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Familiarmente

~ Ser y vivir en clave de familia

Familiarmente

Publicaciones de la categoría: Hijos

Corazones tiránicos

28 sábado Oct 2017

Posted by javiervq in Familia y sociedad, Hijos

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Hace unos días leí un magnífico artículo de Aurelio Arteta, catedrático de Filosofía Moral y Política de la Universidad del País Vasco, escrito a propósito del independentismo catalán, cuyo título era toda una declaración de intenciones: “Los sentimientos son cuestionables”.

El autor salía al paso del erróneo pero generalizado prejuicio de considerar a los sentimientos como algo natural, inmune a la razón y que se ha de respetar siempre, como si el odio valiera lo mismo que el amor, la envidia que la admiración y la benevolencia que la venganza. “Respetable será siempre el sujeto, pero no siempre su sentimiento”, concluye el autor, sobre todo si tenemos en cuenta que los sentimientos no viven al margen de la razón, “como si no hubiera conexión entre lo que pensamos y lo que sentimos”. De los sentimientos, en efecto, surgen convicciones y, de estas, actuaciones; y viceversa. Como explica el profesor Arteta, “somos responsables de nuestros sentimientos porque somos responsables de cultivar o rechazar las ideas que alientan esos sentimientos y sus consecuencias”.

Estas interesantes reflexiones me han traído a la cabeza un libro de otro filósofo que leí hace tiempo y supuso para mí un auténtico descubrimiento: “El corazón”, de Dietrich Von Hildebrand. En él distingue entre los sentimientos psíquicos y los espirituales.

Los primeros son los que nos generan una película, una canción, una pieza musical…, incluso una noticia sesgada y adecuadamente ‘dramatizada’. Pueden llegar a ser muy intensos y, sin embargo, muy artificiales: el llanto que provoca una película, por ejemplo, procede de una representación que sabemos es irreal y, a pesar de ello, no somos capaces de sustraernos a la profunda emoción que nos invade. El autor nos pone en guardia contra el ‘corazón tiránico’, aquel que ocupa el lugar de la razón y acaba decidiendo por ella: es la persona dominada por el sentimiento, que no es capaz de negarle una botella de whisky a un borracho porque le puede más la compasión que experimenta ante su petición conmovedora que el daño que sabe le causará.

Frente a ellos hay que desarrollar un espíritu crítico, aprender a distinguir la realidad del sentimiento, pues pueden ser cauce de transmisión de aberraciones éticas y morales. En no pocas películas, por ejemplo, las proezas del protagonista, con quien enseguida nos identificamos llegando a ‘sentir’ sus mismas emociones, están motivadas por un sentimiento de venganza, que hacemos nuestro acríticamente, como si fuera un móvil justo de actuación.

Los sentimientos espirituales, en cambio, aclara Von Hildebrand, son la respuesta auténtica de un corazón noble y profundo. Sé que esto es bueno y reacciono, respondo a ello con el sentimiento adecuado. Soy capaz de alegrarme del logro de un amigo que consigue lo que yo también pretendía y no he alcanzado porque me doy cuenta de que he de alegrarme con él por su triunfo; soy capaz de experimentar alegría por la recuperación de un amigo o tristeza por la muerte del padre de un conocido al que veo en contadas ocasiones.

Los sentimientos espirituales proceden de nuestra parte más auténtica, y hemos de ser capaces de generarlos a fuerza de vivir la realidad… con intensidad, sí, pero siempre desde la verdad. Es triste que sintamos mayor pena por la muerte de nuestro perro que por la de cincuenta personas en un atentado terrorista en un país musulmán. Es la inercia emocional, pero hay que vencerla por elevación, con un sentimiento más alto que nos enseñe a salir de nosotros mismos para contemplar la realidad desde fuera de nuestro propio y tantas veces pequeño mundo personal.

Cuando razón y emoción están bien armonizados en el ser humano, ni la primera agosta la segunda ni esta nubla la primera. Estamos viviendo en España tiempos difíciles, en que la pugna entre estas dos dimensiones del ser humano adquiere tintes a veces casi dramáticos. Es una buena ocasión para poner en cuestión nuestras pasiones, armonizarlas con la razón y el sentido común y, desde el respeto a la opción del otro y a las reglas de convivencia y orden jurídico que nos hemos dado, buscar lugares de encuentro desde donde poder volver a construir ese espacio común en el que todos, con esfuerzo y concesiones, nos podamos sentir como en casa.

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Tu vida no va sobre ti

24 domingo Sep 2017

Posted by javiervq in Hijos

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Jean Twenge, profesora de Psicología en la Universidad Estatal de San Diego, acaba de publicar un libro bajo el sugerente título de “iGen”, que está compuesto por el pronombre “yo” y la raíz de “generation”, y quiere evocar al iphone, ipad, ipod y demás compañeros tecnológicos de la generación nacida entre 1995 y 2012, objeto del estudio: la generación del yo tecnológico.

El título del libro se completa con un sugerente y extenso subtítulo en forma de pregunta que, en traducción propia, dice: “Por qué los chicos superconectados de hoy en día están creciendo menos rebeldes, más tolerantes, menos felices -y completamente faltos de preparación para la vida adulta- y qué significa esto para nosotros”.

La vida no me ha dado suficientemente de sí las últimas semanas como para haberlo podido leer, pero sí he leído alguna breve recensión, y una de las conclusiones a las que llega la autora es que estos jóvenes fuertemente ‘virtualizados’ maduran más lentamente: actualmente, un/a joven de 18 años tiene una personalidad equivalente a otro/a de 15 años de cualquier generación anterior, constata. De hecho, la autora acuña una gráfica expresión para describir este fenómeno, que, por otra parte, tampoco es nuevo ni exclusivo de nuestros jóvenes, no nos engañemos: “aversion to adulting” (aversión a la adultez, podríamos traducir).

La noticia de este libro me llegó cuando acababa de escuchar una referencia a otro, en este caso de un sacerdote estadounidense, Richard Rohr: “El retorno de Adán” (Adam`s return). En el libro, el autor estudia los ritos de iniciación de los varones a la vida adulta en las diferentes culturas. La tesis de fondo es que, históricamente, a las mujeres les ha introducido en la vida adulta su propia naturaleza, es decir, sus cambios hormonales y la maternidad, mientras que los hombres, que no experimentan transformaciones hormonales tan ‘pedagógicas’, han necesitado de un rito de iniciación a la vida adulta que les ubique ante la realidad y les evidencie y recuerde que es hora de abandonar la edad de la inocencia y de la autocomplacencia. Los ritos son variados, pero todos suelen tener un elemento esencial de alejamiento del cómodo entorno familiar y enfrentamiento al hostil mundo exterior. En la actualidad, piensa el autor, como no hay tal rito, a los jóvenes varones les cuesta distinguir la entrada en la vida adulta y la asunción de responsabilidades.

A mi juicio, sin embargo, hoy se ha diluido bastante, en este aspecto de maduración, la diferencia entre hombres y mujeres, y los mensajes que, según el autor, hay que transmitir en el rito de iniciación a la vida adulta, me parece, sirven igual para unos que para otras.

¿Y cuáles son esos mensajes, promesas o advertencias? Son cinco, según Rohr, y a cuál más interesante:

  1. La vida es dura.
  2. Tú no eres tan importante como piensas.
  3. Tu vida no va sobre ti.
  4. Tú no la controlas.
  5. Vas a morir.

Me parece que es un buen programa para nosotros, los padres. Y no como rito de iniciación en un momento determinado, sino como un objetivo educativo. Recuerdo a un conferenciante que, en una ponencia sobre la adolescencia, empezó diciendo: “cuando se trae un hijo al mundo, solo hay un objetivo: ¡sacarlo de casa!” Es decir, prepararlo para que pueda descubrir y afrontar su propio destino con libertad y responsabilidad lo antes posible.

Diría que la secuencia podría sonar algo parecido a esto: “La vida es dura”, hijo, pero tú la has de vivir sin timideces ni apocamientos, olvidándote de ti mismo y dedicándote a los demás porque “tú no eres tan importante como piensas”, y los llantos y rabietas de tu infancia ya no tienen ese poder taumatúrgico de generar siempre una respuesta satisfactoria y consoladora de quienes te rodean. Es hora también de que aprendas que “tu vida no va sobre ti”, puesto que, aunque te cueste creerlo, si sigues empeñado en ser el centro de gravedad de tu vida, acabarás siendo un pobre desgraciado que solo se tendrá a sí mismo como meta y volverás una y otra vez al punto de partida. Y es que un día te darás cuenta de que “tú no controlas tu vida”, porque tu vida, que tomará algunos derroteros inesperados, está más hecha de los demás que de ti mismo; aunque, a medida que avancen los años y comprendas que no solo se muere la gente, sino que tú también “vas a morir”, comprenderás que el ser humano no tiene todas las respuestas y acabarás buscando a Aquél que te creó y te espera al final de tus días.

Sin agobios. Nosotros cumplimos con transmitírselo cuanto antes y como mejor sepamos hacerlo. Ellos, como toda la humanidad precedente, tienen -¡tenemos!- toda una vida para descubrirlo. Es la grandeza de la libertad humana. Mucho ánimo.

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Pantallas

03 sábado Jun 2017

Posted by javiervq in Hijos

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Uno de los efectos secundarios de la exposición excesiva a la tecnología es la pérdida de tolerancia al error. Es cierto que esta intolerancia se venía ya instalando progresivamente en las sociedades modernas como consecuencia de la tecnificación y de la especialización. En el ámbito profesional y político resulta llamativa. Sencillamente, el error no se admite, no entra dentro de las posibilidades de actuación, por lo que las demandas de responsabilidad se multiplican. La consecuencia es evidente: si no se admite el error, se repudia el ser humano. Naturalmente, me estoy refiriendo al error involuntario, no a la impericia negligente.

Existe un derecho al error, un derecho a equivocarse, a hacer las cosas mal, a meter la pata: un derecho, en fin de cuentas, a ser humano.

Cuando este derecho se desconoce, se cultiva una falta de sinceridad, muchas veces clandestina, furtiva, que consiste en intentar ocultar nuestros propios errores, no sea que los demás vayan a pensar que los cometemos. ¿Cuánto tiempo hace que no leen un email de un abogado a su cliente o de un médico a su paciente admitiendo un error? Si reconocerlo ya cuesta, ponerlo por escrito es un suicidio profesional. El destino final de este camino es un cierto artificio en las relaciones personales que desemboca en la falta de autenticidad.

Pues bien, uno de los grandes problemas de la tecnología es que difícilmente admite el error. Es mucho más probable que nos hayamos equivocado nosotros que lo haya hecho ella. Otro grave problema es que no tiene iniciativa personal ni carácter propio. Como no es persona, no tiene personalidad y es incapaz de oponerse a nuestros deseos.

Nuestros hijos viven cada día, y en algunos casos durante varias horas, esta experiencia de una relación unilateral en la que ellos mandan y la pantalla obedece. Una relación en la que uno solo da y otro solo recibe, y no cualquier cosa ni en cualquier momento, sino exactamente lo que pide y con inmediatez: una película, un juego, una respuesta, una imagen…

Si no estamos atentos y no limitamos de alguna manera esta exposición, si no la contrarrestamos con otras actividades más humanizadas o no nos esforzamos en desarrollar en nuestros hijos un espíritu sanamente crítico, irán configurando su personalidad en la intolerancia y la impaciencia.

Otra consecuencia evidente es la huida del esfuerzo y la omisión del respeto. Toda relación humana exige un esfuerzo de respeto, de adaptación al otro. Hay una tensión, porque el otro es real y se resiste a ser un títere de nuestro deseo. La pantalla, en cambio, no ofrece resistencia.

Y quien rehuye ese esfuerzo de adaptación al otro pierde por el camino la capacidad de compromiso. Acostumbrados a que la tecnología y las cosas se ajusten constantemente a ellos, nuestros hijos corren el riesgo de hacerse incapaces, ineptos para el amor, que requiere necesariamente olvido de sí y entrega al otro. Quieren, pero no pueden, o no saben. Por eso, muchos de ellos no se atreven a comprometerse en una relación de amor duradero y leal, capaz de afrontar el reto de una vida, de abrirse a la generación de nuevos seres y de mantenerse en la relación a pesar de los desengaños, errores y dificultades. El amor no admite espontáneos. Para amar a los demás hay que entrenarse continua y duramente. No bastan los ‘memes’ y los ‘youtubes’ cursis y lacrimosos, no sirven los ‘bloggers’ y las ‘influencers’. Y si uno no está dispuesto a negarse, es mejor que siga amándose a sí mismo y a las cosas que le rodean y siga viviendo esa quimera engañosa y, a la larga, lastimosamente feliz del propio yo.

Explica Séneca en De la Ira que un abogado romano llamado Celio estaba cenando con un cliente suyo que le iba dando la razón a todo lo que decía, hasta que no pudo más y le increpó: ¡llévame la contraria en algo de una vez para que podamos ser dos!

Un buen reto para nosotros como padres: que nuestros hijos vivan una biografía humanizada, que sean más tiempo dos que uno solo consigo mismo.

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El amor y sus contornos

29 domingo Ene 2017

Posted by javiervq in Hijos

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A veces, los padres tenemos la sensación de ser unos aguafiestas profesionales. Esta impresión adquiere especial intensidad durante los años de adolescencia de nuestros hijos, en que la palabra “no” sale con frecuencia de nuestros labios.

José Miguel Reig, gran amigo mío y uno de los más directos culpables de que yo me introdujera en esta aventura apasionante del Family Enrichment (Orientación Familiar), nos tranquilizó mucho a Loles y a mí cuando nos dio la pauta mágica: “hay que aprender a convivir con malas caras”.

Pero, ¿de dónde procede esta sensación de que la educación, como la moral, tiene una carga en exceso negativa?

Leonardo Polo, un filósofo de frases enigmáticas cargadas de contenido, lo explica con la mejor definición de moral (trasladable, creo, a la educación) que he leído: “la moral es el amor y sus contornos”.

San Agustín había dicho ya aquello de “ama et quod vis fac”, que algunos comodones han traducido como “ama y haz lo que te apetezca”. En realidad, intuyo (no soy latinista, pero todavía conservo bastante sentido común) que algo, no todo, de lo que quería decir el de Hipona era: “ama y lo que ames haz”, dicho de otra manera: “obras son amores y no buenas razones”.

En efecto, tanto la moral como la educación consisten en enseñar a amar. Pero, ¿cómo se enseña a amar? Están, claro es, el ejemplo, la motivación, el acompañamiento, etc. Y también está la obligación de mostrar los límites.

Muchas reglas morales son negativas porque, como dice Polo, son los contornos del amor. Indican el límite fuera del cual no hay amor: no mates, no robes, no engañes, no mientas, no seas desleal… Quien ama mucho y bien no necesita límites ni reglas ni mandatos. Él mismo es su norma de conducta, porque lo malo no le viene a la cabeza. Ese es el trasfondo de la frase agustiniana.

Además, la moral y la educación, sobre todo cuando se trata de adultos o jóvenes con un cierto grado de autonomía personal, se expresan a menudo en forma negativa porque así respetan la libertad. Si las reglas morales o las instrucciones educativas fueran siempre positivas, afirmativas, no dejarían ningún margen de libertad al educando.

Cuando digo “no puedes hacer esto”, lo que estoy diciendo es “puedes hacer lo que quieras menos esto”. Cuando digo “haz esto”, estoy diciendo “no puedes hacer otra cosa que no sea esto”. Es decir, cuando pongo un límite, abro un horizonte de libertad, indico el camino mejor (según mi criterio, claro, que, a veces, puede estar equivocado). Por eso, la formulación de la moral es muchas veces negativa. No debe preocuparnos.

Es natural que a nuestros hijos les cueste entenderlo, pero la verdad es que cuando les decimos “hoy no puedes ir a la discoteca”, en realidad les estamos diciendo “hoy puedes hacer lo que quieras menos una cosa: ir a la discoteca”. Es decir: «¡hoy es tu gran noche; pon imaginación y haz lo que quieras (casi)!». Lo admito: quizás me he pasado un poco en el entusiasmo de este contorno del amor.

Conclusión: la moral no es negativa, pues consiste en amar, y amar es siempre positivo; pero su formulación en reglas concretas sí es negativa con frecuencia, pues consiste en definir los contornos del territorio del amor, para no salirnos de él. Por eso, en el fondo, el único precepto positivo, imperativo, es el amor: ama… y sigue amando. ¡A pesar de las malas caras de tus hijos!

Bien, valor, virtud… y Reyes Magos

03 martes Ene 2017

Posted by javiervq in Hijos

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Descubrí la diferencia entre el bien y el valor cuando, en los comienzos de mi carrera profesional, un cliente planteó una peculiar consulta. Quería dejar en vida todo su patrimonio a su mujer y a sus dos hijas pequeñas. Desposeerse de todo. ¡Qué generoso!, pensé, hasta que aclaró el motivo: había descubierto su vocación y quería dejar a su esposa e hijas para irse como misionero laico a un país del Tercer Mundo.

Lo que parecía un acto de generosidad se había transformado de pronto en un acto de búsqueda de la propia realización personal a costa de la felicidad ajena. Fallaba lo que San Agustín había llamado el ordo amoris, la jerarquía de los amores, porque dejar de amar a los cercanos, a quienes se ha prometido amor, por razón de los extraños, por más que se vista de generosidad, no deja de ser una actitud egocéntrica, en la que el fin soy yo y los medios o instrumentos para lograrlo, los otros, que devienen intercambiables.

El bien es lo que objetivamente conviene al ser humano. La generosidad, la entrega a los demás es, por lo tanto, objetivamente, un bien. El valor es, en cambio, “lo que ‘aparece’ como bien, y naturalmente para mí y según mi situación”, explica Carlos Cardona; la concreción, la individualización del bien general según mis circunstancias personales. Pero, para que siga siendo valor, ha de estar anclado al bien y a la valoración objetiva de mis circunstancias, porque si mi interés personal lo transmuta, puede llegar a parecerme valor lo que, siendo objetivamente un bien, deja de serlo ‘para mí, ahora’, como sucede en el ejemplo.

Ahora bien, el valor tampoco es suficiente para educar, ni para amar. El valor es lo que se descubre como valioso y pide simplemente ser descubierto y contemplado. Para vivir un valor hace falta la virtud, que se adquiere habitualmente a fuerza de repetir actos buenos. Según José Antonio Marina, la educación en virtudes fue abandonada “de manera estúpida” por considerarla vinculada a la religión, aunque no tiene su origen en el cristianismo sino en la cultura griega. En un intento por secularizar esta idea se empezó a hablar de “educación en valores”, lo que, para este autor, supone un reduccionismo y resulta “muy teórica, muy descafeinada y muy poco eficaz”. La virtud es, en efecto, según una definición clásica, la realización de las posibilidades humanas en el aspecto natural y sobrenatural. La virtud otorga, por tanto, la capacidad de vivir un valor.

Esta semana vienen los Reyes Magos…, y todos queremos ser generosos. La generosidad, qué duda cabe, es un bien. Pero hay que hacer de ese bien un valor; es decir, transformarlo en regalos que realmente, según nuestras circunstancias, las de nuestros hijos y las de la sociedad en que vivimos, sean un auténtico valor, y no necesariamente material. Y después, desde el minuto inmediatamente posterior a la apertura de los regalos, vivir esos valores con la fuerza de la virtud, para que nosotros y nuestros hijos sepamos ser agradecidos y pongamos nuestros regalos (talentos, capacidades…) al servicio de los demás, porque una virtud sin amor fácilmente se degrada en fría competencia.

Que los Reyes traigan muchas cosas buenas…, ¡y también se lleven algunas malas!

¿Se equivocó Dios?

23 viernes Dic 2016

Posted by javiervq in Hijos

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Hace unos cuantos años, cuando empezaba a interesarme por los temas de educación y familia, un experimentado moderador de cursos de orientación familiar para padres me dijo que él ya no moderaba sesiones porque no se sentía con autoridad para hacerlo, dado que, según él creía, había fracasado con algunos de sus hijos. Deducía este fracaso del estilo de vida de esos hijos, alejado del suyo propio, y fundado, al menos en apariencia, en otros valores.

Pensé entonces que era una actitud coherente: si no has sabido transmitir a tus hijos los bienes y valores que tú vives, ¿cómo los vas a enseñar a los demás?

Dejando al margen que un moderador en un curso de orientación familiar no debería enseñar, sino compartir y aprender de los padres a quienes modera, logrando que ellos digan lo que a él le gustaría haber dicho, pienso ahora que, aunque coherente, mi interlocutor estaba equivocado.

Me viene a la cabeza justamente ahora, en vísperas de Navidad, cuando Dios se hace hombre. Y me hago la pregunta que da título a esta entrada: ¿se equivocó Dios? ¿Le salió mal el hombre? ¿No supo educarlo? Y, después de ese fracaso, ¿osó enviar a su Hijo para que enseñara el hombre al hombre? ¿No hubiera sido más coherente olvidarse de su criatura y no venir con nuevas enseñanzas, precisamente Él, que había fracasado la primera vez?

Y es que los padres nos olvidamos demasiado frecuentemente de una condición del ser humano de la que, naturalmente, participan también nuestros hijos: la libertad. Sí, nos lo han dicho muchas veces, hay que educar a los hijos para la libertad, pero no nos lo acabamos de creer. Y, cuando la ejercen y toman una dirección diferente a la nuestra, nos parece que hemos fracasado nosotros.

Varios comentarios quisiera hacer aquí: (i) no somos propietarios de nuestros hijos, intentamos educarlos de la mejor manera que sabemos, y ellos, cuando maduran, toman sus propias decisiones, (ii) como ni ellos son autómatas ni nosotros (hablo por mí) somos deterministas, no existe una relación de causalidad directa entre nuestra educación y sus decisiones futuras, una vez alcanzan la plena autonomía personal, (iii) ellos pueden equivocarse al decidir y nosotros al juzgarlos: ¡qué difícil es en ocasiones saber quién está en lo cierto!, y (iv) hay que huir de los juicios maximalistas tipo bueno o malo, cielo o infierno, entre muchas otras razones que no hay espacio para desarrollar, porque solo Dios ve en los corazones de los hombres y ya advirtió que ‘las prostitutas nos precederían en el Reino de los Cielos’.

Así que, al cabo de los años, pienso que, de la misma manera que Dios no se equivocó, sino que hizo al hombre libre y, a pesar de educarlo bien en el Jardín del Edén, el hombre ejerció, equivocadamente (en este caso, sí), su libertad, los padres, que nos equivocamos muchas veces, hemos de evitar culpabilizarnos de lo que podríamos considerar como fracaso (aparente, insisto) en la educación de algunos de nuestros hijos cuando hemos luchado de verdad por formarnos y educarles bien. Si lo hacemos, podemos acabar negando la libertad, la responsabilidad personal de nuestros hijos, que, a partir de cierta edad, son dueños, -¡y responsables!- de sus propias decisiones, y acabamos convirtiéndolos en posesiones nuestras.

Y, por el camino, nos vamos ensoberbeciendo, al pensar que somos nosotros los que acertamos o fracasamos en las decisiones de nuestros hijos, como si fuéramos más que Dios, que tuvo, ¡y aún tiene!, una paciencia de siglos con todos nosotros.

Menos mal que Él sí se tomó en serio nuestra libertad. Por eso puedo escribir este artículo… ¡y equivocarme!

De nuevo, ¡feliz Navidad!

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Cuerpos… y almas

27 jueves Oct 2016

Posted by javiervq in Hijos

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En las últimas semanas, con ocasión de unas declaraciones francamente ofensivas para las mujeres, resulta inevitable que Donald Trump se cuele en las conversaciones. Sin embargo, me voy a abstener de hablar del personaje; sé muy pocas cosas de él y podría ser injusto. Tampoco analizaré sus palabras, no sea que vaya a fomentar la obscenidad.

Pero sí me gustaría analizar el trasfondo que subyace bajo esta postura (o impostura). Esta sociedad nuestra tiene de vez en cuando algunos ramalazos farisaicos que llaman la atención.

Me explicaré. Buena parte de nuestra sociedad está instalada en una enfermedad del alma que no quiere reconocer: la ignorancia de que el cuerpo es también parte de la persona y tiene su misma dignidad.

Lo habitual en muchos entornos es que al cuerpo se le trate como a mero objeto. Por ejemplo, entre los jóvenes ya no escandaliza a nadie que, además de amigos y conocidos, se tengan uno o varios follamigos/as. Como suena. Se trata de un cuerpo con el que se evita tener otro trato personal que no sea la obtención de placer mutuo cuando aprieta el deseo. Basta una llamada y se consuma la relación genital. Lo importante es no elevarse al nivel de la persona, no entregar el espíritu, mantenerse siempre a un nivel de objeto, de mero instrumento de placer. Estoy seguro de que a ninguno de los que así actúan les habrán escandalizado las opiniones del Sr. Trump cuando ha degradado a la mujer al nivel de cosa.

Decía que quería ir al trasfondo. Pienso que lo que está en juego es el triunfo de la intimidad, que es uno de los rasgos que nos define como personas y nos distingue de los animales: “no me mires como a un objeto, soy un cuerpo personal, tengo una intimidad que también forma parte de mí. Si solo te fijas en mi cuerpo, no me conoces, no sabes quién soy y me cosificas”.

Por eso, de manera natural, surge en el ser humano el pudor, del que carecen los animales. El pudor, como explica José Noriega, constituye una reacción de autodefensa ante el riesgo de ser reducido por la mirada ajena del mismo modo que mis tendencias quieren a veces reducir a los demás, contemplando sus cuerpos como un mero objeto de placer.

El ejemplo clásico para ilustrar la importancia del pudor es el de la mujer que se desnuda por una razón justificada, por ejemplo, para una exploración ginecológica. Esta mujer vence el pudor ante la mirada del médico, pero, si dos jóvenes se asoman por la puerta, siente vergüenza porque percibe de inmediato que aquella es una mirada impúdica, que la ve solo como objeto de placer, no como persona.

Descendiendo ya al plano educativo, podríamos preguntarnos: ¿Cuál es el criterio del pudor? ¿Cómo lo transmito a mis hijos? El criterio lo determina la mirada, la mirada ajena. Mi forma de vestir y de exhibirme debe ser tal que permita a la mirada ajena entrever en el cuerpo a la persona. En la medida en que mi forma de vestir o mis demostraciones afectivas impiden o dificultan esa mirada honda, personal, mi conducta puede ser considerada impúdica, inadecuada para la persona humana. Claro que hay miradas enfermas, incapaces de elevarse al nivel personal, pero, como padres, nuestra responsabilidad primera son las miradas de nuestros hijos e hijas, tanto las que lanzan como las que provocan. ¿Educamos en este pudor a nuestros hijos y a nuestras hijas, para evitar que a nadie se le ocurra nunca más tratarles como a mero objeto de placer o nos da igual que jueguen con su cuerpo como si de un juguete se tratara?

Buenas personas

06 jueves Oct 2016

Posted by javiervq in Hijos

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A medida que nuestros hijos van creciendo, las amistades van adquiriendo relevancia en sus vidas. Lo importante, he dicho muchas veces a mis hijos, es que tus amigos y amigas sean buenas personas, con lo que quiero destacar que hay que mirar el interior de las personas, lo que son, y no lo que poseen o saben o han recibido sin mérito propio.

Sin embargo, de pronto y por distintas circunstancias, este verano me he dado cuenta de que estaba parcialmente equivocado. Ser buena persona es una premisa necesaria, pero no suficiente.

Me explicaré.

Ser una buena persona puede confundirse con ser bondadoso. Está muy bien ser bondadoso, pacífico, manso, amable, tratar bien a los demás, etc., pero puede no bastar. Hay bondadosos improductivos: no hacen daño a nadie, pero tampoco hacen, activamente, bien a nadie. Se limitan a estar: escuchan (que no es poco), aconsejan (que es bastante), incluso templan los ánimos (que es hasta mucho), pero no tiran del carro. Se dejan llevar.

Mi socio y buen amigo, Xavier Amat, muy dado a las imágenes, distingue siempre entre los que tiran del carro y los que van subidos en él. Hay muchos bondadosos, bonachones, que van siempre encima del carro. Y desaprovechan buena parte de sus cualidades.

Así que, a partir de ahora, no me limitaré a aconsejar a mis hijos que ayuden a sus amigos a ser buenas personas, sino, también y sobre todo, a ser personas buenas.

Una buena persona, un bondadoso, lo puede ser por naturaleza, por carácter, casi por casualidad. Una persona buena, no. Una persona buena es la que se hace tal. Puede ser de natural maliciosa, torcida, desconfiada, zafia, pero se da cuenta y decide ser buena. Claro que también se puede ser bondadoso y decidir, además, ser bueno.

¿Y cómo se logra ser una persona buena además de una buena persona? Pues, haciendo cosas buenas. Hay quien piensa que las personas bondadosas hacen cosas buenas y las maliciosas cosas malas, pero  esto no siempre se cumple; más bien, la ecuación es a la inversa: los que hacen cosas buenas sí acaban siendo personas buenas, como consecuencia de la fuerza configuradora de la personalidad que tiene la virtud.

En efecto, este verano he coincidido con algunas buenas personas que, literalmente, han tirado el mes de agosto por la borda, un mes perdido. Han deambulado por él. Sin hacer daño a nadie, claro, porque son bondadosos, pero teniendo muy poca iniciativa para hacer cosas buenas, buenas de verdad, con esfuerzo y olvido de sí, con iniciativa, por los demás. Han dormido, han bailado, han bebido, han comido, han jugado, según procedía en cada momento,… y, de repente, ha llegado septiembre.

Y a mí me gustaría que los amigos y amigas de mis hijos, además de ser buenas personas, hicieran cosas buenas, que no se limitaran a vagar por el aburrido campo de los propios antojos y deseos. E, incluso, que alguno de ellos soñara con cambiar el mundo…, ¡y lo intentara!

Y de estos, gracias a Dios, también he conocido a unos cuantos.

Titulum Vitae

31 miércoles Ago 2016

Posted by javiervq in Hijos

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La vuelta al cole, y a la universidad. De nuevo, los deberes, el horario y la rutina de estudio, los exámenes…, y nuestra postura (de los padres) ante todo ello. ¿Qué pedimos a nuestros hijos en términos de estudio y conocimiento? ¿Qué mensajes les lanzamos?

¿Tenemos la visión utilitarista que denuncia Tomás Melendo en su libro ‘La Hora de la Familia’?: “Cuando los colegios e institutos se olvidan de comunicar a los alumnos la idea de que aprender tiene en sí su propia paga -entre otras, y por delante de ellas, el mismo saber-, cuando juegan en exceso con las calificaciones, presentándolas como premio o como castigo de la labor realizada, cuando los exámenes son el móvil supremo…, están alimentando en sus alumnos el convencimiento de que el trabajo no encuentra en sí mismo y en el servicio a los demás su propia recompensa, y hacen todo lo posible para que, con el correr del tiempo, sus ex-pupilos se sumerjan, con toda la fuerza y el empuje que permiten sus propias capacidades y las circunstancias del entorno, en la cultura del éxito por el éxito”.

Se comprende que, para alcanzar cualquier meta, es inevitable motivar con objetivos parciales, y los exámenes y calificaciones constituyen en este sentido un objetivo, una meta provisional que ayuda a lograr el fin auténtico: el conocimiento, la mejora personal y el mejor servicio a los demás que esa mejora permite.

Pero no podemos olvidar que, en este ámbito, el éxito no está en conseguir el objetivo, sino en participar del bien que el objetivo ayuda a conseguir. El bien (el saber) es aquí el fin, mientras que el objetivo (sacar la mejor nota posible en el examen) es el medio para alcanzarlo. En otro caso, si solo el objetivo diera sentido a la vida, resultaría que una vida en pos de un objetivo (por alto que este fuera) que se truncara antes de conseguirlo sería una vida malograda. Y esto no se puede aceptar en absoluto, pues puede ser una vida mucho más plena aquella que lucha por un objetivo participando del bien que se persigue que aquella otra que va solo en pos del resultado (el éxito por el éxito) y lo obtiene sin alcanzar ni reconocer siquiera el bien que aquél está llamado a procurarle.

Carl Gustav Jung, el conocido psicólogo, ya advirtió de este peligro de la ‘titulitis’ o ‘profesionalitis’: «[la profesión] tiene algo de seductor y por ello tantos hombres no son, en el fondo, nada más que la dignidad que les ha concedido la sociedad. Sería inútil buscarles una personalidad detrás de la cáscara. Detrás de grandes apariencias representativas no son otra cosa que un hombrecillo digno de lástima. Por eso la profesión es tan seductora: porque representa una compensación barata a una personalidad deficiente”.

Que aprueben, sí; que saquen buenas notas, mejor; pero, por encima de todo, que aprendan a valorar el saber que les permitirá crecer como personas para poder ayudar a los demás mejor y más eficazmente y devolver a la sociedad todo lo que les ha dado tras siglos de civilización.

Todo un reto para los padres en este inicio de curso.

Batacazos

13 miércoles Jul 2016

Posted by javiervq in Hijos

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En estas fechas se habla mucho de las pruebas de la Selectividad. Y, sin embargo, en algunas carreras, la auténtica selección se hace en el primer curso. En algunos casos, sobre todo en las ingenierías y otras carreras técnicas, parece ser un criterio establecido.

Cuando el alumno no aprende

A mí me parece un poco absurdo, pero admito que no soy un experto en la materia. Cuando hace ya casi treinta años empecé a dar clases en la Universidad, una persona muy querida me lanzó una frase que nunca he olvidado: “cuando el alumno no aprende es que el profesor no enseña”. Y, desde entonces, he desconfiado de los profesores que se jactan de tener un alto índice de suspensos, como si la dificultad para transmitir ciencia a sus alumnos de manera comprensible fuera un indicador del nivel académico del profesor.

Ya les suspenderá la vida

Es cierto que la postura opuesta —aprobar sin exigencia— no es menos nociva que la anterior. Cuentan de un prestigioso catedrático que, cuando le interrogaban sobre el alto índice de aprobados de su asignatura, contestaba: “yo les apruebo, ya les suspenderá la vida”. Mal profesor, pienso yo. Una de las misiones que los padres encomendamos a la Universidad es, precisamente, que prepare a nuestros hijos para que aprueben en la vida, aunque para ello tengan que suspender en la Universidad.

El uso de la libertad

Pero hay otra selección que también se produce en primero de carrera y que no depende ni del profesor ni del tipo de carrera escogida: la del uso de la libertad.

Saliendo del colegio, a sus 18 años, nuestros jóvenes se topan de bruces con un nivel de autonomía que antes la mayoría de ellos desconocían, y no todos saben administrarla.

Una de las acciones más características de la libertad humana es la facultad de elegir. Pero toda elección implica renuncia y, a veces, cuesta aceptarlo. A todos nos ha pasado alguna vez: hacemos una elección y percibimos una falta de libertad, como si lo que hemos dejado al elegir tuviera más peso que lo que hemos escogido. Y nos engañamos pensando que si mantenemos abiertas las otras opciones que no hemos escogido (en los años universitarios: ‘salir’ con mayor frecuencia de la que permiten los estudios, acumular mil actividades –¡incluso buenas!-, postergar invariablemente el estudio, etc.), conservamos un mayor margen de libertad.

Coherencia vital

La consecuencia es una falta de coherencia vital, pues no sabemos vivir en la elección que hemos hecho. La libertad se deprime entonces, porque no ha sido capaz de ser ella misma. La libertad auténtica, primero, escoge y, después, se introduce de plano, con audacia, en el nuevo horizonte de libertad que le abre la elección realizada. Y allí descubre un nuevo ámbito de ejercicio, una nueva libertad. La libertad se conquista a golpes de libertad. Por eso, para saber a qué hemos de decir ‘no’ es muy conveniente antes saber —y recordar— a qué hemos dicho ‘sí’.

El batacazo y… ¡arriba!

Naturalmente, cabe el error —¡somos humanos!—, y siempre se está a tiempo de rectificar; pero no hay peor error que, por querer ser libre, dejar de serlo y no ejercer la libertad: un contrasentido. Entonces llega el batacazo. No importa. Para eso está la Universidad: para aprender de estos batacazos… y aprobar después en la vida.

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