Una de las tácticas de las ideologías para disfrazar la realidad es la utilización de eufemismos. Por ejemplo, desde la Conferencia Internacional de Población y Desarrollo celebrada en El Cairo en 1994 se insistió en la salud reproductiva como “la capacidad de disfrutar de una vida sexual satisfactoria y sin riesgos, y de procrear, y la libertad para decidir hacerlo o no hacerlo, cuándo y con qué frecuencia” (CIPD, El Cairo). Una descripción con la que es fácil estar de acuerdo. De hecho, muchos matrimonios lo intentan vivir a diario: con la fidelidad procuran eliminar riesgos para su salud reproductiva y con la libertad y el conocimiento de sus cuerpos procuran tener una vida sexual rica y satisfactoria y decidir cuándo tener cada hijo. Nada nuevo bajo el sol.
Sin embargo, en muchas políticas, el aborto, cuyo fin inmediato es terminar con la salud y la vida de un ser humano, se acaba colando como un derecho de la salud reproductiva de la mujer. No voy a entrar hoy en el tema del aborto; era a título de ejemplo. Quiero hablar de la tercera dimensión de la familiaridad: la progenitorialidad o fecundidad, que, naturalmente, no se agota con la reproducción.