Nunca olvidaré la breve conversación que tuve un día de Navidad con uno de mis hijos que, ‘voluntariamente’ (es decir, con la voluntad que procedía de mi mente), me acompañaba a recoger la comida que habíamos encargado. Estaba en una fase de rebote existencial y entró en el coche con la desgana y enfurruñamiento típico del adolescente que quiere hacer notar su oposición. Se repantigó en el asiento del copiloto, los pies en el parabrisas, y, por si me quedaba alguna duda de su rechazo, se enchufó los auriculares a tal volumen que yo mismo podía tararear las canciones que supuestamente él escuchaba. Aproveché la ventaja que me daba saber cuándo terminaba cada canción y, entre pista y pista, lancé una pregunta al aire. Para mi sorpresa, la recogió, se bajó un auricular y entablamos un breve diálogo parecido a este:
El emperador está desnudo
05 sábado Nov 2022
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