Eran las seis de la mañana de un domingo cualquiera. La ciudad estaba completamente desierta. En toda la calle, un solo coche esperaba ante el semáforo rojo. El conductor tenía que dar una sesión en un congreso a las nueve de la mañana en una población lejana e iba ya muy justo de tiempo. El semáforo era solo peatonal. Miró a uno y otro lado, no vio a nadie y se saltó el semáforo. A los pocos metros le detuvo un guardia urbano: “¡Oiga! ¿No ha visto usted el semáforo?” El conductor se sinceró: “Sí, perdone. El semáforo sí lo había visto; a quien no había visto es a usted”. E intentó hacer comprender al agente que tenía mucha prisa y la desobediencia al semáforo estaba justificada y no generaba peligro alguno.
Esta anécdota que me contaron hace años sirve para ilustrar lo que quiero decir en este post, y espero no escandalizar mucho. En síntesis, podría formularse así: a medida que nuestros hijos van alcanzando el uso de razón (y lo van usando, lo que no siempre va parejo) conviene educarles para que sean capaces de saltarse el semáforo rojo cuando sea necesario. Es decir, enseñarles a distinguir lo lícito de lo justo. Y hoy en día esta educación me parece urgente.

