. Parece que ya no le atraiga”, e intensificas tu baja autoestima encerrándote en ti mismo e incrementando tu irritabilidad. Tu mujer lo percibe y parece cada vez más distante. “Nuestra relación se enfría, piensas, ¿estará pensando que no estoy a la altura?», y vas espaciando tus muestras de cariño.
Sigue leyendo →