Un villancico

Cuando el corazón está alegre, la boca canta. A veces, mal, como en mi caso. Por eso escribo en lugar de cantar. La excusa de que en Misa todos se giraban a verme porque cantaba muy bien no se la tragaron nunca mis hijos.

El año pasado, saliendo de casa de Paqui y Baldo, que cada Navidad invitan a sus amigos a cantar villancicos, salió la idea de componer uno para las familias, ¡muchas!, cada año más, que allí nos reuníamos.

Y este año, cuando nos volvimos a encontrar, sobre la marcha, los que tienen buen oído (Baldo, Javier, Yago…) , pusieron música a la letra que les había enviado. Y salió este villancico, que me hace ilusión compartir con vosotros justamente hoy, que el corazón está alegre.

Muchas gracias a Yago y sus hijas, que se han ofrecido a grabarlo en estos días atareados, para que pudiera insertar un audio. Espero que se oiga bien.

Ahí va.

Hemos seguido una estrella
y en un alto del camino
ha alumbrado a una doncella
que lleva nuestro destino.

Somos, Madre, tus familias,
las que cada año venimos
para hacerte compañía
hasta que nazca tu Niño.

Hoy venimos a cantarte,
Jesús de nuestros amores,
hoy venimos a entregarte
todos nuestros corazones

Y si no encuentras posada,
dile a José que aquí estamos
preparando una morada
para el Niño que adoramos.

Dile que puede nacer
en todos los que cantamos,
que lo vamos a mecer
con las voces que juntamos.

Hoy venimos a cantarte,
Jesús de nuestros amores,
hoy venimos a entregarte
todos nuestros corazones.

Mientras llegan los pastores,
tendrás nuestra compañía,
villancicos y canciones,
y mucha, mucha alegría.

Y hasta que lleguen los Reyes
tendrás, Jesús, el regalo
de estas familias que quieren
siempre vivir a tu lado.

Hoy venimos a cantarte,
Jesús de nuestros amores,
hoy venimos a entregarte
todos nuestros corazones.

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De nuevo, ¡feliz Navidad!

Javier Vidal-Quadras Trías de Bes

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¡¡Feliz Navidad!!

Vinimos de lejos
siguiendo una estrella
y en Jerusalén
perdimos su estela.
Ni sabios ni reyes
vieron la centella,
pero un pastorcillo,
cargando una oveja,
seguidme -nos dijo-,
que está en una cueva:
¡El rey es un niño,
su madre, doncella!
¡Venid y veréis 
qué guapa está Ella!”
Seguimos al mozo
con mucha cautela:
¿qué clase de rey
nace en una cueva?
Entramos y vimos,
con grande sorpresa,
¡Que el Niño era Dios!
Su Madre… ¡tan bella!

¡Pues, eso, muy feliz y santa Navidad a todos!

Javier Vidal-Quadras Trías de Bes

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El sueño de José

Tenían su cuento escrito. Ella, la más guapa de la comunidad, reunía todas las gracias. No había otra igual. Por razones que ella misma ignoraba, destacaba por encima de todas. Él, de estirpe real, joven, fuerte y humilde. Un artesano trabajador e íntegro.

Se habían conocido en un pequeño pueblo de Galilea, estaban prometidos y soñaban con una vida tranquila. Hijos, trabajo, familia, amigos… Lo propio de su tiempo y lugar.

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Abuelitos

Hoy he ido a ver el musical de Navidad del colegio de mi hijo pequeño. Estaba dedicado a los abuelos. La trama consistía en la lucha de un chico por encontrar a todos los abuelos de su pueblo, quienes, a la vista del poco caso que les hacían sus nietos e hijos entre el trabajo, los móviles y las mil ocupaciones, habían decidido escaparse y desaparecer de sus vidas. Una obra emotiva, bien pensada y mejor ejecutada que nos ha hecho disfrutar… y también llorar y reflexionar.

En realidad, los protagonistas de la obra no eran los abuelos jóvenes que, a veces, hacen casi las veces de padres, sino los abuelitos, aquellos que están ya en la ancianidad. Recuerdo que Rafael Pich, el máximo responsable de mi dedicación al tema de la familia, solía decir expresivamente que la gran ventaja de los abuelos frente a los padres era que “caminaban al mismo paso que los niños pequeños”. Una gran verdad.

Uno de los temas recurrentes cuando se habla de la familia es el de las relaciones intergeneracionales y, en particular, cómo lograr llevar color y alegría a la vida de tantos ancianos que están solos. Hemos logrado dar muchos días a sus vidas, alargando increíblemente la esperanza de vida, pero el gran reto sigue siendo dar vida a sus días, vida de verdad, alegre, optimista y compartida.

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Dos rombos

Cuando yo era pequeño, las películas que no podían ver los niños se calificaban con dos rombos que aparecían en una de las esquinas superiores de la pantalla de la televisión. Entonces, los pequeños nos íbamos a la cama. Y todo lo que guardara la mínima relación con el sexo merecía enseguida esta calificación.

Estas últimas semanas me han invitado a dar un par de sesiones sobre matrimonio y sexualidad y, cuando las preparaba, di con una frase que me gustó mucho y, sin duda, hubiera merecido dos rombos en mi infancia: “a Dios le importa el placer de los esposos”.

El término placer evoca enseguida el goce sexual, aunque tiene un alcance mucho mayor. Nadie pondría en duda que a Dios le importe el placer espiritual, intelectual o, incluso, emocional de los esposos, pero… ¿también el sexual?

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¿Cuestión de gustos?

Esta tarde me he quedado a trabajar en casa para acompañar en el estudio a uno de mis hijos y, revisando algunos emails antiguos con noticias que algún día guardé, me ha llamado la atención una que informaba de las 22 (algunos dicen 31) modalidades de identidad de género que recoge Tinder, la conocida aplicación de búsqueda de pareja. No lo puedo comprobar porque no la tengo.

Las he buscado por internet y he encontrado alguna lista con definiciones. Menos mal, porque los nombres solos son indescifrables. La verdad es que me ha costado entender muchas de ellas, pero de su lectura una cosa me ha quedado clara: la famosa identidad de género, en la mayoría de los casos, es una cuestión de gustos y sentimientos.

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Una vida sin freno

CHEMA POSTIGO-FIGA VAELLO-9788490619353

Ayer tuve la gran alegría de que me invitaran a presentar el libro “Chema Postigo, el hombre que hizo volar su corazón”, un hombre corriente, como le definió su mujer, Rosa Pich-Aguilera. Sí, sobre la marcha convinimos que seguía siendo su mujer porque el amor, cuando lo ha sido de verdad, no se extingue con la muerte, se transforma y espiritualiza.

Jaume Figa Vaello, un periodista experto en cine y fotografía, es el autor del libro. Un buen día del año 2017 se preguntó quién podía ser aquel hombre desconocido que hacía añicos cualquier cálculo humano. 13 hermanos suyos, 15 de su mujer, ¡18 hijos!, tres de los cuales ya en el Cielo, alrededor de 4.000 personas en su funeral celebrado en Barcelona y otras mil en el que después se celebró en Madrid.

Jaume acababa de terminar su tesis doctoral… y decidió empezar una nueva, pero esta no sería propiamente docta sino meramente humana. Después de un año de investigación, 130 entrevistas grabadas, decenas de visitas, reuniones y comentarios, lectura de miles de emails, cartas y anotaciones personales, ha escrito un libro documentadísimo. Pero no es un libro de investigación. Es una biografía trepidante, escrita en un estilo intimista, emotivo y próximo, en el que no hay una afirmación que no esté respaldada por un testigo o documento.

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Abrir el paracaídas

En el post pasado hablaba del vértigo ante la decisión de amar para siempre. Hoy quiero hablar del día después, el día siguiente a haber decidido entregar la vida.

En las últimas semanas he tenido la fortuna de asistir o seguir más o menos de cerca dos tomas de hábito, una decisión de entrar en el seminario, algunas bodas y varias invitaciones a futuros casamientos. También he vivido de cerca varios casos de voluntad decidida de salvar una relación en peligro. Con distintos matices, todas son decisiones de amor, de amor auténtico que no pone fecha de caducidad.

Y estoy muy contento porque veo que el amor para siempre tiene mucha más vitalidad de la que indican las estadísticas y los agoreros del amor.

En más de una ocasión he utilizado la imagen del salto en paracaídas como alegoría de la decisión de amar para siempre, pero me he detenido en la decisión de saltar. Si decides saltar, has tenido valor para hacerlo. Si no lo decides, no lo has tenido. No hay vuelta de hoja. Y yo sostengo que con la decisión de amar para siempre sucede algo parecido: si lo decides, puedes hacerlo; si no, difícilmente lo harás.

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Media naranja

Las dos semanas pasadas he impartido, primero a jóvenes solteros y después a los padres de un colegio, una conferencia parecida sobre los fundamentos del amor, el noviazgo y el matrimonio, enfocada al amor para siempre, que es como yo lo concibo.

Entre que era tarde, el asunto es delicado y me extendí demasiado, no hubo preguntas al final, pero, después, en los corrillos que se iban formando cuando me venían a saludar algunos salieron temas interesantes.

Uno de ellos lo planteó una joven que se acercó con sus amigas, y venía a ser así: ¿cómo sé que él es el hombre de mi vida? Y añadió: si no tienes un sentimiento hacia él muy fuerte, pero estás bien con él, ¿cómo puedes estar segura de casarte con él?

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Cada uno de todos

Estoy todavía navegando en la estela que ha dejado el congreso de Family Enrichment celebrado en Londres hace dos semanas cuando me llegan dos informaciones relacionadas.

Por un lado, una estadística que se anuncia así: “57 de cada 100 matrimonios terminan en divorcio en España”.

Por otro lado, una petición de un seguidor del blog, que solicita “razones para animar a los matrimonios a formarse y fortalecer su relación”.

Confieso que, de manera intuitiva, siempre he desconfiado de las estadísticas. No porque no las crea, que lo hago, sino porque, a pesar de ser el método más científico y aséptico de aproximarse a muchas realidades, olvidan el aspecto humano de la cuestión.

En alguna ocasión, cuando algún cliente me ha preguntado el porcentaje de probabilidad de ganar el pleito, le he contestado: yo creo que, estadísticamente, un 75%; lo que no le puedo asegurar es si usted está en el 75 o en el 25.

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