Mi mujer es la mayor de una familia numerosa de siete hijos. Su quinto hermano se llama Alberto. Familiarmente, Tito. Está casado con Ana y tienen seis hijos. En la familia de mi mujer (que, desde hace treinta y seis años, y cinco más de noviazgo, es también la mía) somos siete matrimonios con treinta y cinco hijos y ya varios nietos. Mi mujer y yo tenemos siete hijos y en mi familia de origen somos seis hermanos… Y paro de contar.
Ya se ve que lo de la familia numerosa es casi una tradición en mi entorno próximo. Alguien podría pensar que nos gustan los niños… Hay de todo, pero sería un error buscar ahí la razón. Por algún capricho de la naturaleza, los niños solo lo son durante un tiempo breve, luego se empeñan en crecer y dejan de serlo.
Los hijos dan trabajo. Hay que cuidarlos, a veces tienen y generan problemas, requieren dedicación de tiempo, consumen esfuerzos y dinero, exigen grandes sacrificios, el abandono de proyectos y la adaptación de las trayectorias personales. Y, sin embargo, en mi familia nos empeñamos en tener muchos. A veces vienen y a veces no, claro, pero todos coincidimos en que vale la pena. Tito, también.
Con los hijos pasa un poco como con los amigos. También estos, si lo son de verdad, exigen toda esa dedicación. Aun así, hay gente que de manera contumaz insiste en tener muchos amigos, como Tito. ¡Qué cosas!